22 de octubre de 2010 - Hospital King County, Georgia. 9:11 A.M.
Dia 59 del apocalipsis.
Lo primero que sentí fue dolor.
No el dolor familiar de haberse dormido en mala postura, sino uno profundo, sordo, como si mi cuerpo llevara semanas sin usarse. Como si fuera prestado.
Parpadeé.
El techo era blanco. Desconocido.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
-¿Dónde...?
Intenté recordar. Mi cuarto no era así. Mi cama no era así. Yo no dormía con el sonido de... nada. Ese silencio raro, pesado, que no era normal.
Me moví y algo tiró de mi brazo.
Bajé la vista. Un tubo. Suero. Mi mano era más grande de lo que recordaba, con nudillos gruesos y una cicatriz pequeña en el índice que yo no tenía.
El corazón me dio un vuelco.
Me senté despacio, con un esfuerzo que no debería costar tanto, y busqué un espejo, una ventana, cualquier superficie reflectante. La ventana a mi derecha tenía el vidrio suficientemente oscuro en los bordes.
Me acerqué.
Y me quedé completamente paralizado.
La cara que me devolvió el reflejo no era la mía.
Era masculina, angulosa, con una mandíbula cubierta de barba de semanas y unos ojos azules y hundidos que me miraban con la misma confusión que yo sentía. Era el rostro de un hombre que había estado inconsciente mucho tiempo.
Era un rostro que yo conocía.
-No. Murmure por lo bajo.
Lo conocía de una pantalla. De capítulos vistos en el sofá de mi casa con una bolsa de palomitas. De gifsets en internet y discusiones de foros sobre si el final había valido la pena.
-No. No puede ser.
Me toqué la cara con una mano que no era mía y en el reflejo, esa mano enorme y desconocida se movió exactamente cuando yo quise.
Retrocedí. La cama me golpeó las corvas y caí sentado sobre el colchón.