Única parte

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Las lágrimas de un ángel podían obrar milagros, incluso para Bradley, un omega de cabello castaño y ojos celestes convencido de que jamás encontraría a alguien especial. ¿Especial? Sí, porque su verdadera naturaleza era un secreto inconfesable: los omegas eran ahora una rareza extrema, y por ende, terriblemente codiciados. Su existencia era un peso constante, una cadena invisible que lo condenaba a una soledad autoimpuesta. Cada día era una actuación, una meticulosa construcción de muros a su alrededor para ocultar su dulce aroma, su sensibilidad innata y el anhelo profundo de hallar un alma gemela.

Desde niño, Bradley había dominado el arte del disimulo. Su familia, consciente del peligro que representaba su condición, le había enseñado a enmascarar sus feromonas con supresores que le provocaban náuseas y mareos constantes. Se había convertido en un experto en la indiferencia, en la mirada esquiva que impedía el contacto visual prolongado y en el aparente desinterés por cualquier relación que pudiera exponerlo. Se repetía a sí mismo que estaba a salvo, que su vida era tranquila y predecible, pero en lo más hondo de su corazón, anhelaba algo más, algo que parecía inalcanzable. Soñaba con un amor libre de miedo, un compañero que lo aceptara por completo, incluso en su fragilidad. Pero la realidad era tozuda: para el mundo, Bradley era solo otro beta más, y así debía seguir siendo. Su futuro se perfilaba como una línea recta, previsible y sin sorpresas, hasta que un encuentro inesperado comenzó a desdibujar los límites de su cuidadosamente construida existencia.

El tenue resplandor del amanecer se filtró por las rendijas de las persianas, pintando la habitación de un gris indolente. Bradley parpadeó, sintiendo el peso familiar de la desgana asentarse sobre él. Otro día. La misma rutina. El mismo disfraz. Un suspiro pesado escapó de sus labios mientras se incorporaba lentamente, el colchón hundiéndose bajo su peso. No era el cansancio físico lo que lo abrumaba, sino el agotamiento de una existencia que se sentía prefabricada, diseñada para no destacar, para no existir plenamente.

Sus músculos protestaron con un leve tirón, un recordatorio de que su cuerpo, a pesar de los supresores, seguía siendo un recipiente sensible. La leve acidez en el estómago ya era un compañero constante, el eco químico de las píldoras que lo mantenían "normal". Deseaba un día, solo uno, en el que pudiera despertar sin la necesidad de esa medicación, sin el miedo latente de que su aroma, por un instante, se filtrara y revelara lo que era.

Arrastró los pies hacia el baño, la imagen reflejada en el espejo devolviéndole a un extraño. Ojos celestes, sí, pero velados por una capa de resignación. El cabello castaño, siempre ligeramente despeinado, no lograba ocultar la seriedad que rara vez abandonaba su rostro. Se salpicó la cara con agua fría, esperando que el impacto dispersara la bruma de melancolía que se aferraba a él. Pero la sensación persistía, como un ancla invisible que lo ataba a la orilla de una vida que no sentía del todo suya.

El desayuno transcurriría en silencio, las conversaciones con su familia siempre girando en torno a temas superficiales, evitando cualquier cosa que pudiera tocar la fibra de su secreto. Era una danza familiar, un pacto tácito para mantener la fachada. Bradley sabía que lo hacían por su seguridad, pero la protección se sentía, a menudo, como una jaula. Anhelaba la espontaneidad, la risa fácil y sin preocupaciones, la intimidad que solo la verdad podía forjar.

Mientras se vestía con la ropa sobria y sin pretensiones que formaba su uniforme diario de beta, sus pensamientos divagaron hacia ese encuentro inesperado, el que había comenzado a agitar las aguas de su existencia. Una pequeña chispa de curiosidad, de algo parecido a la esperanza, intentaba abrirse paso entre la densa capa de su desánimo. Por un momento, imaginó una vida diferente, una donde no tuviera que ocultarse, donde sus lágrimas, como las de un ángel, pudieran quizás, solo quizás, hacer el milagro que tanto anhelaba. Pero la realidad volvió a golpearlo, recordándole que los milagros eran para los demás, no para un omega como él.

"Angels Cry" Maxley OmegaverseStories to obsess over. Discover now