La carta llegó como todo lo extraño en mi vida: con la tranquilidad de un día cualquiera y la insistencia de algo que no debería estar donde estaba.
No fue con un búho enorme ni con plumas que olieran a cosas que no existen. Fue un trozo de papel doblado, tan normal que casi podía haber sido una factura. Lo encontré a la hora de la merienda, en la cocina, apoyado en el borde del fregadero como si alguien lo hubiera dejado allí por error y se hubiera marchado deprisa.
Mi tío Vernon no la vio. Mi tía Petunia estaba ocupada regañando a mi primo Dudley por algo que él había roto en la televisión, y a la hora en que miré el sobre yo ya sabía lo que decía (mis tíos me habían advertido). El nombre estaba escrito con una letra curva, elegante y muy, muy seria: Harry Potter. Mi nombre, claro. Y por un segundo, me creí parte de un error que se iba a resolver en cualquier momento.
La escondí en el hueco debajo del colchón —el mismo hueco donde tenía las fichas de fútbol rotas y un trozo de tiza con el que hacía figuras— y por la noche la saqué a escondidas. La casa dormía con unos ruidos que sólo mi niño de diez años y mi cabeza de algo mayor podían distinguir: la respiración de mi tía como una máquina, la televisión apagada en la sala y el conjunto de pasos que significaban que nadie vendría a buscarme. Me senté en el borde de la cama, con la luz de la lamparita apuntando al sobre, y por un instante tuve miedo de que la carta fuera a hablar.
Estimado señor Potter:
Nos complace informarle que ha sido aceptado en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería para el curso que comienza el primero de septiembre. Se ruega presentar la siguiente lista de material: varita, túnica, libros de texto y, en su caso, animales domésticos apropiados.
— M.MCGonagall.
La letra era formal y al mismo tiempo parecía contener una promesa. ¿Una promesa de qué? No lo supe en aquel momento. Lo que sí supe fue lo que ya había sabido muchas veces: que había algo en mí que nunca encajaba en la cocina de los Dursley. Encajaba peor aún en el rabioso ego de Dudley, en la obsesión de mi tía por los cortados perfectos y las alfombras sin una mota. Hogwarts sonaba a un lugar donde quizá no me medirían por la marca de mis camisas o por si comía demasiado en la mesa.
Leí y releí la lista. "Varita". ¿Varita? Sonaba a una palabra de cuento. No me sentí como alguien que recibe un regalo. Me sentí observado por una puerta que se abría y también por la posibilidad de que me empujaran por ella.
Dormí poco. Cuando la casa respiró suave en la madrugada volví a esconder la carta, esta vez en un sitio más seguro: dentro de la caja donde guardaban fotos antiguas —las fotos que mi tía jamás miraba, porque hablar del pasado la ponía nerviosa—. la carta descansó hasta la mañana.
Al día siguiente Dudley se fue con sus amigos; hicieron ruido en la calle con sus bicicletas y con ese tipo de ruidos que te hacen sentir pequeño aunque tengas diez años. Mi tía y mi tío se fueron al jardín, a podar algo o simplemente a fingir que era domingo aunque fuera martes. Me dejaron la casa como un campo minado de libertad: la cocina, la mesa, el rincón donde hacía mis deberes —donde siempre hacía mis deberes—. Por un instante pensé en destruir la carta, en prenderle fuego y ver salir de ella solo humo y ceniza. Pero no lo hice. ¿Qué se hace con una puerta que podría cerrarse y dejarte afuera para siempre? Decidí responder.
Me senté en la mesa con una hoja de papel y un bolígrafo que había pedido una vez. Al principio escribí cosas tontas: "No puedo asistir porque tengo exámenes", o "Estoy enfermo". Después mis frases tomaron otra tonalidad; la tinta se volvió más seria. No quería que me enviaran más: no quería que vinieran búhos, que llamaran la atención de mis tíos, ni que marcaran mi vida con algo que yo no había pedido. Tenía miedo de que Hogwarts fuera un lugar donde los demás decidieran por mí lo que debía ser mi vida. Tenía miedo, también, de que la magia que me prometían viniera atada a obligaciones que no entendía y que me hicieran pagar un precio que aún no sabía nombrar.
Escribí con la voz que había aprendido a esconder dentro: la voz que no suplica, que no espera permiso, que da las gracias y cierra la puerta. Esto fue lo que dejé en la carta que puse en el buzón de la esquina, el buzón rojo que siempre olía a metal caliente:
A quien corresponda en Hogwarts:
Gracias por la oferta. He leído su carta y la agradezco. Sin embargo, no asistiré a su escuela. Aprecio la oportunidad, pero en este momento prefiero quedarme donde estoy. No necesito varita ni túnica. No deseo que nadie decida por mí lo que debo aprender o con quién debo estar.
Atentamente,
Harry Potter
La mano me tembló al doblarla, no por el acto de escribir, sino por la claridad con la que entendía lo que estaba diciendo. Era una mentira piadosa y una declaración. No era solo que rechazara una escuela: rechazaba un camino que me impondría identidades ajenas. No era noble. No era valiente en el sentido de los libros. Era, simplemente, una pequeña trinchera.
Caminé hasta el buzón con la carta en el bolsillo; el aire fuera olía a hierba mojada y a las ruedas de los coches de la calle. Cuando deposité el sobre en la ranura, sentí que algo en la casa se alteraba, aunque nada visible cambiara. Fue una sensación como cuando alguien aparta un tablero de ajedrez para empezar una partida distinta.
Volví a casa y me senté a hacer mis deberes. Era la cosa que mejor sabía hacer para fingir que todo seguía igual: sumar, escribir, pensar en cosas que no movieran el mundo. Hice los problemas de matemáticas con cuidado. Copié las frases en inglés al lado de las que mi profesor había dictado. Limpié la goma en el borde del pupitre como si fuera un rito, un acto que demostrara que yo podía mantener el mundo en su lugar.
Mientras escribía, la carta original seguía en su caja, y la respuesta que había enviado flotaba, quizá, en alguna red postal que no distinguía entre lo real y lo deseado. Dudley volvió por la tarde con la lengua fuera y las manos llenas de barro, y mi tía me preguntó, sin mirar, si había acabado mis deberes. Le mentí —sí, los había terminado— y ella desapareció de nuevo hacia la sala para contar una historia absurda a mi tío.
La noche llegó sin fanfarrias. Me acosté con la sensación extraña de quien ha elegido algo y no sabe todavía si la elección era suya o una forma distinta de obedecer un miedo. Muchas puertas seguirían abriéndose en mi vida; algunas mostrarían luz, otras oscuridad. Aquella noche, sin embargo, me dormí sabiendo que por primera vez había respondido con mis propias palabras a algo que venía por mí. Y que la respuesta no era un sí.
Si no iban a respetar mi silencio, entonces que al menos respetaran mi decisión. Hice mis deberes y apagué la luz. En la penumbra de mi habitación, entre el colchón y las fichas rotas, la carta dormía. Y yo, por una vez, también.
Bien. Primer capítulo. He cambiado un poco el tono de mis escritos. No más chistes de doble sentido. No absurdos. Quiero escribir cosas extensas y serias. Espero que les guste y puedan apoyar el capítulo.
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SR. Tiempo (Drarry)
FanfictionHarry ha decidido no ir a Hogwarts desde el inicio. ¿Qué sucederá con el mundo mágico sin su elegido?
