El Septimo Día

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Richie odiaba el silencio. No porque fuera profundo o simbólico, que también, pero la razón principal era que le dejaba demasiado tiempo para recordar. Y recordar era básicamente permitirle a su cerebro proyectar, en 4K y sonido envolvente, la imagen de Eddie muriendo entre sus brazos.

Estupendo.

Por mucho humor que tratara buscar en medio de la traumática situación le era imposible. Cada vez que intentaba formular un chiste, el recuerdo de la cotidiana respuesta de la risa de Eddie lo invadía por completo. Y el chiste se desvanecía en sus labios.

Tras el derrumbe de la casa de Neibolt, los perdedores regresaron a sus hogares. Richie estuvo conduciendo por tres horas, sin detenerse y con una botella de vodka en el asiento del copiloto a la que dió varios sorbos durante el trayecto. Se arriesgó a un control de alcoholemia, a una multa o incluso a un accidente automovilístico —Eddie me habría matado después de insultarme en veinticinco idiomas diferentes— se dijo a sí mismo.

Algo más se derrumbó en Derry ese día, no solo Neibolt.

El silencio de su hogar no era solo silencio: era la prueba constante de que Eddie no había vuelto con él. Que estaba muerto. Y que Richie había tenido que dejarlo allí, en un lugar al que había jurado nunca más regresar. Era tan doloroso como echar alcohol en una herida.

En su mente se cruzó la imagen de la primera vez que lo volvió a ver después de esos eternos veintisiete años. Esos en los que los chistes malos y la comedia se habían convertido en una tapadera perfecta. En ese preciso momento pensó —joder, vuelvo a estar muy jodido—. Y es que jamás se habría imaginado regresar al lugar donde empezó todo, volver a enamorarse de su amor platónico y volver a perderlo todo, absolutamente todo en menos de una semana. Y ahora volvía a lo de siempre: alcohol, cigarros y viernes de películas románticas y manta.

Todo daba igual, incluido su salud y su trabajo. Ahora solo se paseaba por su inmensa casa que solo dejaba más espacio para su soledad. Caminaba en círculos entre la cocina y el salón principal. Abría la nevera esperando encontrar algo nuevo cada cinco minutos, cambiaba de canal cada diez y pensaba en Eddie cada paso que daba.

Hoy se cumplieron siete días del regreso a casa. Siete, que se decían pronto pero no lo habían sido. La ropa mojada y ensangrentada del primer día seguía tirada en el suelo de su habitación. El zumo de naranja que había dejado abierto en la isla de la cocina también permanecía intacto. La caja de pañuelo del tercer día reposaba en el sofá como la última vez. La basura estaba a rebosar y la cama sin hacer. Todo estaba hecho un completo desastre.

Tal vez, esa era una forma de recordar a Eddie, su enfado y su estúpida manía con el orden. Tal vez, tenía la esperanza de que él regresara insultando y criticando la poca higiene tanto de su persona como de su casa. Y por supuesto organizarlo todo por él, como solían hacer en los viejos tiempos.

Por un momento, Richie se detuvo de dar vueltas de un lado para el otro. Se le escapó un suspiro y se frotó los ojos, cansado, pero no cansado de sueño. Cansado de existir sin Eddie.

Levantó la mirada y se dirigió hacia la ventana del salón que se encontraba justo enfrente. Deslizó la tela de la cortina en un gesto sin ningún esfuerzo. La vista parecía burlarse de él. Nublado, apunto de llover, frío. Parecía estar en un videoclip de una canción triste, muy triste.

Nada cooperaba como debería: ni Richie ni el mundo.

Se dejó caer en el borde de la cama, que irónicamente era para dos. Sintió como si cayera en un vacío y al mismo tiempo en los brazos de Eddie.

Un golpe.

Seco.

En el piso de abajo.

—Y ahora quien es?

Richie se quedó quieto, como si alguien hubiera pulsado pausa en su cuerpo entero.

El golpe había sido tan claro, tan contundente, que por un segundo pensó que era producto de su propia cabeza, del cansancio, del dolor, de las siete noches sin dormir más de una hora seguida. Sin embargo, volvió a sonar, pero esta vez fueron tres golpes exactos.

Esos que Eddie solía dar con la misma fuerza.

Pero no podía ser Eddie.

O sí?

El debate duró tan poco como sus piernas reaccionaron, se deslizó por la barandilla de la escaleras para llegar al primer piso lo antes posible y... una vez estuvo frente a la puerta dudó si abrir. Sabía que no era Eddie; tal vez era Bill para preguntarle cómo estaba, el correo con más propaganda o incluso la vecina de al lado pidiéndole arroz, huevos, o hacer la compra en su nevera. Todas podían ser correctas.

Los golpes volvieron a aparecer.
Tres toques.
Suaves.
Familiarmente suaves.
El pecho se le cerró.
Él conocía esa forma de tocar.
La conocía desde que tenía doce años.
—No... no puedes hacerme esto —susurró—. No puedes.
Se acercó más.
Miró el pomo con miedo, pero no por mucho tiempo. La espera era una tortura.

—Hola, Richie...

—E-Eds...? —apenas pudo pronunciar con una lágrima resbalando por su mejilla

—N-no te asustes, vale?

—Yo? A-asustarme? Eddie soy de hierro...creo que me voy a desmayar

—Qué? No Richie... —y lo siguiente que se escuchó fue el sonido del suelo chocando con la espalda de Tozier.

You Came Back Stories to obsess over. Discover now