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Amelia

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Durante el torneo de justas, la princesa permanecía sentada en las gradas reales, observando con atención cada lance entre caballeros. Aunque el espectáculo era celebrado por la corte, ella no podía evitar sentir una inquietud creciente. Cada vez que un caballero caía o resultaba herido, un suspiro de simpatía escapaba de sus labios, como si su corazón se quebrara un poco con cada golpe.

Sin embargo, hubo uno que destacó entre todos. Aquel caballero venció en cada justa con una destreza que desafiaba la lógica y el miedo. Al final del torneo, como era costumbre, se le entregó una rosa para ofrecerla a alguna doncella. La multitud esperaba que la entregara a una dama noble cualquiera, pero él hizo algo inesperado: dirigió su caballo hacia la sección donde se encontraban el rey, la reina… y la princesa.

Ante la mirada atónita de todos, el caballero le ofreció la rosa a ella.

La princesa, sorprendida, la recibió en silencio. No pronunció palabra alguna, solo asintió lentamente, aceptando el gesto con una mezcla de gratitud y desconcierto.

Entonces, el caballero bajó su yelmo. Su rostro se reveló ante todos, iluminado por una sonrisa arrogante. Se inclinó con elegancia frente a la princesa, mientras la multitud murmuraba, escandalizada por semejante osadía.

Porque aunque el gesto pudiera haber nacido del amor, era un acto prohibido. La princesa estaba destinada a casarse con alguien de sangre real. Un caballero, por valiente que fuera, no tenía lugar en su destino.

La multitud contenía el aliento, sorprendida por la osadía del caballero. Frente a la princesa, se inclinó con elegancia y le ofreció la rosa con una sonrisa desafiante.

—Mi señora —dijo con voz firme—, espero que disfrute esta victoria tanto como yo. Para mí, es la única que importa hoy.

Sus ojos brillaban con una intensidad que desafiaba las normas de la corte. Sostenía la mirada de la princesa sin vacilar, completamente indiferente a las miradas furiosas del rey y los murmullos escandalizados que se esparcían como fuego entre los nobles.

Ella, algo tensa ante la situación, sostuvo la rosa entre sus dedos. Un suspiro leve escapó de sus labios, mezcla de preocupación y firmeza. No podía ignorar el gesto, ni tampoco lo que significaba.

—Tu victoria es una entre muchas que he presenciado —respondió con serenidad—. Sin embargo, admiro tu valentía.

El caballero se enderezó, sin apartar los ojos de los suyos.

—Valentía o locura, mi princesa. A veces es difícil distinguir la diferencia.

Y entonces, dio un paso más. Ignoró por completo las señales de los guardias que intentaban mantener la distancia protocolaria. Su presencia era un desafío, un poema de acero y deseo que rompía las reglas del reino.

El caballero se mantenía firme frente a la princesa, consciente de que su gesto había creado un problema en la corte… pero no se arrepentía. Su mirada intensa, cargada de una emoción difícil de nombrar, capturó la atención de la joven. Había algo distinto en él. No era como los demás.

Ella permaneció en silencio, observando ese brillo en sus ojos. Finalmente, con voz serena pero firme, respondió:

—Agradezco su gesto. Sin embargo, debe retirarse.

El caballero inclinó levemente la cabeza, pero en lugar de alejarse, extendió su mano con la palma hacia arriba.

—¿Me concedería esta rosa de vuelta, princesa? Me temo que la quiero guardar como recuerdo.

Su voz bajó a un susurro, audible solo para ella. Era un desafío, incluso frente al rey, que hervía de rabia en su trono.

—No espero mantenerla… pero no puedo dejar que otro la toque.

Impresionada por su gesto, la princesa dejó la rosa en la palma de su mano. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, aunque se apresuró a disimularla.

El caballero cerró los dedos sobre la rosa con reverencia. Sus ojos brillaban con algo más profundo que la simple victoria.

—Tu sonrisa es mi mayor trofeo, princesa. Más valiosa que cualquier corona.

Se giró hacia el rey, inclinándose con aparente respeto, aunque su postura seguía siendo desafiante.

—Mi rey, he dado todo lo que tenía. Ahora me retiro… con esta flor.

Los ojos de Amelia lo siguieron con curiosidad hasta que desapareció de su vista. Quedó sola con el rey, su padre, mientras el monarca se levantaba con furia contenida, el rostro enrojecido por la indignación.

El rey se levantó con furia contenida, su rostro enrojecido por la indignación.

—¡Ese caballero ha sobrepasado todos los límites! ¿Cómo te atreves a aceptar su regalo frente a todos?

Pero el caballero ya había abandonado la arena, llevándose consigo la rosa… y la sonrisa de la princesa, que para él significaba más que cualquier victoria.

—Solo fue una rosa, padre —respondió Amelia, intentando restarle importancia. Siempre había sido algo rebelde, distinta a las demás jóvenes de la corte.

El rey golpeó el brazo de su trono con el puño, sobresaltando a varios cortesanos.

—¡No fue “solo una rosa”! Es un desafío a la tradición y al orden.

Se inclinó hacia ella, bajando la voz pero manteniendo un tono severo.

—Tu deber es casarte con alguien digno de tu rango, no con un simple caballero.

Amelia lo miró con firmeza, la indignación encendida en su pecho.

—¿Cómo puedes llamar “simple” a los caballeros de tu reino, padre? ¿Acaso los campesinos y obreros no tienen valor alguno para ti? Sin ellos, tu reino no sería un reino… y tú no serías su rey.

El rey entrecerró los ojos, sorprendido por el arrebato de su hija.

—No te atrevas a cuestionar mi visión. Los campesinos cumplen su papel, pero tú eres una princesa.

Se inclinó más cerca, su voz apenas un susurro amenazante.

—El príncipe de Aragón ha mostrado interés en ti. No desperdicies esta oportunidad por un caballero que ni siquiera conoce su lugar.

—Desperdiciaría esa oportunidad con cualquiera —replicó Amelia, ofendida— antes que ser esposa de alguien que cree que mi deber es darle hijos únicamente.

Se levantó de su asiento con determinación y se inclinó ante su padre.

—Me retiro. Hablaré contigo cuando demuestres que verdaderamente me amas. ¡Soy tu hija!

Sin esperar respuesta, salió del salón y se dirigió al bosque, su refugio secreto, donde solía caminar y leer.

El rey la observó marchar con una mezcla de frustración y preocupación, pero no la detuvo.

—¡Amelia! ¡Regresa aquí inmediatamente! —gritó, pero su voz se perdió entre los ecos del palacio.

En el bosque, Amelia encontró un pequeño claro y se sentó bajo la sombra de un árbol. El aire fresco y silencioso contrastaba con la tensión del castillo. No le importó si su vestido se manchaba; abrió su libreta y comenzó a garabatear con tinta, tarareando una melodía que había escuchado en el pueblo, compuesta por un bufón.

Mientras escribía, un caballo se acercó con pasos silenciosos. Era el mismo caballero de la justa. Había seguido su rastro.

...




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