Desde muy pequeño observaba todo. No era cómodo ni claro. Había cosas que entendía sin comprenderlas del todo. Era extraño Confuso. Como tener un libro entre las manos y no saber leer.
Aun así, seguía observando.
Decían que era callado y solitario. No era verdad. No me gustaba sentirme así. El silencio no era vacío: era ruido por dentro. Pensaba demasiado. Analizaba todo.
Con el tiempo, ese ruido se volvió tensión. Después, agresividad. Las emociones se acumulaban hasta agotarme, día y noche. Empecé a alejarme de los demás, incluso de mi familia.
A veces me preguntaba qué me pasaba. Era joven, pero cargaba cosas que no sabía nombrar. Sentía demasiado y entendía muy poco.
Algunas veces llegaba al colegio peleando con todos. A veces sin razón aparente. Después, cuando todo pasaba, aparecía la pregunta: ¿qué gano con esto?
Había otra voz que me decía que me detuviera. Que me tranquilizara. No era de afuera. Era mía. Y cuando la escuchaba, me sentía bien. En calma. Como si esa voz también fuera parte de mí.
Pero no bastaba. Mis emociones seguían desbordadas. Y la mente, siempre alerta, no dejaba de analizarlo todo.
No encontraba qué hacer con todo eso. Las emociones pesaban, como si alguien estuviera dentro de mi cabeza tirando de mí. Apenas tenía 11 años y me preguntaba por qué me sentía así. Nadie a mi alrededor me ayudaba. Mi familia era desordenada. Observaba todo y pensaba: ¿qué mierda es todo esto?
Nunca me quejé. Lo guardaba. Mi padre era violento. Cuando bebía, golpeaba a mi madre. Siempre estaba en medio, intentando defenderla, aunque eso me dolía. Pero cada vez que veían que salía lastimado, se detenían. Y pensé: ¿por qué no hacerlo siempre, sin importar qué? Eso terminó afectándome más adelante.
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El hombre que aprendió a contenerse
ActionUn joven que aprendió a contenerse. Desde muy pequeño observaba todo, sentía demasiado y comprendía muy poco. Esta es la historia de una mente inquieta, de emociones desordenadas y de la fuerza que aprendí a contener.
