¿Qué es la libertad?
¿Es eso que tanto anhelamos, algo que decimos entender pero no siempre comprendemos realmente?
La libertad es nuestra capacidad de elegir... y también de no elegir. Es como un pájaro que vuela sin ataduras, libre con el viento.
Aunque, a veces, esa misma libertad puede ser nuestra condena. Pocas personas se atreven a dar un paso por sí solas; la libertad va de la mano con la valentía, y eso... eso es lo que más miedo da.
●●●
El primer día siempre es agotador, pero hoy parecía más cansado que nunca.
El despertador no dejaba de sonar, marcando las 5:00 a.m..
Lo golpeé con la mano hasta que por fin dejó de sonar.
-¡Qué flojera! -murmuró para sí misma.
Se levantó despacio, se puso el uniforme que tenía colgado en su ropero, y luego salió de su habitación para dirigirse a la cocina. Preparó el desayuno y el lonche para tres personas.
Cuando terminó, buscó el reloj: 5:59 a.m.
-¡Ya es tarde! -exclamó.
Fue a uno de los cuartos y comenzó a tocar la puerta tan fuerte que hasta los vecinos pudieron haber escuchado el ruido.
-¡Ya levántate! Son las seis -dijo con voz firme.
-¡Ya te oí, cállate! -respondió una voz adormilada desde dentro.
Después de un rato, salió de su habitación un chico de cabello negro, algo desordenado, que le caía bien al rostro fino. Tenía unos ojos tan profundos que parecían capaces de tragarse el mundo, y unos labios delgados que cualquiera podría confundir con algo demasiado perfecto.
-¿Qué haces todavía en pijama, Sebastian? Ya pronto te vas, ¡y sigues así! -dijo Valentina, cruzándose de brazos.
-Ay, relájate hermanita -respondió él, con una sonrisa burlona-. Además, mírate tú. No eres precisamente alguien para hablar: tienes la cara demacrada y el cabello hecho un desastre.
-¡Por favor, hijo de papá! -refunfuñó ella.
Después de un rato, ambos ya estaban listos y habían desayunado. Sebastian vestía una camisa blanca bien planchada, un pantalón beige, zapatos limpios y una gargantilla negra.
-Te ves ridículo con ese atuendo -comentó valentina, rodando los ojos.
-Ay, por favor... ya sabes que en este pueblo bicicletero todos los "más ricos" se visten así.
-Y nosotros no somos ricos, sebastian. No hay que aparentar lo que no somos.
-Shh, no arruines mi estilo. Bueno, ya me voy a la universidad -dijo, tomando sus cosas apresuradamente-. Tengo prisa.
-¡Sebas! Te olvidaste de tu medallita de la Virgen.
-¡Ya lo tengo! -respondió mientras salía con apuro-. No te olvides de preparar el desayuno y el lonche de Santi.
-Ya lo sé. Todavía falta para que se despierte -contestó valentina mientras limpiaba la mesa-.
-¿Doña Patricia lo va a llevar, verdad?
-Sí, ella lo cuida.
-Bueno... ahora sí, me voy.
-Adiós, sebas -dijo valentina, con una leve sonrisa.
Y así, comenzó el primer día.
•••
El silencio volvió a la casa cuando sabastian salió.
Valentina se quedó de pie en la puerta, observando cómo su hermano se alejaba por la calle empedrada, con la mochila al hombro.
El viento de la mañana traía el olor del pan recién hecho y el sonido de los primeros autos.
Por un momento, Valentina pensó en lo que había dicho Sabastian: "No hay que aparentar lo que no somos."
Tenía razón, pero... ¿quién decidía lo que uno era?
Esa mañana parecía igual a todas, pero había algo en el aire... una sensación que no podía explicar.
La casa era pequeña, de paredes descascaradas y el color original apenas se podia distingir. Habían aprendido a vivir así desde hace un año, desde que sus padres ya no estaban.
Nadie hablaba mucho del tema.
Sebastian decía que mirar atrás no servía de nada; valentina pensaba que callar tampoco ayudaba, pero no tenía fuerzas para discutir.
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Un bello atardecer
Teen FictionEn un pequeño pueblo, dos adolecentes forman una amistad tan profunda como complicada. Con el tiempo, su relación se vuelve insostenible y deciden separarse para dejar de lastimarse mutuamente. Años después, la protagonista dirige una acogedora cafe...
