Despierto. Pérdida, aturdida, completamente fuera de mí. A mi alrededor, una marea de personas habla, se mueve y corre con una urgencia ensordecedora. Elevo la mirada: solo hay una luz blanca, cegadora, y a lo lejos, como un eco de otro mundo, escucho la voz de mi madre. Trata de decirme algo, una verdad o una súplica que jamás sabré.
¿Cómo llegué aquí? ¿Qué sucedió?
Cierro los ojos, buscando refugio. Necesito recordar el principio; necesito entender por qué comenzó todo.
Me veo a mí misma en la lente de mis propios recuerdos, en esa infancia lejana. No encuentro más que una niña de inmensa inocencia, jugando a descifrar las reglas del mundo. Veo a mi madre, joven y radiante; a mi padre, fuerte e inquebrantable. La felicidad emanaba de nuestra familia, como un calor constante. Recuerdo aquellos días en los que la vida parecía una melodía perfecta y las Navidades se sentían interminables. Todo era impecable.Me acerco, pero me doy cuenta de que soy solo una sombra, un espectro incapaz de interferir en su propia historia. Esta vez, fuerzo la atención en los detalles.
Mi antigua casa, con las rejas que daban directamente a la calle. Mi cuarto, las cortinas ondeando en la entrada. El televisor y la pila de DVD que solía repetir un millón de veces, hasta el punto de saber cada diálogo de memoria. Me detengo frente a mis padres, los observo con una punzada y susurro para mí:
—Vaya, cómo han cambiado.
No me refería a sus actitudes; por supuesto que iban a evolucionar a medida que yo crecía. Hablaba de la muda silenciosa de sus cuerpos. Mi madre se parecía cada vez más a mi abuela; sus manos ya no eran tan tersas, aunque su cuerpo se mantenía en forma. Mi padre, con menos cabello y esa mirada de completa devoción y paciencia que lo caracterizaba. Los miro y me inunda una nostalgia sofocante. El arrepentimiento me golpea al pensar que no los valoré en la medida que merecían, y que cada minuto que pasaba junto a ellos era un minuto que se esfumaba para siempre. Me aterra, me paraliza la idea de que llegará el día en que ya no estén.
¿Qué sería de mí?
Avanzo un poco más en la memoria, atravesando el tiempo hasta aterrizar en la adolescencia, el preciso instante donde mis problemas se enraizaron, o al menos, donde perdí por completo el control de mí misma. Recuerdo los días luminosos en mi parroquia, la sensación de estar cerca de Dios, siempre acompañada por mi mejor amiga, un alma gemela que con el tiempo se convertiría en una de las anclas más sólidas de mi existencia. Pero entonces, la calma se resquebraja.
Comienzan a surgir las inquietudes devoradoras sobre mi identidad, mi futuro incierto y mi propio cuerpo; de repente, todo se vuelve confuso, volátil. Empiezan los cambios internos, violentos y silenciosos, que el mundo exterior aún no podía ver. Y fue por esa invisibilidad que me convertí en víctima de la presión asfixiante. Sé que el acoso escolar es una realidad común, tal vez algo que algunos consideran la "normalidad" de la juventud, pero al revivir esos momentos, al observarlos ahora desde esta fría distancia, entiendo con una claridad dolorosa por qué el camino me condujo sin remedio al lugar donde me encuentro ahora.
Me vuelvo a fijar en la adolescente que fui. La imagen ha cambiado drásticamente: ya no es la niña despreocupada, sino un ser tejido de dudas e incertidumbres, aunque la esencia inocente aún palpita en alguna parte. Mis ojos reflejan ahora una tristeza profunda, hábilmente oculta tras una fachada de humor. Creo que fue allí donde perfeccioné el arte de evadir el dolor, una estrategia desesperada que solo funcionó hasta que la presión se hizo insoportable.
Me veo llegar a casa después de las clases, dejando caer el bolso con un sonido sordo, un preludio a la rendición. Me siento, y en muchas ocasiones, me quiebro en un llanto mudo, obsesionada con la pregunta: ¿Por qué no podía ser diferente? La comparación era un verdugo que me azotaba sin piedad, deseando convertirme en aquello que, según la mirada ajena, sería "mejor".
Me observo despreciando mi propia esencia. Me acerco y me siento a mi lado, sabiendo que soy una espectadora impotente, incapaz de alterar lo que ya fue escrito. Y al mirar a esa joven, me doy cuenta de que siempre tuve un encanto genuino, pero permití que las críticas ajenas ahogaran mi voz.
Llegué a llenar ese vacío cavernoso con ilusiones vanas. Enamorarme de algún muchacho y sentir, aunque fuese brevemente, que era correspondida, me ofrecía un diminuto bálsamo para el dolor. Un alivio falso. Por supuesto, como toda relación adolescente, no solía durar más de un par de semanas, dejando el vacío aún más frío que antes.
Me detengo a observar ese período oscuro con un escalofrío helado. Veo las miradas furtivas, los susurros venenosos que me cercaban en los pasillos de la escuela, transformando cada día en un campo de batalla invisible. Recuerdo la sensación de mi estómago anudándose cada mañana al despertar, sabiendo que tenía que enfrentar ese juicio constante.
