El salón principal de la Guardia Real olía a metal pulido y disciplina. Los estandartes caían pesados desde los muros de piedra, y el sonido de pasos sincronizados resonaba como un eco de autoridad. Entre todos ellos, J avanzaba firme, sin la más mínima duda en su andar. Su capa negra rozaba sus botas y su expresión era tan imperturbable como siempre: seria, distante, orgullosa.
Era la mejor espada del reino, aunque nunca lo decía. No necesitaba presumirlo. Todos lo sabían.
—J —la llamó el General Roderik, un hombre robusto y severo—. Acércate.
Ella obedeció, con la cabeza en alto.
—He recibido órdenes directas del rey —dijo él, cruzándose de brazos—. Una asignación especial… y bastante delicada.
J arqueó apenas una ceja. Ella no solía recibir advertencias antes de una misión. Sobrevivía porque no esperaba explicaciones.
—Protección personal —continuó el general—. Del príncipe N.
J sintió cómo todo su cuerpo se tensaba.
¿El príncipe?
El muchacho dulce, casi demasiado amable, que sonreía incluso a los guardias más hoscos. El mismo que se disculpaba cuando chocaba con las sillas… y a veces con las paredes. El príncipe que todos consideraban “demasiado blando” para un futuro rey.
—Con todo respeto —respondió J, sin bajar el tono duro de su voz—, cualquier miembro de la guardia podría encargarse de él.
—No este caso —interrumpió Roderik—. Hay amenazas, J. Serias. Y el rey confía solo en ti.
La eligió personalmente.
Eso era… inesperado. Y un honor que venía cargado de problemas.
—Lo protegerás día y noche —añadió el general—. Irás donde él vaya. Estarás donde él esté.
Serás su sombra.
J apretó la mandíbula.
Ser la sombra del príncipe más ingenuo del reino no era precisamente su misión soñada.
—Entendido —respondió, sin permitir que su incomodidad se notara.
—Bien —Roderik asintió—. Él te espera en el jardín este. Y J…
Ella se detuvo.
—Intenta no intimidarlo. Es… sensible.
J soltó un resoplido leve.
—No hago promesas inútiles, mi general.
El jardín este parecía un mundo aparte: luz suave, flores recién abiertas, aves cantando como si el reino no estuviera lleno de tensiones. J lo odiaba un poco.
Era demasiado perfecto.
Y ahí, sentado en una banca, con un libro mal sostenido entre las manos, estaba él.
El príncipe N.
Levanta la vista al verla llegar, y una sonrisa cálida —demasiado cálida para su gusto— llenó su rostro.
—¿J? —preguntó con emoción—. ¡Sabía que vendrías! El general me dijo que… bueno… que tú… que estarías conmigo.
La voz de N era suave, dulce, casi avergonzada.
J se plantó frente a él con expresión firme.
—A partir de hoy, seré su guardaespaldas personal. Seguiré cada uno de sus movimientos y me aseguraré de que nada le ocurra, Alteza.
—Oh —N parpadeó, sorprendido—. Puedes decir solo N… si quieres.
—Prefiero mantener las formalidades —respondió J, cortante.
—Ah… claro —dijo él, bajando un poco la mirada pero sin perder la sonrisa—. Como desees.
N cerró su libro… al revés.
J se mordió el interior de la mejilla para no suspirar.
—¿Sabe por qué le asignaron protección especial? —preguntó ella, volviendo al modo profesional.
El príncipe negó con la cabeza con sinceridad absoluta.
—No exactamente. Escuché algo sobre un… riesgo. Pero no insistí, no quiero incomodar a nadie.
Porque claro, por supuesto que no incomodaría a nadie, pensó J con ironía.
—La seguridad es mi responsabilidad —añadió N—. Confío en ti, J.
Lo dijo tan simple, tan honesto, que por un instante ella se desconcertó.
N sonrió otra vez, como si de verdad estuviera feliz de verla.
—Será un honor trabajar contigo.
J no esperaba eso.
Tampoco esperaba sentir una extraña punzada en el pecho al escuchar sus palabras.
Rápidamente desvió la mirada.
—Me aseguraré de que siga vivo —dijo ella, como si eso fuera suficiente para zanjar el asunto.
N soltó una risa suave, ligera como una pluma.
—Eso espero. Me sería muy difícil gobernar muerto.
J no supo si debía rodar los ojos o tensar la espada.
Antes de que pudiera responder, un estruendo cercano hizo vibrar las ventanas del jardín.
N se sobresaltó y dio un pequeño salto hacia atrás.
J, en cambio, desenvainó su espada en un movimiento limpio, instintivo.
—Atrás, N —ordenó, colocándose frente a él.
Él se pegó a su espalda sin discutir, confiando plenamente.
Una figura encapuchada salió entre los arbustos, rápida, oscura, directa hacia el príncipe.
J se movió como un rayo.
Un golpe.
Una torsión.
Un quejido ahogado.
El atacante cayó al suelo.
J no estaba ni siquiera respirando fuerte.
Giró hacia N, aún alerta.
—¿Está bien, Alteza?
N la miraba con los ojos muy abiertos… no por miedo, sino por asombro.
—J… eso fue… increíble.
Ella guardó su espada con brusquedad.
—Es mi trabajo.
Pero por primera vez en mucho tiempo, sintió algo extraño.
Algo desconocido.
Algo parecido a… orgullo ajeno.
A satisfacción por una sonrisa que no era la suya.
Un sentimiento peligroso.
N se acercó un poco más, a una distancia inusualmente íntima para alguien tan inocente.
—Me alegra que seas tú quien me protege.
J apartó la mirada rápidamente, con un leve rubor que maldijo internamente.
—Solo mantente cerca —dijo ella—. Y no haga tonterías.
N rió, suave.
—Haré mi mejor esfuerzo.
Y así, entre espadas afiladas y sonrisas amables, comenzó la historia que nadie, ni siquiera J, había previsto.
La historia en la que la guardaespaldas más fría del reino tendría que proteger…
al corazón más cálido que jamás había conocido.
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Entre Espadas y Coronas - Codegold
FanfictionJ es la guardaespaldas más fría y disciplinada del reino, famosa por su carácter implacable y su actitud orgullosa. Cuando es asignada a proteger al príncipe N -un joven dulce, amable y tan ingenuo que confía en cualquiera-, J siente que será su mis...
