Sueños Ajenos

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SUEÑOS AJENOS**

PARTE UNO: LA RESPIRACIÓN DEL VACÍO

Roarke nunca había prestado atención a los Henderson. Eran esa clase de vecinos que saludan con la mano desde el jardín, que traen pastel en Navidad, que viven vidas tan ordinarias que resultan invisibles. Pero esa noche de octubre, cuando Margaret insistió en que fueran a la reunión mensual que organizaban, algo cambió.

La casa olía a incienso de sándalo y a ese tipo de tranquilidad que solo se encuentra en lugares donde la gente ha dejado de fingir. Había siete personas sentadas en círculo en la sala, con las luces bajas y velas encendidas sobre una mesa baja de madera. Roarke reconoció a algunos: la pareja de la esquina, el tipo del correo, una mujer que trabajaba en la biblioteca.

"Bienvenidos," dijo Linda Henderson con esa sonrisa serena que Roarke siempre había interpretado como aburrimiento. "Margaret, qué bueno que finalmente te animaste. Y trajiste a tu esposo."

Margaret se sentó con una familiaridad que desconcertó a Roarke. Ella ya había estado aquí. Cuántas veces, no lo sabía, pero la forma en que acomodó los cojines, cómo cerró los ojos cuando comenzó la música suave, todo indicaba que esto no era nuevo para ella.

"Comenzaremos con la respiración," anunció Linda. "Recuerden lo que el Gurú Ananda nos enseñó. La respiración es el puente entre el mundo físico y el mundo de las posibilidades. Inhalen por la fosa izquierda, retengan, exhalen por la derecha."

Roarke intentó seguir las instrucciones, sintiéndose ridículo. Pero algo extraño sucedió. Cuando trató de alternar la respiración entre sus fosas nasales tapando una con el dedo, descubrió que no podía. Su fosa derecha estaba completamente bloqueada. Solo podía respirar por la izquierda, y al intentar forzar el aire por la derecha, nada pasaba.

Abandonó el ejercicio y simplemente observó.

Linda guiaba al grupo con una voz hipnótica. Hablaba de visualizaciones, de sentir lo que querías como si ya lo tuvieras, de agradecer al universo por lo que aún no había llegado. Roarke había escuchado estas cosas antes en podcasts que nunca terminaba, en libros que Margaret dejaba sobre la mesita de noche. Basura para gente aburrida, pensaba. Personas buscando emociones en rituales sin sentido.

Pero ellos no parecían aburridos. Parecían encendidos. Vivos de una forma que la mayoría de la gente no está en sus salas de estar un martes por la noche.

"Ahora," continuó Linda, "escriban en sus cuadernos. Una cosa que quieren manifestar esta semana. Solo una. Específica. Como si ya la tuvieran."

Margaret sacó un cuaderno pequeño de su bolso. Ya tenía cuaderno. Roarke la observó escribir con esa concentración que ella solía reservar para las listas del supermercado, pero había algo diferente en sus ojos. Intensidad. Hambre.

Cuando terminó la sesión, todos compartieron café y galletas como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Roarke escuchó fragmentos: "Conseguí el ascenso," "Mi hijo fue aceptado en la universidad," "Vendimos la casa en dos semanas."

En el auto, de regreso, Margaret conducía con una sonrisa pequeña en los labios.

"¿Cuánto tiempo llevas yendo?" preguntó Roarke.

"Ocho meses."

"¿Ocho meses?"

"Necesitaba algo, Roarke. Algo que fuera mío."

No discutieron. Últimamente nunca discutían. Simplemente existían en la misma casa, en la misma cama, como dos inquilinos corteses.

Esa noche, Roarke no pudo dormir. Seguía pensando en su respiración bloqueada, en la intensidad de esas personas ordinarias, en los ocho meses secretos de Margaret. A las tres de la mañana, fue a su estudio y escribió en una hoja suelta: "Tengo un contrato nuevo que nos da estabilidad financiera por dos años."

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