La fuente de la codicia.

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Proyecto realizado en el grupo de WhatsApp: Sello de Tinta.

En el oscuro corazón del Bosque de los Susurros, un pulso de energía infinita atraía a viajeros descarriados.

Ese día estaba especialmente sombrío cuando el viejo Manilet, hastiado de su miserable vida de vendedor ambulante, buscaba desesperado un arroyo para rellenar su cantimplora. El aire olía a viejo y una voz, gastada por el tiempo, hipnotizaba al hombre, guiándolo hacia sus dominios.

Los cedros milenarios observaban con lástima a la nueva víctima de la codicia, que esta vez arrastraba sobre el verdor del suelo, un raído saco de chatarra. El oxígeno se volvió más denso y, a medida que se acercaba al llamado, el bosque desprendía una luz irreal.

Manilet cayó de rodillas, sus huesos crujiendo por el impacto.  Su boca, abierta de incredulidad.

—Bienvenido buen hombre... Acércate —cantaba la profundidad.

El viejo gateó hasta la fuente y casi con miedo de ensuciar su ofrenda, hizo de sus manos un cuenco y bebió de la cristalina agua.
El líquido celestial le humedeció hasta los ojos. Pero no paró ahí. Sus pupilas se desviaban por voluntad propia hacia la brillantez dorada que desprendían las joyas dormidas en sus bordes.

Con tan solo una podría arreglar mi desbaratada chosa, pensó el inocente.

Adelante— respondió la voz.

El viejo no lo pensó. 

Tomó un fino brazalete dorado, lo guardó en un bolsillo y escapó con el eco de un silencio ensordecedor persiguiéndolo.

Mientras... el bosque esperaba paciente el regreso de su alma corrompida.

Un mes había pasado cuando Manilet se postraba de rodillas nuevamente delante de su salvador.

—Solo una más por favor— rogaba—Podría contentar a mi esposa por unos días.

La fuente dió su aprobación, y un tentáculo de agua transparente ascendió desde su centro trayendo consigo un anillo adornado con una pesada piedra rojo sangre.
Los ojos del hombre brillaban con deleite.

Mientras... el bosque esperaba paciente el regreso de su alma corrompida.

Pasó otro mes. Justo cuando el cielo lloraba de dolor por su pérdida, el pasto fue testigo de un cuerpo en descomposición que se deslizaba cual serpiente por entre las ramas. Sus dedos retorcidos rozaban el borde de la oscuridad.

No necesitó palabras.
Ella sabía porqué estaba ahí. 

—Tómalo— fue su respuesta.

Una orden. No una ofrenda.

Cuenta la leyenda que ya no era la voz de la hija del cielo quien susurraba en el bosque.
Ahora... era la del viejo vendedor.

Pluma Ligera. Microrelatos. Where stories live. Discover now