Cuento

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Después de haber escapado de casa cuando era solo una niña, llegó el momento de enfrentar el terror que, una vez más, ahí esperaba. Pensó que era muy raro ver a la presa correr hacia el predador, llena de valentía y astucia. Solo tenía una vida y quería disfrutarla al máximo. Luego, se le erizó la piel, se le dibujó una sonrisa y pisó el acelerador.

Cuando llegó al antiguo rancho de sus padres, ya había empezado a anochecer. Lourdes notó que, al igual que sus recuerdos, todo estaba oxidado y lleno de tierra. Tuvo miedo de quitar el cordón que mantenía la puerta cerrada gracias a un clavo doblado que estaba al otro lado de la pared. Trató de ver a través de una ranura, pero solo se escuchaba el canto de una oscuridad añeja.

-Bien, Lulú, es hora de ser feliz. Ya no hay marcha atrás.

La puerta se abrió mientras Lourdes notó algo pegajoso y se limpiaba la palma con la tela de su pantalón, restregándolo una y otra vez sobre su muslo. Tuvo miedo de encender la luz. No quería ver fantasmas del pasado, así que tendió una cobija en el suelo y ahí durmió.

Cuando su cerebro despertó y sintió la caricia del sol a través de una percudida ventana, esperó varios minutos antes de abrir sus ojos. Sabía que sería duro volver a ver aquellas paredes que la escucharon gritar y llorar por muchos años.

En su cabeza, como una radio que apenas tiene suspiros de señal, comenzó a sonar la voz de su padre y de su madre: "gorda", "obesa", "marrana". No importaba que la mujer de treinta y siete años apenas pesara cuarenta y cinco kilos; se sentía tan grande como un globo aerostático.

Luego recordó a los niños del vecindario. Los comentarios eran más crueles: "hipopótamo", "pinche cerda", "cara de planta". Este último era el que más le dolía y se culpaba mucho por no haber sido discreta cuando se metió, por primera vez, un puño de tierra a la boca. Desde entonces, nunca paró.

Se frotó los ojos parpadeando ante la luz tenue y examinó con cautela a su alrededor. El estómago le gruñía de hambre. Bajó la mirada al suelo lleno de polvo, se inclinó y pasó su lengua por encima. Tosió y escupió. No era lo mismo.

Salió a la calle. Había una casa enfrente con el jardín más verde del mundo -su estómago ladraba cada vez más fuerte-. Podía saborear el olor de la tierra húmeda a pesar de la onda de calor. Se dirigió hacia la parte de atrás de su casa. El campo estaba seco. No se asomaba ni una sola rama a varios kilómetros de distancia. Volvió a la puerta y sintió envidia al ver aquel jardín con un follaje tan verde como una jungla en medio de la nada.

Revisó las tomas de agua, pero no cayó ni una gota. El metal reseco parecía no haber sentido humedad en décadas. La picazón en su cuero cabelludo se hacía presente. Ardía. Era insoportable.

Salió de casa y, sin preocuparse por si alguien la veía, tomó un puñado de tierra áspera y seca y se lo llevó a la boca. El sabor le raspó la garganta; la tos regresó con violencia. Mientras buscaba aire, su mente le devolvía las carcajadas de los niños que la llamaban "cara de planta". No supo en qué momento el malestar se desvaneció convirtiéndose en rabia.

Miró a su alrededor. ¿Cómo era posible que las demás casas hubieran desaparecido así, sin más? ¿Por qué solo la suya y la de la vecina seguían en pie? El rugido del estómago interrumpió sus pensamientos.

Sin otra opción, caminó hacia la casa de enfrente. Las hojas de las plantas se asomaban por encima de la reja. Estiró la mano para acariciar una de ellas; olía bien. Bajó la mirada, siguiendo el tallo hasta la tierra húmeda y fresca. Estiró el brazo, queriendo tomar un poco, cuando una voz anciana la detuvo.

-Hola, muchachita, ¿cómo puedo ayudarte?

Lourdes giró la cabeza, sobresaltada, buscando de dónde provenían las palabras. Sintió el fuego de la vergüenza recorrerle el cuerpo. Luego lanzó un grito ahogado al ver a una mujer con las uñas como raíces y la piel seca, áspera como un tronco.

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