capitulo 1: cuando el silencio empezó a doler

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De “Lo que calla el aula” —por Estefanía

Desde chica aprendí que el silencio podía tener muchos significados.
A veces era paz. Otras, era miedo.
Recuerdo los días en que me miraba al espejo y me preguntaba si era suficiente, si algún día alguien vería en mí lo que yo trataba tanto de esconder. No lo sabía. Solo era una niña con el corazón lleno de preguntas y una sonrisa que fingía estar bien.

Mi infancia fue como un cuaderno de dibujo con páginas arrancadas: había momentos bonitos, pero también vacíos que no sabía cómo llenar.
A veces me reía fuerte, pero por dentro me dolía algo que no entendía del todo. Tenía miedo de perder a la gente que quería. Ese miedo siempre estuvo ahí, como una sombra pegada a mis pasos, recordándome que si me equivocaba, me iban a dejar sola.

En la escuela era diferente. Al principio todo parecía normal: juegos en los recreos, lápices de colores, cuadernos nuevos. Pero con el tiempo, las risas dejaron de ser conmigo y empezaron a ser de mí.
Recuerdo cuando comenzaron a fijarse en mi cuerpo. En cómo caminaba, en cómo hablaba.
Me decían “gorda”, “cerdo”, “corte de señora”, y se reían.
Yo hacía como que no escuchaba, pero lo hacía. Cada palabra se me quedaba pegada al pecho, una tras otra, hasta que dolía respirar.

No entendía por qué el aula, ese lugar donde se suponía que uno aprendía a crecer, podía sentirse tan frío. Los profesores hablaban, las hojas se movían, las risas rebotaban entre las paredes… y yo solo quería desaparecer.

Hubo un momento en que empecé a cambiar sin querer.
Dejé de comer tanto, dejé de reír tan fuerte, dejé de confiar tan rápido.
Y nadie pareció notarlo.
Los mismos que me miraban todos los días no veían nada.
Era como si me estuviera desvaneciendo en cámara lenta, frente a todos, y a nadie le importara.

A veces pienso que fue ahí cuando aprendí lo que era la rabia.
No una rabia de gritar y romper cosas. Era una rabia más silenciosa, más triste.
Una que se acumulaba cuando callaba, cuando sonreía para que no notaran que quería llorar.

Esa fue mi infancia: una mezcla de risas forzadas, miedo al abandono y palabras que dolían más de lo que parecían.
Y aunque no lo sabía entonces, ese silencio —el de las aulas, el de las miradas, el mío— sería el principio de todo lo que vendría después.

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