Donde Sergio y Charles le son infieles a sus esposos.
"𝐷𝑒𝑠𝑛𝑢́𝑑𝑎𝑡𝑒 𝑎𝑙 𝑝𝑎𝑠𝑜, 𝑚𝑖 𝑟𝑒𝑖𝑛𝑎, 𝑦 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑎́𝑚𝑎𝑚𝑒
𝑄𝑢𝑒 𝑒𝑙 𝑠𝑒𝑐𝑟𝑒𝑡𝑜 𝑝𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑒𝑧𝑐𝑎 𝑒𝑛 𝑢𝑛 𝑐𝑢𝑎𝑟𝑡𝑜 𝑑𝑒 ℎ𝑜𝑡𝑒𝑙
𝑇𝑒 𝑎𝑠𝑒𝑔𝑢𝑟𝑜 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑠...
⚠️Advertencia: no estoy a favor de la infidelidad, solo es ficción. Relájense y disfruten⚠️
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Charles Leclerc y Sergio Pérez compartían una amarga coincidencia: estaban atrapados en matrimonios que los consumían, con esposos que parecían odiarlos.
Sergio jamás tuvo elección. Su destino fue sellado cuando lo obligaron a casarse con Max Horner, un omega rubio que lo había despreciado desde el primer instante en que lo vio. Su padre, Antonio Pérez, y su suegro, Christian Horner, habían pactado aquella unión con el único objetivo de fortalecer sus empresas. Gracias al sacrificio de sus hijos, el imperio Pérez-Horner se erigió como uno de los más poderosos de Europa y América.
Desde el inicio, Sergio no esperaba amor. Y no lo tuvo. Max lo trataba con frialdad, lo evitaba, jamás le permitió tocarlo, mucho menos marcarlo. No se hablaban, no compartían cama; simplemente coexistían, como compañeros de cuarto obligados.
Pero algo cambió. Max, antes distante, se volvió paranoico. Cada vez que Sergio regresaba tarde del trabajo, lo recibía con reproches, acusándolo de infiel. El alfa no comprendía el motivo de aquel repentino cambio, aunque prefería mil veces al Max indiferente que al Max tóxico y controlador.
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La historia de Charles era distinta. Había conocido a Carlos Sainz en una junta de negocios. Desde el primer encuentro congeniaron y pronto iniciaron una relación. Tras tres años de noviazgo, se casaron. Su matrimonio parecía perfecto: Carlos era atento, dulce, siempre tenía un detalle para él, incluso sin necesidad de excusas como un cumpleaños o un aniversario. Charles vivía convencido de que era un cuento de hadas.
Pero la ilusión se resquebrajó. Carlos comenzó a mostrarse distante, incómodo cada vez que su esposo se acercaba. Charles pensó que era el estrés laboral y decidió darle espacio. Hasta que una noche Carlos le anunció que tendría una reunión que se alargaría y le pidió que no lo esperara.
Charles obedeció, agotado, aunque su lobo no dejaba de llorar, inquieto, rascándole el pecho con desesperación. A la una de la madrugada escuchó la puerta abrirse. Su primer instinto fue levantarse para recibirlo, pero un olor extraño mezclado con el de su alfa lo detuvo en seco. Carlos no fue a la cama; tomó una toalla y se encerró en la ducha, sin notar que había dejado a su esposo con el corazón hecho pedazos.