~capitulo 2: lo que nadie pregunta~

14 3 9
                                        

El día continuaba lentamente, y el sol iluminaba la cara de Jazmín como si quisiera despertarle un brillo que ella misma había olvidado.

Brisa —Entonces, Jazmín… ¿qué te gustó de la canción?

Jazmín —Habla de lo que no fue y de lo que pudo ser. La verdad… sentí una conexión con la canción. Sé que suena tonto… lo sé.

Suriel —No suena tonto. Te entiendo… de hecho.

Brisa —Jazmín, ¿alguna vez has cantado?

Jazmín —No, nunca lo he hecho. Realmente no sé si estoy hecha para eso.

Brisa —Bueno, mira… casi todos los días estamos aquí tocando y cantando. Así que, si algún día quieres aprender guitarra o animarte a cantar, puedes contar con nosotros. ¿Verdad, amor?

Suriel —Así es. La música es para todos. Y créeme, cantando puedes decir cosas que de otra forma se quedarían atrapadas adentro.

Jazmín —Gracias, gracias… de verdad, gracias. Estaré aquí todos los días que pueda. ¡Seré su fan número uno!

Suriel —Vaya… entonces personalmente yo te enseñaré a escribir canciones y a cantarlas.

Los ojos de Jazmín brillaron como si, por primera vez, su vida tuviera un propósito. Cuando Brisa y Suriel se marcharon, ella se quedó en pie, mirando cómo se alejaban.

Jazmín —Seré como ellos algún día… y espero poder tocar en un escenario a su lado.

Emprendió el camino de regreso hacia su casa —si es que podía llamarse así—. Mientras avanzaba, la realidad se encargó de desgarrar sus pensamientos. Vio a una pareja de padres compartiendo un helado con su hijo pequeño, y desvió la mirada como si no hubiera visto nada. Unos metros más adelante, una madre abrazaba a su hija con ternura.

El corazón de Jazmín se encogió. Su mente se llenó de preguntas que no podían contestarse. Pero entre todas, una resonó como un eco insoportable:

—¿Cómo se sentirá eso?

Mientras más avanzaba, sentía que se ahogaba con cada paso. El aire era un peso, y los recuerdos de lo que acababa de vivir con Brisa y Suriel se desvanecían como humo.

Giró la esquina y el murmullo de las calles la devolvió a su rutina. Frente a ella, el letrero oxidado de la tiendita de Doña Carmen colgaba torcido; anunciaba un lugar que olía a frutas, verduras y tierra.

Jazmín apretó contra el pecho la bolsa con la comida que aún no había comido. Tragó saliva y entró.

La hija de la señora Carmen, con los brazos cruzados y una mirada filosa como cuchillo, la recibió sin una palabra.

—¿Y tú qué? —soltó al fin, con un tono que raspaba más que la voz de su madre—. ¿Sabes qué hora es? Te mandamos en la mañana y apenas vienes llegando.

Jazmín bajó la cabeza, buscando alguna excusa en el suelo, pero no halló nada más que mosaicos rotos.

—Lo siento… me retrasé un poco —murmuró.

La hija bufó, arrebatándole la bolsa con un gesto brusco.

—Siempre lo mismo contigo. Un día de estos, mi mamá te va a correr. Y no te ilusiones, porque aquí nadie te va a esperar toda la vida.

Las palabras le cayeron a Jazmín como piedras en el estómago. Se quedó quieta, con los labios entreabiertos, sin encontrar valor para responder.

Detrás, la voz de Doña Carmen retumbó desde la cocina:

—¡Déjala! Solo hace lo que puede, no seas brusca con Jazmín.

Hanna —Porque siempre la defiendes. Es demasiado lenta, apesta y además viste harapos; solo da mala imagen a la tienda. Pensarán que aquí viven vagabundos.

Jazmín cerró los ojos por un instante. Esa promesa que se había hecho apenas minutos antes —ser alguien, cantar algún día— parecía deshacerse frente al peso de la realidad.

Pero no lloró. Se mordió el labio, respiró hondo y asintió, como si en silencio estuviera firmando una resistencia que ni ella misma entendía.

Carmen —No digas esas cosas, Hanna. Es solo una niña; no tiene familia. Al menos hagamos algo para que no se sienta sola.

Hanna —Ya deja de apoyarla. No tiene familia, lo sé, pero ¿y si así lo quiso el destino? ¿Y si su familia la abandonó porque sería una carga? Yo soy tu hija; yo tengo que importarte más que esa huérfana.

Un silencio tenso colmó la tienda. Jazmín, más caliente por dentro que por fuera, dejó salir una respuesta que llevaba tiempo acumulada:

Jazmín —¿Y qué si no tengo familia? ¿Acaso tiene algo de malo que sea huérfana? ¡Y si realmente me abandonaron, pues no me importa! He sobrevivido yo sola hasta ahora. ¡Yo sola! Así que por favor, cierra la maldita boca de una vez. Sí, apesto. Sí, visto ropa vieja, casi rota, ¿y qué? Esas mierdas las escucho día y noche, pero dime, ¿alguna vez alguien me preguntó si ya comí, si tengo frío, si necesito ropa o si puedo dormir tranquila? ¡Nadie!

Las palabras flotaron en el aire, desnudas. Hanna abrió la boca, pero las líneas de su rostro se endurecieron; Doña Carmen apartó la mirada, con culpa y desconcierto.

Jazmín apretó los puños, la respiración entrecortada, pero no retrocedió. No hubo melodrama: solo una verdad fría y erguida que la había endurecido en las calles.

Por primera vez en mucho tiempo, no se sintió invisible.

_______________________________________

Espereo y les allá gustado está capitulo, lo tuve que subir ayer pero estuve un poco ocupado y cuando ya era hora de subirlo me quedé dormido jeje no volverá a pasar nos vemos hasta el otro domingo

Faded Notes Where stories live. Discover now