Denji Jisho

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El mundo en el que vivimos existe esta mutación que permite a los seres humanos desarrollar poderes, desde entonces se formó una nueva profesión que todo adolescente actual quiere: la profesión de héroe.

Entrenan sus dones para poder ejercer como héroes de cómic, peleando contra “villanos”. Pero… ahora las mismas agencias y comunidades son las que incitan la delincuencia, invitan al caos e ignoran a jóvenes que viven en situaciones difíciles para así crear “villanos”. Sin villanos no hay héroes, sin héroes no hay profesión, sin profesión no hay dinero.

En medio de todo esto, nació Denji Jisho, un muchacho de quince años con un poder que nadie supo cómo encajar. Su mutación no lo dotó de fuego, electricidad, telequinesis o velocidad… sino de un cuerpo de lobo antropomórfico. Su apariencia era la de un lobo erguido, musculatura humana, rostro de fiera, pero con la voz y la mente de un adolescente común.
Para su desgracia, eso no servía de nada en un mundo que esperaba habilidades espectaculares.

Denji era distinto, y en ese mundo, ser distinto equivalía a ser defectuoso.

Su familia, los Jisho, eran millonarios, empresarios de renombre y mecenas de varias academias de héroes. Todos los reflectores y elogios se los llevaba su hermano mayor, Rikika Jisho, un joven brillante, carismático y dueño de un poder deslumbrante: manipulación de la energía. Rikika era la joya, el futuro héroe de élite que los padres exhibían en banquetes y ruedas de prensa.

Mientras tanto, Denji era la sombra, el error, el hijo que escondían detrás de muros altos y sonrisas falsas. Su madre evitaba mirarlo a los ojos, su padre lo ignoraba con un silencio gélido, y Rikika lo trataba como a una mascota torpe.

En la escuela no era diferente.
Los alumnos lo veían como una broma viviente. “¡Eh, aúlla, perro!”, le gritaban en los pasillos. Los profesores lo trataban como un posible peligro: demasiado animal para confiar en él, demasiado humano para protegerlo. Nadie reconocía que, a pesar de todo, Denji era un estudiante modelo: sus notas eran impecables, su disciplina era férrea, y su deseo de encajar lo llevaba a esforzarse más que cualquier otro.

Pero el reconocimiento nunca llegaba.

Cada tarde volvía a su habitación, se quitaba el uniforme cuidadosamente doblado y miraba sus garras, sus colmillos, su reflejo. En su pecho hervía una sola pregunta:
¿Por qué yo no puedo ser normal?

Ese anhelo lo consumía en silencio. Se encerraba a escribir diarios donde soñaba con ser aceptado, con despertar un día en un cuerpo humano, con que su madre lo abrazara o su padre lo felicitara. Nadie lo leía. Nadie lo escuchaba. Nadie lo quería.

Mientras Rikika brillaba en torneos juveniles y las agencias ya lo buscaban como futuro héroe, Denji sufría la contradicción: tenía todo lo que cualquiera desearía —riqueza, educación, apellido— pero carecía de lo único que realmente importaba: amor y reconocimiento.

El rechazo constante comenzó a hundirlo en una desesperación muda.
A veces, en las noches, pensaba que quizá los “villanos” no eran tan distintos a él. Eran personas empujadas al borde, usadas como piezas en un tablero que nunca eligieron. Y por primera vez, una idea peligrosa se encendió en su mente:
Tal vez su destino no era ser un héroe.
Tal vez su poder inútil… podía encontrar sentido en otro lugar.

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