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"Algunos cargamos heridas tan profundas que ni el tiempo, ni los demás se atreven a tocarlas."









El sonido del despertador nunca me ha gustado. Es ese tipo de ruido que parece gritarme que tengo que seguir viviendo aunque no quiera.

Cuando abrí los ojos sentí el mismo peso de siempre. No era cansancio físico, era algo más hondo, como una niebla espesa que se me pegaba a la piel.

Me senté en la cama con los auriculares puestos, aunque no había música. Solo necesitaba algo que me mantuviera aislada del mundo. Mi habitación era pequeña, casi vacía, con paredes que alguna vez fueron blancas, ahora amarillentas por el tiempo. Sobre el escritorio, apuntes arrugados y un cuaderno cerrado. Ni una foto, ni un recuerdo. Nada que me diera un motivo para sonreír.

¿Por qué sigo haciendo esto? me pregunté mientras me ponía la sudadera azul de siempre, esa que me hacía sentir invisible. Ajusté la capucha sobre mi cabeza y respiré hondo antes de salir.

El apartamento estaba en silencio, como siempre. Mi madre trabajaba todo el día, casi nunca coincidíamos. Agarré una galleta vieja del armario y me la metí en el bolsillo. No tenía hambre, pero necesitaba fingir que existía para alguien.

La calle estaba llena de ruido: carros, voces, gente con prisa. Caminé con la mirada baja, los auriculares puestos y la capucha bien ajustada. Nadie me miraba. Y si lo hacían, ¿qué más daba?

Llegué a la universidad después de veinte minutos de viaje en bus. Me bajé en la misma parada de siempre, crucé el mismo pasillo lleno de anuncios pegados en las paredes y saludé a nadie, porque nunca había alguien a quién saludar.

Mi clase de filosofía comenzaba en diez minutos. No porque me importara, pero era mejor estar ahí que en cualquier otro lugar. El salón estaba medio lleno cuando entré. Algunos estudiantes reían en grupos, otros revisaban el celular. Yo me fui directo al fondo, a mi sitio habitual: la última fila, pegada a la ventana. Dejé la mochila en el suelo, puse la cabeza sobre los brazos y cerré los ojos.

Allí podía desaparecer.

El murmullo del aula se mezclaba con mi respiración lenta. A veces me preguntaba cómo sería volver a sentirme viva. No solo existir, no solo pasar los días como si fueran copias de otros días. Pero esas preguntas dolían demasiado, así que prefería dormir.

Un golpe en el escritorio me despertó de golpe.

-Atención, por favor -dijo el profesor con su voz grave y cansada. Levanté la mirada lo justo para verlo: un hombre mayor, con las gafas torcidas y una pila de hojas en las manos.

-Antes de empezar, quiero comunicarles algo importante.

El murmullo en el salón se apagó. Me froté los ojos, apenas interesada.

-Este será mi último mes con ustedes -continuó el profesor-. Me retiro. Ha sido un placer enseñarles, pero la vida sigue... y a mi edad, también hay que saber descansar.

Algunos compañeros exclamaron un "¡¿En serio?!" como si aquello fuera una tragedia. Para mí no lo era. Nada lo era últimamente.

-La próxima semana llegará su nueva profesora -anunció con una sonrisa nostálgica-. Estoy seguro de que les gustará. Es joven, apasionada, llena de ideas. Se llama Chloe Bennett.

El nombre me sonó extraño, casi elegante. Bajé la mirada de nuevo y me hundí en mis brazos. ¿Y qué? Una nueva profesora no iba a cambiar nada. Nadie lo hacía.

SILENCIO ETERNOWhere stories live. Discover now