Antonella.
El espejo frente a mí refleja a una desconocida. Ya no soy la niña rota que entró a este psiquiátrico con la mirada perdida y la piel marcada por cicatrices invisibles. Hoy visto un traje negro que abraza mi silueta con arrogancia, un atuendo que grita poder y muerte al mismo tiempo. Mi cabello, largo y lacio, cae como una cascada oscura con mechas rojas que arden como brasas, y el flequillo cubre parte de mis ojos grises, esos ojos que ya no suplican… ahora ordenan. Me retoco los labios rojos con calma, como si estuviera pintando la última herida que mostraré al mundo.
—Impresionante —dice una voz que conozco demasiado bien—. Finalmente, la mariposa salió de su crisálida. Patricia me observa desde la puerta, cruzada de brazos, con su sonrisa torcida de psicópata disfrazada de doctora. En sus manos sostiene una carpeta que seguramente es mi vida convertida en estadísticas y diagnósticos. Sus ojos brillan de orgullo, como si fuera la artista contemplando su obra maestra. Yo no aparto la vista del espejo, porque me gusta ver lo que me he convertido.
—No soy una mariposa —respondo, dejando que el lápiz labial resbale lento sobre mi boca—. Soy un cuervo. Las mariposas mueren al menor roce, yo devoro lo que se pudre. Patricia ríe suavemente, esa risa que siempre me pareció perturbadora porque no encierra alegría, sino satisfacción. Ella se acerca, sus tacones resonando en el suelo blanco del cuarto, un eco que recuerda a pasos fúnebres en una iglesia abandonada. No necesito mirarla para sentir cómo sus ojos se clavan en mí como cuchillas.
—Cuervo… me gusta. Es sombrío, fiel a lo que eres. Te entrené para que olvidaras el temblor de la niña abusada, y lo lograste. Mírate, Antonella, mírate bien: hoy es tu último día con esta bata invisible de víctima. El mundo no sabrá qué hacer contigo. —Patricia coloca la carpeta sobre la mesa y me rodea como un depredador rodeando a su presa. Yo sonrío con malicia, porque sé que ya no soy la presa, y quizás nunca lo fui. Sus palabras alimentan un fuego que arde dentro de mí desde hace tres años.
—El mundo… —repito, dejando escapar una risa baja—. El mundo me arrancó la inocencia, me dio una madre que prefirió convertirme en esto. Y ahora, gracias a ti, Patricia, he aprendido que el dolor no se olvida, se transforma. Soy el mismo veneno que ellos me hicieron beber, solo que en una copa más elegante. —Me levanto del asiento, y mis tacones golpean el piso con un ritmo tan firme que parece anunciar un entierro. El de todos aquellos que alguna vez pronunciaron mi nombre con desprecio.
Patricia sonríe aún más, y sus ojos reflejan el orgullo enfermo de una madre que finalmente ve a su hija convertida en lo que siempre soñó. —Eso quería escuchar —susurra, y toma mi barbilla entre sus dedos fríos—. El psiquiátrico solo fue el capullo. Allá afuera te espera un mundo que cree en héroes, en justicia, en familias perfectas. Y tú, mi querida Antonella, vas a derrumbarlo todo con una sonrisa. —Me acaricia la mejilla como si aún necesitara afecto, pero yo solo siento el filo de sus uñas. Le sonrío, una sonrisa lenta, peligrosa, cargada de todo lo que aprendí de ella.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto, Patricia? —le digo mientras le aparto la mano con suavidad fingida—. Que cuando camine por las calles, nadie sospechará que soy el monstruo que creaste. Me verán como una mujer elegante, segura, quizá fascinante… y no sabrán que bajo este maquillaje se esconde la tumba de su tranquilidad. Esa será mi mayor venganza: verlos arrodillarse sin que jamás entiendan cómo lo logré. —Mis palabras resuenan en el cuarto como un himno oscuro, y Patricia asiente lentamente, disfrutando cada sílaba como si fueran notas de una sinfonía que solo ella y yo podemos escuchar.
Patricia se acomoda frente a mí, cruzando una pierna sobre la otra, con la misma calma que una serpiente antes de atacar. Su sonrisa torcida me dice que está disfrutando cada segundo, como siempre. La observo por el espejo mientras termino de delinear mis ojos grises, y en ese reflejo no veo a una doctora… veo a la escultora que talló la estatua de mi oscuridad.
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Antonella: Venganza Y Redención.
ActionTres años después de haber sido arrancada de los brazos de Arthur, Antonella Black ha renacido como una mujer completamente distinta: fría, calculadora y marcada por un pasado que la convirtió en lo que juró no ser. Ya no es la joven rota que llorab...
