Me llamo Valeria, tengo veinte años y acabo de mudarme a una ciudad que no es la mía, para comenzar mis prácticas en un hospital psiquiátrico. Bueno... "hospital" suena demasiado clínico y frío; "manicomio" sería más exacto, aunque el nombre oficial siempre lo maquille con palabras más suaves. Nunca me había mudado tan lejos, y lo confieso: una parte de mí se siente emocionada, otra aterrorizada.
Mi infancia no fue sencilla. Crecí en un barrio donde los gritos de los vecinos eran la música de fondo y las paredes parecían absorber cada secreto, cada lágrima. Mi madre trabajaba demasiado y mi padre... bueno, no estuvo nunca, aunque a veces lo sentí como un fantasma que pasaba por casa para dejar problemas en lugar de amor. Aprendí muy joven a cuidarme sola, a no esperar que nadie me protegiera. Esa soledad me enseñó a observar, a escuchar y a anticipar peligros; me enseñó a esconder mis emociones, a mantener una fachada tranquila mientras por dentro todo se agitaba.
Siempre fui una niña curiosa. Me escondía entre los libros de la biblioteca pública y leía sobre lugares lejanos, sobre vidas que no eran la mía, sobre secretos que parecían imposibles. Soñaba con viajar, con salir de esa ciudad pequeña que conocía demasiado bien, con empezar de cero sin que nadie supiera quién había sido antes. Y ahora aquí estaba, a kilómetros de todo lo que conocía, cargando cajas con mis cosas y con la mezcla de miedo y emoción latiendo en mi pecho.
La casa que alquilé en la ciudad nueva era pequeña, apenas suficiente para mí, pero se sentía... mía. Colgué mis cuadros favoritos en las paredes, dejé mis libros apilados en la estantería que aún crujía al colocar cada tomo, puse las fotografías que me recordaban que, aunque sola, no estaba completamente desprotegida. Cada objeto tenía un sentido, cada detalle me ayudaba a mantenerme en calma mientras me adaptaba.
Después de dejar mis pertenencias, empaquetadas y organizadas, me dispuse a viajar hacia el lugar donde haría mis prácticas. Nadie, excepto las pocas personas que trabajaban allí, conocía la ubicación exacta del edificio. Pregunté en la calle, en pequeños cafés, en tiendas; la respuesta siempre era la misma: "¿Un hospital psiquiátrico? Por aquí no, no conozco ninguno." Incluso el conductor del autobús me miraba con desconfianza cuando mencionaba el nombre, como si hubiese pronunciado algo prohibido.
Finalmente, después de horas de preguntar y equivocarme de caminos, de carreteras que se estrechaban entre árboles y campos abandonados, llegué a una carretera sin señalización. Todo estaba envuelto en niebla, como si el mundo mismo intentara ocultar lo que estaba al final del camino. Una verja oxidada se asomaba entre la bruma, medio cubierta de hiedra, con un letrero gastado que apenas dejaba leer: "Instituto Psiquiátrico Central... 19-" Lo demás estaba borrado por los años.
Al acercarme, el edificio me impresionó. Era enorme, antiguo, con ventanales altos y oscuros que parecían observarme, y una arquitectura que parecía detenida en el tiempo. La madera de las puertas crujía al empujarla, y un olor a humedad mezclado con algo químico me golpeó inmediatamente. Era el tipo de lugar que podía asustar a cualquiera, y sin embargo, algo en mí se sentía extrañamente atraído.
Caminé por el patio delantero, tratando de imaginar cómo sería la vida dentro. Cada paso resonaba en la soledad del lugar. Pregunté en la recepción si había alguien para guiarme, pero la mujer detrás del mostrador apenas levantó la vista: "El director le espera más adentro. Pase por ese pasillo y suba las escaleras." No había indicaciones, mapas, nada que guiara a alguien por primera vez. Todo parecía... abandonado y vivo a la vez.
Me detuve frente a una ventana rota y miré hacia dentro. La luz que entraba por el ventanal iluminaba polvo suspendido en el aire y siluetas borrosas de muebles que parecían haber sido usados hace años. Pregunté a la recepcionista si alguien vivía en esas salas, y me respondió con un encogimiento de hombros: "Algunos de los internos están por ahí, otros descansan. No interfiera." Su tono era seco, casi indiferente, pero en el fondo sentí un escalofrío que subía por mi espalda.
-Hola... -susurré para mí misma, más que para alguien-. Soy Valeria. Voy a trabajar aquí.
Mi voz rebotó entre los pasillos, y el eco me acompañó mientras avanzaba hacia las escaleras. No hubo respuesta. Solo el silencio, pesado y expectante, que parecía susurrarme que todo estaba por comenzar.
Respiré hondo, tratando de calmar el temblor que no quería desaparecer. Me repetí que era tranquila, que podía enfrentar esto, que había superado más de lo que la mayoría imaginaría. Pero algo en el aire me decía que esta vez, la tranquilidad no sería suficiente.
Y mientras subía las escaleras, con la carpeta de documentación apretada contra mi pecho, tuve la primera certeza: este lugar tenía secretos. Y yo estaba a punto de descubrirlos.
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NO SON COMO CREES
Mystery / ThrillerEste nuevo trabajo en el manicomio de una ciudad ajena, ¿será realmente la mejor opción para Valeria?
