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Las luces del pasillo parpadeaban. No todas, solo dos. La tercera desde la biblioteca y otra justo en la entrada del aula 2-3. Un parpadeo insistente, como el temblor en un párpado cuando llevas demasiadas horas sin dormir. Me aposté a que durarían toda la semana antes de fundirse, solo para llevarme la contraria.

Me puse los auriculares y subí el volumen, pero no lo suficiente como para aislarme del todo. Trozos de conversación seguían filtrándose entre los acordes de la canción. Un ¿has visto lo de...?, seguido de risas. Un te juro que no era así de grande, lo bastante ambiguo como para no querer contexto. Una silla se arrastró contra el suelo con un chirrido que me hizo apretar los dientes.

Bajé la mirada, metí las manos en el bolsillo de la sudadera y seguí caminando. La gente estaba en su mundo y yo en el mío, lo cual funcionaba bastante bien. Pasé entre ellos sin aminorar el paso, esquivando hombros a última hora, como si esto fuera un videojuego en el que no puedes chocar con los NPCs. La mochila me colgaba de un solo hombro, un equilibrio precario entre lo funcional y la pereza absoluta.

Pisoteé los cordones de mis zapatillas al menos tres veces y aun así no me molesté en atarlos. Había una mancha azul en mi mano derecha, una mancha de tinta, como si un bolígrafo se hubiera suicidado en mi palma mientras yo no miraba. No tenía ni idea de cómo había llegado ahí, pero la arrastré contra el pantalón en un intento de borrarla. No funcionó. Ahora tenía una mancha de tinta en la mano y otra en la rodilla. Increíble.

Las luces siguieron parpadeando.

El aula estaba medio llena. O medio vacía. No era lo mismo, pero en el fondo sí lo era. Como cuando alguien dice "no es que me caigas mal, es solo que no me caes bien". Ajá. Claro.

Me dejé caer en mi asiento junto a la ventana, encajando la cabeza contra la palma de la mano como si fuera una estatua en decadencia. De esas que encuentras en jardines abandonados con musgo en las grietas y pájaros anidando en las cuencas de los ojos.

Saqué el cuaderno, lo abrí al azar y pasé las páginas con el dedo, repasando las joyas artísticas fruto de mi incapacidad para prestar atención.

Un dragón enredado en un brazo. Lo hice cuando el profesor de Historia se puso a contar batallitas de su juventud como si alguien se las hubiera pedido. Pasé a la siguiente. Una calavera con cuernos. Eso tuvo que ser en una de esas clases en las que el tiempo se vuelve un concepto abstracto y la vida pierde sentido. Luego, los ojos. Un puñado de ojos. O más bien un montón. ¿Qué me pasaba ese día? Ni idea. Mejor no hacerme preguntas.

Llegué a una página en blanco y apoyé el lápiz sobre el papel.

¿Qué dibujo hoy?

No hizo falta decidir nada. Mis manos ya estaban a lo suyo, moviéndose con una seguridad que mi cerebro no compartía. Trazos rápidos, líneas firmes. La curva de la mandíbula, el arco de las cejas, el pelo cayendo en desorden sobre los ojos.

Venga, no me jodas.

Otra vez.

Resoplé y me eché hacia atrás, dándole una mirada crítica al dibujo.

¿Por qué cojones siempre acababa dibujándolo? No era aposta. No podía serlo. Simplemente tenía... una cara interesante. Buenas proporciones. Un juego de sombras que daba para practicar.

Nada más.

Nada más, me repetí, mientras cerraba el cuaderno con más brusquedad de la necesaria.

Unos días atrás

La vida era injusta. Y no lo decía en plan profundo, tipo "la existencia es un sinfín de sufrimiento" o "el sistema está podrido". No. Lo decía porque me habían arrancado de mi rincón de paz, me habían sacado los auriculares de las orejas con una crueldad inhumana y ahora estaba de pie en mitad de una cancha con un chándal prestado que olía raro y una pelota volando a mi alrededor como si alguien hubiera decidido que lanzar cosas a la gente era una forma válida de educación física.

Metanoia | WoosanStories to obsess over. Discover now