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Lírica

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Estaba siendo una noche helada, con un poco de neblina. El suspiro de la noche se sentía como un ventarrón en mis mejillas.

Era la noche perfecta para caminar por el parque.
Compré un chocolate helado; sentí el frío bajar por mi garganta, afilado, casi doloroso... pero familiar. Me gustaba esa sensación que me mantenía presente.

A lo lejos llegaba el eco de un concierto. Lo distinguía entre el murmullo de la ciudad, pero fue el violonchelo lo que detuvo mis pasos. Ese sonido... profundo, vibrante, como si el alma del instrumento buscara tocar la mía.

Me acerqué entre la gente. Y entonces la vi.

Ella tocaba el cello como nadie. Aunque todos los instrumentos sonaban al unísono, era ella quien brillaba. Mis ojos la siguieron sin permiso: el cabello ondulado color cobrizo cayendo sobre su hombro, los dedos largos y delicados rozando las cuerdas como si acariciara el aire.

Verla a ella era como ver la tarde antes de la tormenta.

Me quede ahí, observandola hasta el final.

-Alguien como tú no parece ser de las que disfrutan este tipo de música -dijo de pronto, con una voz tan suave que parecía un susurro disfrazado de seguridad.

-No sabía que me encontraría con una orquesta -respondo, evitando mirarla directamente, como si eso pudiera retrasar lo inevitable-. Solo pasaba por aquí.
Solo pasaba por ti, pienso, pero no lo digo.
-Y sí... destacas entre todos con ese talento.

-Por eso me acerqué -dice ella-. Noté cómo me mirabas.

-¿Te incomodé? Si es así, lo siento.

Nos alejamos de la multitud hasta una banca casi escondida por la noche. Ella se sienta primero; luego yo, con torpeza disimulada. Era hermosa, pero no de la forma obvia: era hermosa como algo que no sabes si debes tocar o admirar desde lejos.

-¿Cómo te llamas? -le pregunto.

-Lírica.

-¿Qué significa? Jamás lo había escuchado.

-Me lo he puesto yo. Viene de "lira", el instrumento que acompaña poesías -responde con una calma que me desarma-.
¿Y tú?

-Soy Delyra... aunque no sé qué significa -suelto una ligera risa, mi voz, pequeña, nerviosa.

-Para mí suena a delirio -dice ella, inclinando apenas la cabeza.

-Y para mí tu nombre me recuerda a los lirios.

Detrás de ella, un pequeño jardín de lirios resiste el frío del invierno. Están quietos, esperando.
Como si fueran parte de ella.

La alarma vibra cada cinco minutos pero mis párpados se niegan a abrirse.
Hasta que un fuerte golpe retumba en el piso; por el susto volteo y veo mi teléfono tirado, caído del banco que tengo por buró.
La pantalla está estrellada. Me lanzo al suelo rogando que aún sirva.
Por suerte... es un daño superficial.
(Ojalá así fuera mi alma).

Exhalo y abro mi galería para ver su foto una vez más.

Por más que intento, no puedo dejar de repetir su nombre.
Bueno... como a mí me gustaba llamarla:

Liria,
Liria,
Liria.

Han pasado dos años desde que se fue.
Y a pesar de que no está muerta, se siente como si lo estuviera.
Una mujer como ella no vuelve hacia atrás.

Quizá si pudiera pintar lo que esa foto me hace sentir...
dejaría de buscarla ahí cada noche.

DelyriaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora