la llegada

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                          La llegada
Como la mayoría de los pueblos de aquella época, este era visceral, y es bien sabido que, cuando algo no cae bien en las tripas, estas se hinchan y empiezan a causar malestar. Pero si el malestar es mucho, puede matar al pueblo entero, haciendo que las vísceras se inflamen, exploten y arrojen todo su estiércol y pestilencia. Ya el pueblo de Tepetlaco, desde hace tiempo, se había tragado una campamocha, y como las vacas, estaba hinchado, esperando morirse y exhibir a sus habitantes como lo que realmente eran.

Un dia llegó don Plutarco Buendía desde la capital del estado, para abrir una pequeña escuela y enseñar a los niños de allí. Había arribado en una diligencia especial, ya que por ese rumbo pasaban solo cada mes y medio. El únicamente cargaba sus libros y su ropa, y algunas cosas de valor sentimental.

Era un hombre alto, demasiado alto para lo que se acostumbra en ese lugar. Su cabeza casi rozaba los dos metros y, con el sombrero que llevaba, los superaba. Aunque delgado, impresionaba a quienes lo miraban de frente. Su tez apiñonada y un rostro marcado por los pómulos, enmarcado por unos lentes tan grandes que hacían parecer sus ojos los de una cabra. Lucía una barba de candado, en la que ya se clavaban algunas astillas blancas. A sus treinta y cinco años parecía más cercano a los cuarenta.

Su esposa, María Salas de Buendía, era todo lo contrario a él: pequeña, de no más de metro cincuenta, de cuerpo robusto y rostro rechoncho. También llevaba gafas, y sus ojos, agrandados por los cristales, destacaban aún más junto a los dos lunares cercanos a ellos. Con ellos iba su hija, Clemencia, una niña de doce años que parecía el término medio entre ambos: ni tan delgada como el padre, ni tan robusta como la madre, ni tan baja ni tan alta para su edad. Siempre sonriente, de cabello lacio peinado en dos coletas, y sin lentes en el rostro.

—Aquí es, mujer. Aquí es donde vamos a enseñar.

—¿Aquí? En este pueblo empotrado en el cerro... ¿a quién se le habrá ocurrido construir así? La mayoría de los caminos son abajo hacia arriba, y viceversa.

—Como si las piedras pudieran echar raíces como los mezquites y quedarse bien sujetas.

—Mira allá en lo alto... Hasta la iglesia, allá en la cúspide, parece que un día pudiera caer y matar a los fieles por la gracia de Dios.

—Clemencia, ¿te gusta tu nuevo hogar?

La niña sonrió y asintió con la cabeza.

—Tenía entendido que el presidente municipal nos recibiría… y no hay nadie.

—Estamos cansados del viaje, Plutarco. Necesitamos descansar, necesitamos bañarnos.

El hombre miró a su alrededor buscando a alguien. Solo halló a una mujer sentada afuera de su casa.

—Hola, señora. Disculpe, ¿dónde puedo hallar al presidente municipal?

—¿Y ustedes quiénes son?

—Soy el profesor Plutarco Buendía. Me han enviado a dar clases.

—¿Un profesor? Tengo hijos, pero ya están grandes. Todos trabajan en la hacienda del Camellito. Si quiere buscar al presidente, suba por el camino. Al lado de la escuela encontrará su casa.

—Gracias, señora. ¿Podría quedarse aquí mi hija y mi esposa mientras voy?

—Lo mejor es que se las lleve. En este pueblo no se dejan a las mujeres solas.

—Gracias —dijo don Plutarco, y tomó a su mujer e hija para emprender el ascenso a lo más alto. El camino era tan polvoriento que cualquier viento bastaba para ensuciarles de inmediato. Como en todo buen pueblo, pocas almas se veían por el camino; la mayoría, encerradas, esperando que pasara la tarde para comenzar el día.

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