CAPITULO 1

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ACTUALIZADO:

—Lo… lo siento mucho. —La voz del médico tembló apenas, mientras el reloj del pasillo marcaba un minuto más de silencio—. Hicimos todo lo que estaba en nuestras manos, pero… no sobrevivió.

—¿Qué…? —la palabra salió rota, como si no supiera por dónde escapar—. No… no es posible…

El murmullo fue apenas un hilo de aire, perdido en la blancura impasible del hospital. Nadie dijo nada más. Solo quedó el eco de una tragedia sin nombre, suspendido en el espacio entre un corazón que dejaba de latir y otro que no sabía cómo seguir.

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Años atrás…

La vida de Jimin era tan sencilla como el aroma a café que llenaba cada rincón de la pequeña cafetería del centro de Seúl donde trabajaba. Tenía ojos que brillaban con una luz cálida, un alma paciente y manos que parecían hechas para servir tazas y sostener esperanzas. No soñaba con lujos ni grandes conquistas: su mundo era el sonido de la máquina de espresso, las risas fugaces de los clientes, el murmullo suave de la música que llenaba los huecos del silencio.

Fue ahí, entre el tintinear de cucharas y el calor del pan recién tostado, donde lo vio por primera vez.

Jungkook entraba cada mañana cubierto de polvo y cemento. Albañil de obra, con botas pesadas y manos curtidas por el trabajo, pero con un brillo tímido en la mirada que contrastaba con la rudeza de su cuerpo. Había algo en él que llamaba, una dulzura escondida detrás de los hombros anchos y la ropa gastada.

Siempre pedía lo mismo: pan tostado con mermelada y un café con leche que bebía despacio, como si quisiera que durara más que su descanso. Se sentaba en la mesa de la esquina, solo, con la mirada fija en el vapor que salía de su taza, aunque de vez en cuando sus ojos buscaban a Jimin, y esa intensidad bastaba para que el barista bajara la vista con las mejillas encendidas.

Una mañana, Jungkook reunió el valor que llevaba semanas guardando.

—¿Puedo invitarte algo algún día? —preguntó, con las palabras atorándose en la garganta.

Jimin alzó la cabeza, sorprendido. Luego sonrió, tímido, con un rubor que parecía encenderle el alma.

—Si es café… acepto.

Ese gesto, tan simple, abrió un camino nuevo. Desde aquel día, comenzaron a encontrarse fuera del trabajo: caminatas a la orilla del río Han al anochecer, charlas interminables sentados en bancos de parque, películas viejas en un departamento diminuto con ramen barato y risas que llenaban cualquier vacío. Ninguno tenía mucho dinero, pero se tenían el uno al otro. Y eso, en aquel tiempo, era suficiente.

Una noche, bajo un cielo punteado de estrellas, Jungkook le confesó su secreto más frágil:

—Quiero estudiar Administración… algún día crear mi propia empresa… pero no sé si pueda. No tengo nada, Jimin.

Jimin no dudó. Le tomó la mano con ternura, como si pudiera pasarle fuerza con un solo gesto.

—Sí puedes. Y si tú quieres… yo te ayudo. Vamos a hacerlo juntos.

Fue entonces cuando todo cambió.

Jungkook dejó la construcción y apostó por los estudios. Jimin, silencioso y firme, tomó un segundo turno limpiando oficinas de madrugada. Cada billete que lograban ahorrar era guardado con cuidado, como si fuera un pequeño tesoro. Había días en los que la única comida era arroz con huevo, y aun así la casa pequeña donde vivían estaba llena de calor, de amor, de sueños que parecían más grandes que ellos mismos.

Jungkook pronto se convirtió en el mejor de su clase. Se graduó con honores, con lágrimas resbalando por su rostro mientras sostenía un ramo de flores marchitas que Jimin había comprado con el último dinero que le quedaba. Después vino su primer empleo en una empresa importante, donde destacó con rapidez. Mientras tanto, Jimin seguía trabajando sin descanso, sosteniendo el hogar con paciencia, creyendo ciegamente en el hombre que amaba.

Años más tarde, Jungkook fundó su propia empresa de cosméticos naturales. El antiguo jefe que creyó en él se convirtió en su primer inversor, y su nombre comenzó a resonar en reuniones y artículos de negocios. El crecimiento fue vertiginoso: los contratos se multiplicaron, las ventas alcanzaron cifras impensables, y Jungkook se volvió una referencia, un ejemplo, un hombre al que muchos querían imitar.

Pero en el corazón de ambos seguía viva la memoria de sus inicios.

Su boda fue sencilla, adornada con flores modestas y promesas que parecían grabarse en el aire. Rieron, lloraron, bailaron hasta el amanecer, agradecidos por haber llegado tan lejos juntos. Hubo noches en las que Jimin cocinaba ramen con huevo para recibirlo después de un día agotador, y mañanas en las que Jungkook dejaba pequeñas notas en el refrigerador: “Eres mi milagro, Jiminie”, “Gracias por no soltar mi mano”.

Se amaban. Con una intensidad que a veces dolía.

Pero el tiempo, astuto y silencioso, empezó a abrir grietas invisibles. El éxito, con su brillo seductor, comenzó a reclamar cada vez más espacio. Las cenas largas fueron sustituidas por llamadas apresuradas; los bailes en pijama se convirtieron en correos de madrugada. Sin que nadie pudiera señalar el momento exacto, algo empezó a cambiar.

Y así, sin darse cuenta, la historia que había nacido entre tazas de café y manos entrelazadas empezó a caminar hacia un lugar más oscuro, donde el amor tendría que luchar contra todo lo que antes los había mantenido a salvo.

Nunca Fue El Lujo, Eras Tú Mga kuwentong kahuhumalingan mo. Tumuklas ngayon