𝙖𝙘𝙩 𝙄

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𝄥𝄞─────𝙥𝙧𝙤𝙡𝙤𝙜𝙤́───── ★•.

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Las pisadas entre el bosque se hacían cada vez más intensas, los sonidos de aquel abandonado y lúgubre pueblo se acercaba rápidamente, obligando a los maratonistas del peligro a acelerar. Muchos de ellos con casi dieciocho años, algunas adicciones y registros en la comisaría de la ciudad guiaban a una jovencita de apenas doce años a un pueblo abandonado por Dios, un lugar tan extraño como tenebroso, alegando que es el lugar perfecto para su ritual de iniciación en la pandilla de los "Camadas Eme" y así formar parte de los disturbios de grado menor de la ciudad en la que vivían.

—¿Están seguros que este lugar es... seguro? —pregunto tímidamente la jovencita con mirada nerviosa.

—No seas una gallina, estás aquí para crecer y dejar de ser la niñera de tu familia— respondió el líder del grupo señalando un lugar abandonado con ventanas quemadas y puertas rotas.

Cuando estuvieron en aquel lugar con algunas camas, una mesa y un par de sillas, todo en muy mal estado, los chicos comenzaron a encender velas y trajeron unas cubetas con lo que parecía ser agua de alcantarilla, uno de ellos traía una navaja en las manos y la otra un pañuelo blanco con algunas manchitas de sangre.

—¿Qué-? —la niña apenas pudo decir algo antes de que le taparan los ojos.

Los chicos a su alrededor soltaban risitas y comenzaban a pincharla con la punta de la navaja en las piernas apenas y lográndole hacer daño. Cuando el balde de agua sucia impacto en su espalda, un coro de risas comenzó a escucharse obligando a la niña a quitarse la venda y ver al resto grabar y reírse.

—Esto está mal, me lastimaron— se quejó dejando salir lágrimas de desesperación.

—Y solo es el comienzo— dijo la rubia con un mal corte y le hizo señas al mayor que tenía un pasamontaña —. Trae los cigarros.

Estos jóvenes comenzaron a encender los cigarrillos y en un descuido la niña salió corriendo, esquivando los intentos de los más altos para volver a tomarla. Corrió. Y corrió tan rápido que los perdió en medio del bosque donde, una vez que anocheció, se puso a llorar.

Lloró casi toda la noche, hasta ceder al cansancio. Cuando el sol comenzaba a salir en el horizonte, una vieja pareja de indígenas se fijó en la niña que dormía contra el viejo tronco y, con un toque no muy sutil de un bastón, la despertaron. De la impresión trastabillo de su lugar y terminó de bruces en el suelo, sacándose el hombro del sitio.

—Te dolerá— aviso el anciano, tirando de su brazo y llevando el hombro a su lugar.

La niña solo pudo llorar en el pecho de la mujer que la consolaba. La niña estaba llena de tierra, lo que parecía ser barro y hojas secas. 

—Pobrecita— consoló la mayor mirando preocupada a su esposo —. No pareces ser de por aquí, ¿de dónde vienes, pequeña?

—De Winnipeg— lloro la menor —. Me escapé de casa después de pelear con mi papá y seguí un grupo de tontos que conocí hace unos meses, pero se burlaron de mí y me ensuciaron. Quiero ir con mi papá.

Ante los ojos ambarinos enormes que lloraban sin parar, aquella pareja cedió ante el dolor y la confusión que transmitía la pequeña niña.

𝗘𝗹 𝗢𝗰𝘁𝗮𝘃𝗼 𝗣𝗮𝘁𝗿𝗼́𝗻 │𝗟𝘂𝗸𝗮 𝗖𝗼𝘂𝗳𝗳𝗮𝗶𝗻𝗲قصص لتهوسّ بها. اكتشف الآن