Ulises un joven confiado y despreocupado debe enfrentar la trágica muerte de su hermano Erick, causada por sus propias decisiones. En su búsqueda de venganza, descubre un poder misterioso que podría salvarlo... pero también lo convierte en el objeti...
La ciudad, sumida en una llovizna persistente, teñía el cielo de un gris opaco. Las nubes amortiguaban cualquier atisbo de luz natural, los neones temblorosos de los rascacielos iluminaban fragmentos de oscuridad.
En medio del paisaje urbano, un edificio viejo se alzaba como un vestigio del pasado, corroído por el tiempo.
Dentro, un pasillo se extendía en la penumbra, apenas iluminado por un bombillo que parpadeaba sin ritmo. Los pasos de un hombre resonaban en la oscuridad. Vestía un traje formal y un abrigo negro largo. Su rostro permanecía oculto entre las sombras.
Abrió una puerta al final del corredor y entró en una sala de vigilancia. A pesar de lo antiguo del edificio, el lugar contaba con tecnología de punta: pantallas, servidores y teclados retroiluminados. Se sentó frente a los monitores; la única luz provenía de las computadoras.
Introdujo una clave para posteriormente acceder a un sistema de archivos encriptados. Entró en una carpeta rotulada como **"RECIENTES - INCIDENTES"**.
Revisaba varias grabaciones. En todas se repetía el caos: calles incendiadas, vehículos en llamas, civiles huyendo, hombres armados cayendo como moscas.
El hombre frunció el ceño. Reprodujo un video en cámara lenta. Algo -o alguien- estaba causando estragos con una precisión aterradora. Lo ralentizó aún más, hasta que una silueta borrosa se volvió visible por un instante.
Pausó la reproducción. Reconfiguraba la imagen, aplicó filtros y aumentó la nitidez cuadro por cuadro. Finalmente, la vio.
Un individuo vestido con una chaqueta blanca con detalles negros, pantalones azul oscuro y, en las manos, dos machetes tácticos. Su rostro estaba oculto tras una máscara de calavera. Llevaba lentes oscuros.
El hombre se acercó a la pantalla, observando cómo aquella figura se desplazaba con una agilidad inhumana. Entre un parpadeo y otro, ya estaba en otro punto. Los atacantes no alcanzaban a comprender de dónde provenían los ataques. Los cortes eran quirúrgicos, certeros y, en otros casos, brutales, como si desatara una furia contenida.
Detuvo el video justo cuando la figura quedaba totalmente expuesta. Capturó la imagen y la envió por correo. El destinatario: solo dos letras -**AM**.
Segundos después, su teléfono sonaba. Era **AM**.
-Veo que recibiste la imagen -dijo el hombre.
Del otro lado, la voz de **AM** respondió, entre sonidos de objetos moviéndose en el fondo:
-Sí, ya la he examinado. Es... fascinante, señor. Un espécimen extraordinario. Al fin ha tomado la decisión correcta, ¿eh? Jejeje...
-Ya es momento de activar el plan -respondió el hombre, con un tono frío, casi mecánico.
-¡Claro! Lo haremos de inmediato -respondió **AM** con un entusiasmo siniestro-. Hoy comienza todo.
-Hazlo ahora. No quiero más retrasos.
-Por supuesto, por supuesto. Hoy comienza el futuro -soltó **AM**, seguido de una risa psicopática, antes de colgar.
El hombre permaneció en silencio. Miró de nuevo la imagen en la pantalla: el enmascarado, de pie entre cuerpos, sin una sola herida, cubierto por las sombras y el fuego.
Encendió un cigarrillo. La brasa roja iluminó por fin su rostro: pómulos afilados, ojos gélidos, mirada determinada.
Tomó el cigarro, lo dejó en un cenicero y habló con voz baja, casi reverente:
-Prepárate. Serás el catalizador de una nueva era. El Oblivion en tu interior nos llevará al siguiente nivel evolutivo.
Una leve sonrisa maliciosa curvó sus labios.
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