Kate no es lo que parece y un culto alrededor de ella se va a extender por las últimas ciudades habitadas en la tierra. Seres sobrenaturales
Historia de ficción post apocalíptica con profundas reflexiones espirituales y referencias históricas a la...
Desde las profundidades del tiempo, la profecía de los trece heraldos ha resonado en los corazones de los sabios, susurrada en los ecos de la historia y velada en el misticismo del Apocalipsis. Esta es la profecía que muchos recitan, expertos analizan y los no creyentes ignoran.
¿Cual es la verdad detras de los 13 ángeles que deberían cuidar la humanidad para que no sucumbiera en la deseperación, el terror, la sobervia y la envidia?
En capillas, en los libros de los niños y hasta en tarjetas de supermercado estas son las palabras que todos conocen y a la vez parecen no recordar:
"Cuando el velo del Edén se desgarre por la soberbia del hombre, Trece serán los faros que guiarán la senda errante. Desde el Génesis, sus alas se desplegarán en el telar del tiempo, Cada centuria, un heraldo, voz silente en el estruendo.
Siete sellos se romperán al paso de su huella etérea, Y las trompetas celestes sonarán en cada era. El primero, un suspiro en la cuna de la civilización, El último, un trueno en la hora de la gran tribulación.
Mas cuando la bestia de mil ojos oculte la verdad, Y la humanidad, ciega, abrace la falsedad, El duodécimo, con espada de luz, el caos contendrá. Y el decimotercer, el postrero, entre sombras andará.
Su llegada, un rumor, un eco en la ceguera mundana, La fe negada, la esperanza en arenas lejanas. Mas su palabra, fuego; su mirada, un espejo. Despertará al durmiente, desvelará el secreto añejo.
Porque en el tiempo final, entre el lamento y la gloria, El último ángel alzará la voz en nuestra historia. No le verán los ojos que no quieran ver la luz, Pero su presencia marcará el fin de una cruz."
La penumbra Bogotana se filtraba terca entre las cortinas descorridas del estudio, tiñendo de un gris plomizo los anaqueles repletos de volúmenes y los dispersos papeles sobre el escritorio del detective que había construido toda una identidad estereotipada alrededor de la imagen de un León haciendo galardon de su Nombre, Leo. Afuera, el persistente y concurrido aguacero que caracterizaba la región, parecía susurrar secretos a la ciudad, un preludio sombrío a la insólita consulta que acababa de recibir. El erá, cuando vivía, hombre corpulento, con el rostro congestionado y la mirada huidiza, una personalidad que intrincaba la ideda de ser alguien quien sabía, pero al final torpe e ingenuo. Ante él se había presentado con una historia tan descabellada que, de no ser por el palpable terror que emanaba de él, la habría descartado de inmediato. Hablaba de símbolos arcaicos apareciendo inexplicablemente, de susurros en la noche que nadie más parecía oír, y de una creciente sensación de que el mundo, tal como lo conocían, estaba a punto de fracturarse.
"Es como si...", había balbuceado, con la voz apenas un hilo, "...como si las leyes que rigen nuestra realidad se estuvieran desmoronando". Aunque su intelecto no era el requerido para el cargo, suafilado escepticismo bien cimentado, le estaba alertando, él había escuchado atentamente, analizando cada gesto, cada vacilación. No creía en ángeles ni en profecías milenarias, pero en sus años como investigadora había aprendido que la verdad, a menudo, se ocultaba bajo las capas más inverosímiles de la realidad y ahora tenía un cadaver que ir a visitar, la prensa querría avalanzarce sobre él. Aquel hombre, presa de un miedo genuino, era la primera pieza de un rompecabezas cuya imagen final aún permanecía peligrosamente velada. La lluvia continuaba su letanía melancólica, y en el estudio, la detective Duarte encendió su pipa, a la espera de seguir instrucciones, la pequeña llama danzante iluminando una expresión de fría determinación en su rostro. Algo extraordinario, y quizás siniestro, había comenzado.
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