La lluvia tamborileaba suavemente contra los ventanales. El mundo allá afuera era gris, pero dentro de casa, todo era color mantequilla y tibieza. Billy Butcher, con una camiseta desteñida y expresión de absoluto desconcierto, tenía a Ryan en brazos: un bebé gordito, de mejillas colosales, apenas un mechoncito de pelo rubio en la coronilla y una sonrisa babosa que podría desarmar a cualquier ejército.
—Te juro que si haces caca otra vez en diez minutos, vamos a tener que reprogramarte —murmuró Butcher, caminando de un lado al otro con el bebé colgado sobre su hombro.
Ryan soltó un ruidito que estaba entre un estornudo y una risa. Luego un leve trago de aire, y después: una carcajada redonda, contagiosa, que sacudió esos bracitos rollizos.
Homelander, apoyado en el marco de la puerta con una taza de leche tibia, sonrió con ese tipo de ternura que en él era casi incómoda de ver: suave, genuina, sin armadura.
—¿Te estás quejando, amor? Porque así te ves ridículamente bien.
Butcher resopló.
—Estoy empapado en vómito de plátano y mocos. Si eso es tu idea de sexy, necesito revaluar mi contrato matrimonial.
Ryan le respondió con un eructito suave y un chillido feliz.
Homelander se acercó, acariciando la cabecita apenas pelusa de su hijo. Se agachó junto a Butcher, que ahora intentaba cambiar el pañal con la torpeza de un general desactivando una bomba.
—Déjame ayudarte, Billy the Dad.
—No te acerques con esa maldita sonrisa tuya o te vas a llevar un pañal volador.
Pero Ryan volvió a reír, y el sonido hizo que ambos padres se detuvieran. Por un instante, no eran Homelander y Butcher. No eran armas vivientes. Solo... dos tipos torpes, enamorados, cuidando a una bolita de ternura con piernas.
El bebé palmeó el rostro de su papá con una mano chiquita, llena de papilla, y Butcher... no se limpió. Solo lo besó en la frente y murmuró:
—Va, venga. Me rendiste. Ganaste la guerra, chiquitín.
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The boys / Homelander y Billy Butcher ( Ryan )
RandomBilly Butcher jamás pensó que la palabra "hogar" pudiera salir de su boca sin escupirla después. Pero ahí está: cambiando pañales, calentando biberones, y consolando a un bebé rollizo con carcajadas contagiosas... que resulta ser su hijo.
