-Máx, escúchame -dijo su madre, con las manos firmes en el volante y los labios apretados-. Por favor, no la cagues.
Máx giró apenas la cabeza y miró por la ventana. El cielo estaba nublado. No bonito-nublado, no poético. Era ese gris sucio que parecía burlarse de él.
-¿Me estás escuchando? -repitió su madre.
-Sí -respondió él, sin ganas.
-No vayas a llegar allá actuando como si todo te diera igual. No estás en la secundaria, Máx. Esto es en serio. Te toca ser adulto, ¿okay?
Desde el asiento de atrás, su hermano menor -que venía comiéndose un snack de cebolla como si fuera una competencia- murmuró:
-Déjalo vivir, mamá. Tal vez esta sea su oportunidad de tener algo de vida social. O al menos de besar a alguien antes de morir.
-Cállate, Liam -gruñó ella, sin girarse.
Máx soltó una sonrisa pequeña. Solo una.
Habían estado en la carretera casi cuatro horas, sin parar. Su mamá manejaba como si escapara de algo, o de todo. Cada cierto tiempo murmuraba cosas como "estos malditos conductores" o "por qué no pusieron otra salida aquí" o "si te expulsan, no vuelves a mi casa". Básicamente: una mezcla entre amenazas y cariño.
Cuando por fin doblaron la última curva, la universidad apareció como si alguien hubiera quitado una cortina del paisaje. Enorme, brillante, intimidante.
Rosehill University.
O como decía la pancarta inflable sobre la entrada principal:
"Bienvenidos al futuro."
Ajá. El futuro, donde dormirás cuatro horas, vivirás con extraños y posiblemente llores en un baño público sin saber por qué.
-Mira qué bonito -dijo su madre, bajando la velocidad-. Parece una postal.
Máx no dijo nada. Tenía el estómago apretado desde hacía dos días. Verlo en persona no ayudaba.
Los edificios eran altos, con arquitectura moderna y demasiado vidrio. Todo olía a nuevo, aunque probablemente era solo el desinfectante barato que usaban para impresionar en los tours.
El campus estaba lleno de gente: padres cargando cajas, estudiantes con cara de no saber a dónde ir, voluntarios con camisetas naranjas saludando a todo el mundo como si les pagaran por sonrisa (spoiler: sí lo hacían).
Llegaron a un pequeño edificio donde entregaban las llaves de los dormitorios. Había una fila, y al llegar, una chica con gafas y una tablet preguntó sin levantar mucho la voz:
-Nombre completo.
-Máx Andrade.
Tecleó.
-Dormitorio 46. Segundo piso, ala oeste. ¿Primera vez en Rosehill?
-Sí.
Le entregó una llave con un llavero azul y una bolsita con papeles inútiles, un mapa mal doblado y un sticker que decía "Hello, I'm new!".
-¿46? -dijo su madre, mirando el número con sospecha.
Máx no la dejó seguir. Agarró la llave, su mochila y soltó un seco:
-Gracias. Ya vengo.
Ella suspiró.
-Al menos llama cuando llegues. Y no te encierres, ¿sí? Intenta... hablarle a la gente. Hacer amigos. No todos quieren hacerte daño.
Liam le lanzó una bolsita de chicles.
-Por si besas a alguien en los primeros cinco minutos. Nunca se sabe.
Máx negó con la cabeza y se alejó. No quería una despedida larga ni un abrazo emocional. Le hacía ruido en el pecho.
El campus era más confuso de lo que parecía. Había edificios idénticos con letras minúsculas, senderos que se dividían sin sentido y señales que claramente no estaban pensadas para humanos.
Pasó dos veces frente al mismo grupo de chicas con maletas rosadas, tres veces por la misma fuente con la estatua rara de un búho, y estaba empezando a perder la paciencia cuando escuchó una voz a su izquierda.
-¿Estás perdido o solo estás haciendo cardio emocional?
Máx se volteó. Una chica, de cabello corto con un mechón azul y auriculares enormes, lo miraba mientras sostenía una bebida energética.
-Estoy buscando el Dormitorio 46 -respondió él, sin rodeos.
-Oh, mierda. Tú eres ese Máx.
-¿Qué?
-El único Máx en el 46. Rosehill es un pueblo chico, cariño. Las noticias vuelan. ¿No sabías que ese dormitorio es... especial?
-¿Especial cómo?
Ella se encogió de hombros, como si decidiera no arruinarle la sorpresa.
-Soy Alex, por cierto. Y sí, soy trans. Lo digo de una para que no metas la pata después. ¿Quieres que te lleve?
Máx dudó un segundo, pero algo en su forma de hablar le cayó bien.
-Vale.
Y caminaron.
Pasaron frente a más estudiantes, frente a una pareja discutiendo, frente a una chica que lloraba por teléfono diciendo "te juro que no me acosté con él". El campus era un universo paralelo.
-¿Estás nervioso? -preguntó Alex.
-¿Eso es obvio?
-Muchísimo. Pareces un gato en una piscina.
-Genial.
-Tranquilo, el 46 no muerde... aunque alguno de los chicos puede que sí.
-¿Qué?
Alex sonrió sin mirarlo.
-Nada. Lo verás pronto.
Máx solo apretó la llave en su mano.
No tenía idea de lo que venía.
Pero ya estaba caminando hacia eso.
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El Dormitorio 46
Romance¿Que harías si te encontraras en un cuarto con seis jugadores de fútbol americano, todos ellos con cuerpos esculpidos y miradas irresistibles, parecidos a dioses griegos? Máx solo anhelaba comenzar su primer año universitario sin destacarse. Pero un...
