Prólogo

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“Mi amargo deseo”

Nadie avisa cuando el infierno empieza.
Solo sabes que ya estás dentro cuando es tarde para huir.

La noche en que mi hermana murió, yo llevaba las manos manchadas de música. Las teclas del piano aún conservaban el calor de mis dedos y en mi mente sonaba la última nota, suspendida como un suspiro. Había salido solo un momento. Una copa de vino, un poco de aire. Nada más.

Pero bastó un segundo para que todo cambiara.
El disparo.
El grito.
La sangre que tiñó su vestido blanco como una burla cruel.

Desde entonces, nada volvió a tener sentido.
Ni los acordes. Ni el amor. Ni yo.

Meses después, lo vi por primera vez.
Él.
El hombre que no sonríe, el que camina con la sombra como si le perteneciera.
Elías Dante.

Había algo en su mirada. No era miedo. No era pena. Era silencio.
Un silencio que me hablaba. Que me arrastraba.
Que quemaba.

Yo buscaba justicia.
Pero encontré deseo.
Un deseo que arde, que duele, que se vuelve veneno.

Y aunque todo dentro de mí gritaba que lo odiara…
Mi alma ya había elegido.
Y a veces —solo a veces—
lo que más amas
es también lo que más puede destruirte.

Esta es la historia de cómo el amor me convirtió en rehén.
Y de cómo el deseo, ese amargo deseo,
me enseñó a sangrar con los ojos abiertos.

—A. N.

Mi amargo deseo Where stories live. Discover now