Capítulo 1.Tengo novio.

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Ciudad de Jiang; finales de otoño; cinco y media de la tarde.

En algún momento del día, el sol fue cubierto por gruesas nubes, luchando por atravesarlas con sus poderosos rayos.

Zheng Shuyi llevaba mucho tiempo con la cabeza apoyada sobre la mesa, mientras un sudor frío le cubría la frente.

Un tono de llamada agudo, que sonaba extraordinariamente fuera de lugar en la sala llena de rítmicos tecleos, la devolvió bruscamente a la realidad.

—¿Hola? ¿Es usted la reportera Zheng Shuyi de Finance Weekly?

Zheng Shuyi, aún con la cabeza sobre la mesa, respondió al teléfono:

—Sí, soy yo. ¿Y usted es...?

—Soy Chen Sheng, asistente de oficina del CEO en el Banco Mingyu. Hace un mes usted programó una entrevista con el señor Shi Yan, y la cita es para mañana. ¿Lo recuerda?

Zheng Shuyi se enderezó de inmediato y se incorporó con la espalda recta.

Por supuesto que lo recordaba.

El nombre de Shi Yan había rondado sus oídos incontables veces en las últimas semanas.

Al principio, su fama se debía a que era una figura emergente en la industria financiera, hijo del renombrado economista Shi Wenguang, propietario del conglomerado Mingyu.

Tras estudiar en Europa, Shi Yan regresó y asumió el control del Banco Mingyu, un banco comercial privado.

Para muchos líderes del sector, aquella decisión no fue acertada: el banco ya se encontraba en una situación crítica. Algunos economistas incluso comentaron que Shi Wenguang estaba utilizando esa subsidiaria casi en ruinas como campo de pruebas para que su hijo jugara a ser banquero.

Sin embargo, al asumir el puesto de CEO, Shi Yan solucionó rápidamente los problemas del banco relacionados con la dependencia excesiva de los depósitos y los préstamos de alto riesgo. Atacó directamente los mecanismos de gestión de riesgo, reformó los principios fundamentales de la institución y logró pasar de estar al borde de la quiebra a generar beneficios.

Con tan solo 27 años, Shi Yan se convirtió en el centro de atención de toda la industria financiera. Recibió elogios de numerosas personalidades influyentes, y la línea directa del Banco Mingyu se vio desbordada de solicitudes de entrevistas.

A pesar de su creciente fama, había muy pocas entrevistas valiosas con él. Incluso los medios de comunicación más importantes apenas lograban obtener unas cuantas frases, suficientes para aparecer en los titulares.

Esa oportunidad de entrevista era un caso excepcional que el editor en jefe consiguió tras muchos esfuerzos y favores.

Cuando se la asignaron a Zheng Shuyi, toda la redacción la miró con envidia.

El solo hecho de tener a Shi Yan en un reportaje ya garantizaba una enorme atención mediática, ni hablar de quienes lograran entrevistarlo en persona.

Pero ahora, esa llamada telefónica hizo que el corazón de Zheng Shuyi se acelerara.

Preguntó con cautela:

—¿Ha habido algún cambio?

—Verá —dijo Chen Sheng—, la entrevista estaba programada para mañana a las nueve de la mañana, pero el señor Shi tiene asuntos personales que atender, así que no podrá recibirla.

—Entonces... ¿quizá otro día?

—Lo siento, pero tiene la agenda ocupada durante los próximos días —interrumpió Chen Sheng—. ¿Sería posible retrasar la entrevista una semana?

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