Dulce presa

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El olor a incienso no lograba enmascarar el de la sangre seca que aún empapaba el aire de la caravana. El sol comenzaba a hundirse en el horizonte cuando las puertas del Palacio Imperial de Hwang se abrieron para recibir el botín de guerra. Entre sedas, cofres de oro y prisioneros encadenados, llegaba él. Felix.

Cabello rubio sucio de tierra, labios agrietados, las muñecas marcadas por los grilletes. Tenía el cuerpo de una joya rara y la mirada de un lobo herido. Callaba, pero no se rendía. Ni por dentro ni por fuera.

Los soldados murmuraban a su paso. No por compasión. Sino por el escándalo que representaba. Un doncel. Hermoso como una pintura divina. Capturado como esclavo y enviado directamente al harén del sultán.  

"¿No es él uno de los que deberían cuidar a las concubinas?"

"Qué desperdicio... o tal vez, qué tentación." 

Pero Felix no escuchaba. O no quería hacerlo. Tenía los ojos fijos en las murallas del palacio, como si pudiera ver más allá de ellas, hacia su hogar lejano, hacia la libertad perdida. Cada paso que daba entre columnas de mármol y jardines exuberantes era una humillación más.

"No soy una posesión."
"No voy a quedarme aquí."

Pensaba eso mientras un grupo de donceles sirvientes lo conducía hasta el pabellón del harén, donde decenas de mujeres y algunos jóvenes lo miraban con una mezcla de curiosidad, burla y recelo. Y entonces apareció ella. La Valide Sultan.

Jihyo. Vestía en tonos oscuros, su andar era firme, su voz tan dulce como un veneno. — Este es el nuevo doncel. ¿Es cierto lo que dicen? —preguntó, caminando a su alrededor con ojos afilados—. ¿Que desafió a sus captores? ¿Que mordió al general que lo trajo?

Felix no respondió. Mantuvo la cabeza en alto, con una mirada desafiante, odio podría ser. Hubo un silencio brutal. Una de las concubinas soltó un suspiro. Un sirviente se llevó una mano al pecho. Jihyo no parpadeó.

— Llevenlo al cuarto de castigo. Desnúdenlo. Que se arrodille ante las reglas de este palacio. Y después... que se vista como corresponde a su nueva posición.

— ¡NO! —gritó Felix de golpe—. ¡No soy uno de ellos! ¡No pertenezco a esto! ¡Soy un doncel, no una puta del sultán!

Los soldados se lanzaron hacia él. Lo redujeron al suelo de mármol. Pero seguía gritando, maldiciendo, incluso cuando lo golpeaban con palos delgados.

Jihyo se giró con calma. — ¿No quieres pertenecer al harén? —susurró con una sonrisa que no tocó sus ojos—. Qué lástima... tu belleza ya pertenece al imperio. Y se marchó.

El mármol estaba frío. Como cada castigo. Felix temblaba, no del dolor de los latigazos —ya se había acostumbrado a contar hasta diez sin llorar—, sino de la humillación de estar otra vez ahí: desnudo de orgullo, cubierto de vendas, el cuerpo marcado como un mapa de su rebeldía inútil.

Esta vez, había insultado a una de las favoritas de la Sultana Madre. Solo porque intentó darle órdenes. Y claro, la orden fue clara: "Azótenlo. Siléncienlo."

Y luego, como siempre, lo llevaban con Jisung, el doncel encargado de curar a los desobedientes. Pero Jisung no hablaba mucho. Limpiaba, vendaba, y se iba. Solo que esta vez fue distinto.

El agua curativa atravesó la piel de Felix con rapidez. sellaba un corte profundo en su hombro. para no dejar marca Jisung ni siquiera lo miraba, pero su voz cortó el aire como un cuchillo. — Eres un idiota. 

El Favorito del SultánHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora