Un amor condenado

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Suguru estaba sentado frente a Satoru, exhausto más allá de lo físico. Su cuerpo, desgarrado y ensangrentado tras la brutal batalla contra Okkotsu y Rika, era apenas una sombra de lo que alguna vez fue. El sudor, la sangre y la suciedad cubrían su piel como una segunda capa de sufrimiento. No era una imagen que Satoru pudiera aceptar. No era la imagen de su Suguru.
Y tampoco era una imagen a la que estuviera dispuesto a acostumbrarse.

Verlo así... Le destrozaba el alma. Era como mirar la caída de una estrella con las manos atadas, incapaz de evitar que se apagara. Lo que más dolía no era su estado físico, sino el peso del hubiera que lo consumía. Si tan solo Suguru hubiera seguido oculto, si tan solo hubiera bajado el perfil... si tan solo hubiese elegido otra vida.


-"Satoru... Así que estás aquí... Qué cruel es haber enviado a esos dos estudiantes a defender a Okkotsu."-

Suguru sonrió débilmente, sujetando su hombro sangriento, un débil suspiro de dolor se escuchó salir de sus labios, siendo el único sonido en esa atmósfera deprimente, su cabeza recostada en el frío concreto de la pared, sus ojos cerrados, comenzando a verse cansado.

-"Suguru... Confíe en ti, sabía que no los matarías, que todavía había humanidad dentro de tu corazón."-


Satoru se acercó un poco, sentándose de cuclillas junto al otro sujeto, sus ojos azules y profundos mirándolo fijamente, una mirada llena de dolor, tristeza y nostalgia. Suguru soltó una risa débil, volteando a ver de reojo a Satoru, sus ojos morados perdiendo su brillo poco a poco, su piel poniéndose más pálida de lo que ya era, comenzando a caer poco a poco los copos de nieve.

-"Así que todavía confías en mí..."-

Satoru no pudo evitar sentirse más deprimido en esta situación, sabiendo cuál era el final de esta charla.

-"¿Por qué..?"-


Fue lo único que alcanzó a decir Satoru, su garganta haciéndose un nudo, sus ojos poniéndose ligeramente llorosos, permitiendo mostrar su vulnerabilidad a la persona que ama.

-"Se volvió difícil para mí sonreír de corazón en un mundo como este... Escogí este camino, el fin de los monos, este mundo, porque vivir en uno sin ti... Era como perderlo todo y aún así, lo perdí."-

Satoru sabía que siempre fue así.
Suguru nunca sería alguien que aceptara la mediocridad de este mundo. Nunca se quedaría de brazos cruzados ante un sistema que despreciaba. Siempre quiso más. Más justicia. Más poder. Más libertad. Siempre fue una llama indomable, hermosa y peligrosa.
Y él... Él lo amó por eso.

Ahora, lo veía frente a sí, desmoronándose lentamente, como un templo antiguo que aún en ruinas conservaba su majestuosidad. Y en medio de esa imagen rota, solo podía pensar una cosa:

Si tan sólo las cosas hubieran sido diferentes

Satoru se quedó en silencio, las lágrimas comenzando a rodar por sus mejillas, apretando las manos en puños, mordiendo su labio inferior, sintiéndose tan impotente en este estado aún siendo el más fuerte del mundo, de nada servía ese título si no podía ser feliz, si no podía estar junto a la persona que ama, si no podía si quiera protegerlo de los demás... ¿Qué caso tenía ser el más fuerte si no podía hacer nada?

-"__"- Murmuró Satoru, sus ojos desnudando su propia alma, mostrándole a Suguru que lo que decía era verdad, que nunca le mentiría sobre ello... Que era lo que sentía.

-"Al menos deberías maldecirme una última vez... Yo... También te amo, Sato-."-

Esas palabras fueron abruptamente cortadas, una lágrima rodando por la mejilla de Suguru, de repente todo se volvió negro para el pelinegro. El cuerpo sin vida yaciendo sobre el frío piso de aquel solitario y apagado pasillo, su calor escapándose de las manos de Satoru, él, Satoru Gojo, el asesino del amor de su vida. Satoru se sentía terrible, se arrepintió al instante, tratando de utilizar su técnica de maldición inversa, pero no lo logró, comenzando a desesperarse.

-"¡Suguru... Por favor, no me abandones! ¡No otra vez, no así! ¡No sé cómo vivir sin ti! ¡Eres mi todo, mi razón de existir! ¿Recuerdas nuestra promesa? ¿De estar juntos, sin importar qué? ¡Sin ti, el mundo se derrumba a mi alrededor! ¡Tú eres mi mundo! ¡Te amo con cada pedazo de mi alma! ¡No cierres esos ojos, no me dejes en esta oscuridad! ¡Por favor, resiste! ¡Lucha por nosotros! ¡Mírame, por favor! No puedo soportar perderte, no puedo vivir sin tu luz... Sin ti, no queda nada para mí. Te necesito, te necesito más allá de las palabras, más allá del tiempo... Más allá del infinito.... Por favor, quédate. No me dejes solo, no ahora. Te amo... te amo tanto que duele."-

La voz de Satoru era desesperada, miserable, vulnerable, su corazón dolía, sus manos estaban llenas de sangre, todos sus lamentos eran en vano, el cuerpo de su amado ya estaba frío, su piel era pálida, sus labios perdiendo el color, sus ojos morados estaban cerrados, la lágrima que había caído antes ya se había secado, había terminado en la mano de Satoru.Él sujetó el cuerpo sin vida contra su pecho, llorando y lamentándose, abrazándolo y aferrándose a él, no queriendo soltarlo, no queriendo dejarlo ir, si tan sólo no lo hubiera dejado ir hace diez años, si lo hubiera convencido de nunca irse, pero el hubiera no existe...Ahora estaba él ahí, sujetando el cuerpo sin vida de aquel que amó demasiado.

-"¡Suguru...! ¡No, no me dejes... no me arranques el alma otra vez! ¡Sin ti todo se apaga... el mundo pierde su color, el aire se vuelve pesado, el tiempo deja de moverse! ¡Eras mi sol en esta tierra maldita, la única luz que quedaba entre tanta oscuridad! ¡Te necesito... te necesito como el cielo necesita estrellas, como el invierno necesita calor...! ¿Recuerdas nuestra promesa? Dijiste que nunca me dejarías solo en este infierno... ¡Y aún así te estás yendo, te estás desvaneciendo entre mis brazos como arena entre los dedos...!"-

Soltó un jadeo, gritos de desesperación, apretando el cuerpo muerto que yacía en sus brazos, acariciándole las mejillas, sus lágrimas comenzando a golpear la fría piel porcelánica. 

-"¡Te amo! ¡Te amo más allá de esta maldita vida, más allá de cualquier destino cruel que nos haya tocado! ¡Quédate! ¡Quédate conmigo! ¡No cierres esos ojos, no apagues la última llama que me queda! ¡Resiste, por favor! ¡No me obligues a vivir en un mundo sin ti, donde cada día será una tumba abierta!"-

-"Eres mi único hogar, mi único refugio... Te amo, te amo tanto que me duele el pecho, que se me parte el alma al intentar soportar mi amor por ti..."- Murmuró al oído de Suguru, besando por última vez sus labios fríos que alguna vez fueron cálidos y reconfortantes.

Toda la mente de Satoru se tornó un torbellino de vacío, un espiral oscuro que lo devoraba lentamente desde adentro. Su rostro estaba cubierto de lágrimas, ya secas unas, nuevas otras, pero constantes, imparables. Sus ojos ardían como brasas apagadas, vacíos de luz, rojos de tanto llorar. Su garganta, desgarrada por los gritos que ya no salían, temblaba en un silencio roto, un silencio que gritaba más fuerte que cualquier palabra. No se sentía él... Nunca lo fue, realmente. Solo cuando estaba con él, con Suguru, podía respirar sin que doliera, sonreír sin fingir.

Las noches compartidas, las conversaciones bajo cielos estrellados, incluso sus silencios... Eran lo único que lo anclaba a esta existencia cruel. Ahora, todo eso era polvo. Un recuerdo muerto como el cuerpo que tenía entre sus brazos. Se lo habían arrebatado, no los malditos, no los hechiceros... Sino el mundo mismo, con su podrida justicia y su eterno juicio estúpido. Todo por el egoísmo de otros, por decisiones disfrazadas de deber.

Pasaron horas. Horas eternas, donde el tiempo se volvió una burla cruel. El cuerpo de Suguru, frío contra su pecho, parecía aún guardar ecos de su calor, de su risa, de su voz... Satoru no sabía cómo, pero con el alma rota en mil fragmentos, con las manos temblando como si cargaran el peso del universo, se obligó a ponerse de pie. Como un fantasma que aún no acepta que ha muerto por dentro, cargó el cuerpo del hombre al que más amó... no como un enemigo, no como un trofeo... sino como lo que fue: su todo.

No recuerda el trayecto. No recuerda los rostros que lo vieron pasar. Todo era un eco lejano, como si caminara bajo el agua, ahogándose a cada paso. Pero sí recuerda una cosa: las acciones que tomó. Ese fue su castigo. Ser el más fuerte, sí... pero también ser el más solo. Ser el arma brillante e insensible de los hechiceros.
Una estatua de poder... con el corazón hecho pedazos.

Y aún así, nadie vio su dolor.
Porque los dioses no lloran.
Y Satoru Gojo, ante los ojos del mundo... no tenía derecho a romperse.

"Los dos murieron esa misma noche, pero solo uno se quedó en la oscuridad, mientras el otro se perdió en su propia luz."




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