Un sueño, dos historias

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Nathaniel Kurtzberg era dibujante. No por obligación ni por fama, sino porque el lápiz era su forma de respirar. Su mundo entero cabía en los bordes de una hoja y en las líneas que salían de sus dedos, como si el papel fuera el único lugar donde podía ser libre.

Casi todos sus cómics tenían algo en común; él y su amor imposible, Ladybug. Una historia que no iba a ninguna parte, pero que tampoco necesitaba un final feliz para existir. Alix, su mejor amiga, siempre se burlaba diciendo que algún día terminaría creando una historia en Wattpad, o al menos el multiverso de "tú x Ladybug".

Pero últimamente... algo había cambiado.

No podía dejar de dibujar a alguien. No a Ladybug, no a un héroe de fantasía, sino a un chico. Uno que ni siquiera conocía.

Todo comenzó con un sueño. Uno tan vívido que despertó con el corazón acelerado y la imagen del muchacho grabada en la memoria: cabello negro como tinta derramada y ojos verdes, tan intensos que dolía sostenerles la mirada, incluso en sueños. Nunca alcanzaba a ver su rostro completo solo destellos, fragmentos sueltos como piezas de un rompecabezas que su mente no lograba armar. Tampoco recordaba su nombre, si es que alguna vez lo supo.

Y sin embargo, su mano lo recordaba. Como si supiera el camino de memoria, dibujó el rostro a medias del chico misterioso. Primero un boceto. Luego otro. Tres meses después, había llenado una libreta entera solo con él.

Obsesión no era la palabra adecuada... pero se acercaba peligrosamente.

No podía evitar imaginar, aunque fuera por un segundo, que tal vez existía. Que quizá, en algún rincón de París, ese chico vivía, respiraba... y escribía su propia versión de la historia.

La coincidencia llegó un martes cualquiera. Estaba en clase, dibujando como siempre, cuando Marinette se acercó curiosa, hojeando con cuidado sus trazos.

—¡Wow, qué lindos dibujos, Nathaniel! —exclamó, genuinamente impresionada— ¿Quién es?

—No lo sé, en realidad —murmuró, bajando un poco la voz—Solo aparece en mis sueños.

Ella se quedó en silencio unos segundos, observando el rostro trazado en grafito como si buscara algo familiar.

—Ahora que lo veo bien... creo que se parece a un amigo mío —dijo finalmente, con tono pensativo.

—¿Ah, sí?

—Sí. Justo ahora está buscando a alguien que ilustre sus historias, es escritor.

La casualidad sonaba demasiado perfecta para no ser sospechosa. El chico de sus sueños, escritor. Él, dibujante. Sus caminos, al borde de cruzarse.

—Gracias, Marinette. Lo pensaré —respondió, intentando que no se notara lo rápido que latía su corazón.

—Cuando quieras me avisas. Te lo puedo presentar—Y se fue, como si no acabara de poner en duda toda su lógica.

Esa tarde, Nathaniel no pudo estar tranquilo ¿Y si estaba llevando todo esto demasiado lejos? ¿Y si su imaginación había traspasado la línea de lo razonable? Para despejarse, salió a caminar. No era algo que hiciera a menudo, pero necesitaba respirar.

Caminó sin rumbo hasta que llegó a un parque. El atardecer le tiñó la piel de naranja, y el aire fresco le acariciaba el rostro con delicadeza. Se sentó en una banca cualquiera, sacó su libreta, y alzó la vista en busca de inspiración.

Y entonces lo vio.

A unos metros, sentado en otra banca, un chico de cabello negro y ojos verdes escribía en una libreta negra. El mundo pareció volverse estático, como si el universo contuviera el aliento. Nathaniel sintió que su alma se detenía en el tiempo.

Mi Musa (Nathanielxmarc)Stories to obsess over. Discover now