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Prólogo

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Ubicación: Hôtel de Crillon, Paris. Agosto,02 , 2023 – 8:25 p.m

La sala olía a poder. Cuerpos perfumados con ambición, relojes que valían más que una vida, y miradas que, si pudieran, apuñalarían sin mancharse las manos.
Bajo la luz cálida de candelabros de cristal, la élite conversaba en susurros venenosos.

Vittoria Beauvoir cruzó el salón como si flotara. Vestida con un traje de pantalón color marfil y una blusa de seda roja, cada paso suyo era un recordatorio de que la elegancia también podía ser un arma.

Sonrió con cortesía a un ministro italiano, besó en la mejilla a la esposa de un senador francés, y tomó asiento junto a su padre, Giovanni Beauvoir, el patriarca de la familia.

—Llegas tarde, ma fille. —Giovanni la observó con una copa de coñac entre los dedos—. Ya se están devorando como hienas. 

(Ma fille : Hija mía)

—A veces conviene dejar que se peleen un poco antes de imponer el orden —respondió Vittoria, tomando asiento con calma—. Así recuerdan quién sostiene la correa.

A su lado, Franco Moretti, su mano derecha, apenas disimuló una sonrisa. Hombre silencioso, de rostro impenetrable, le bastaba un gesto para hacer temblar a cualquiera. Pero con Vittoria, se inclinaba ligeramente, como quien reconoce una fuerza aún mayor que la suya.

Uno de los embajadores alzó la voz, hablando de tratados, inversiones, cooperación internacional. Palabras vacías que solo disfrazaban lavado de dinero, tráfico de armas y acuerdos de territorio. Vittoria escuchaba, pero sus ojos ya calculaban.
Finalmente, habló.

—El problema no es la inversión. Es el miedo. —Su voz era suave, pero firme—. Si París no acepta nuestras condiciones, Marsella lo hará. Y con Marsella, vendrá todo el sur. Ustedes deciden si quieren ser socios… o propiedad.

Hubo un silencio tenso. Giovanni la observó con orgullo mal disimulado.Franco, desde su posición de sombra, escaneaba cada rostro en busca de señales de traición.
Un ministro carraspeó, incómodo.

—¿Y si alguien se niega?
Vittoria  apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos con elegancia. Sonrió.

—Entonces, seré yo misma quien firme su sentencia. Y lo haré con un vestido de gala y una copa de champán en la mano. Porque, caballeros… —hizo una pausa breve— si algo he aprendido en esta vida es que nunca se debe subestimar a una mujer que sabe bailar… y disparar.

Giovanni se puso de pie sin decir una palabra. Una señal sutil de que la reunión había terminado.
Y, como piezas bien entrenadas, todos comenzaron a levantarse.
Vittoria miró de reojo a su padre. Él le sostuvo la mirada por un segundo, luego asintió, satisfecho.

—Muy bien hecho.

Vittoria se levantó, dio un último vistazo al salón, y murmuró:
—Me estas enseñando muy bien.

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Londres, Inglaterra agosto, 2023 – 2:03 a.m.

La lluvia caía en una sinfonía muda sobre los tejados de la ciudad, mientras las luces del Támesis parpadeaban como los ojos de un dios indiferente. En la azotea de un viejo edificio industrial reconvertido en club privado, Lucian Blackwood observaba la ciudad con una copa de bourbon en la mano y un cigarro humeando entre los dedos.

Vestía de negro impecable. Traje a medida. Guantes de cuero. Mirada gélida.

A sus pies, dos hombres de traje estaban arrodillados, sangrando por la nariz, jadeando, temblando.

—¿Sabes qué me irrita más que la traición? —preguntó Lucian con voz baja, casi serena—. La incompetencia disfrazada de lealtad. Prometiste resultados. Me diste excusas.

Los hombres intentaron hablar, pero el crujido de unos pasos interrumpió el momento.Leonardo Falcone, su guardaespaldas y mano derecha, se acercó con su andar pausado y su rostro inexpresivo.

—Todo listo. El club está limpio. Nadie vio nada. —Su acento del este cortaba el aire como cuchillo.
Lucian asintió sin volverse.

—Perfecto. —Le dio una última calada al cigarro y lo apagó sobre el cuello de uno de los arrodillados. El grito del hombre se perdió en la lluvia.

—¿Debo encargarme de ellos? —preguntó Leo.

—No. Que lo haga él. —Lucian extendió su brazo señalando al fondo del tejado.

Desde las sombras emergió un joven nervioso: su hermano mayor, Sebastian Blackwood. Lucian lo miró con una sonrisa torva.

—Si quieres seguir jugando al jefe de esta familia, es hora de que te manches las manos.

—¿Estás loco? No pienso… —Sebastian retrocedió, la voz rota por el miedo.

—Ese es el problema, hermano. —Lucian se acercó lentamente, deteniéndose a centímetros de su cara—. Papá puede haberte dado el título. Pero el respeto, el control… el miedo… eso me pertenece a mí.

Sebastian tragó saliva. Leo le entregó un arma con el cañón aún caliente.
Lucian se giró y volvió a mirar Londres como si hablara con ella.

—Algún día, esto será mío. Todo. No por derecho de nacimiento… sino porque nadie más tiene el estómago para mantenerlo vivo.

Las luces del Támesis parpadearon una vez más. Y un disparo desgarró la noche.

En dos extremos del continente, dos imperios de sombras se preparaban para colisionar. Uno gobernado por una mujer que no temía matar, ni morir. Otro sostenido por un hombre cuya frialdad era un arma tan afilada como cualquier cuchillo.
Ambos estaban destinados a encontrarse.

No por el amor.
Ni por la paz.
Sino por el poder, la sangre... y el legado.

Porque en el mundo de la mafia, el amor puede ser un arma.
Y el deseo, una maldición.

Herencia de SangreHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora