Capítulo I - Algo tan estúpido como inevitable

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Todo comenzó con dos palabras sin contexto:
"mommy issues."

Thalia lo había escrito en una nota de Messenger, sin pretensión, casi como un chiste privado consigo misma.
Damián la leyó, frunció una ceja, y sin pensarlo demasiado, respondió:
-¿Qué tan graves estamos hablando?

Ni siquiera eran amigos. Apenas conocidos digitales, arrastrados por el algoritmo de algún grupo en común o un meme compartido. No sabía por qué lo dijo. Tal vez por aburrimiento, tal vez por esa intuición irracional que le decía que valía la pena tocar ese punto.
Y ella contestó.
Con sarcasmo, claro. Con su risa disimulada en palabras secas y emojis mal colocados. Pero contestó.

La charla era absurda: Freud, teorías locas, crías rotas, padres ausentes y chistes que bordeaban lo incómodo. Todo sostenido por una ligereza que ocultaba algo más denso detrás.
Pero cuando cayó la noche, la conversación mutó.
No se despidieron. No dijeron "mañana seguimos".
Simplemente siguieron hablando.

Las palabras se hicieron más lentas, más largas, más reales.
Él venía arrastrando las astillas de una traición reciente, de una "casi relación" donde el amor fue promesa sin contrato, donde la sinceridad fue un arma de doble filo. No quería nada. Había apagado esa parte de sí.
Ella, por su parte, estaba atrapada en una relación tóxica con un hombre intermitente, inmaduro y ausente. No lo decía con dolor, lo decía con resignación. Como quien ha aceptado vivir con una espina clavada en silencio.

Y entre mensaje y mensaje, entre los audios arrastrados por la madrugada, empezaron a desnudarse -no con el cuerpo, sino con la historia.
El insomnio fue el escenario de su intimidad.
La noche los hacía más honestos, más vulnerables, más humanos.
Se hablaban hasta que la luz azul del celular comenzaba a mezclarse con la del amanecer. Hasta que ella, estable y somnolienta, murmuraba su último mensaje como si fuera una despedida secreta.
Entonces Damián podía dormir también, con una calma que ya no recordaba.

No había amor aún.
Había reconocimiento.
Un "yo también" que no necesitaba explicación.

A la mañana siguiente, el mundo seguía igual de sucio, pero algo en Damián se había movido.
El celular vibró. Era Thalia. Una nota de voz, suave, como si hablara desde el borde de una almohada.

-No suelo contarle esto a nadie, pero... -comenzó, y lo demás fue una herida abierta.

Contó cosas que uno no suele decir en voz alta. Dolencias que no suenan graves en papel, pero que pesan como escombros en el pecho. La voz de Thalia tenía pausas extrañas, como quien ha aprendido a disociarse para narrar su propia historia sin temblar demasiado.
Damián escuchaba en silencio, sintiendo que algo se quebraba en él. No por lástima, sino por reconocimiento. Esa sensación de mirar a alguien y ver un espejo roto en el mismo ángulo.

Y fue ahí cuando lo entendió:
Tenía complejo de salvador.
Siempre lo tuvo. Lo sabía. Pero con Thalia fue diferente. No se trataba de rescatar a alguien por ego, sino por amor inexplicable.
Era una criatura única: un ave con el ala rota. No una víctima, no una mártir... sino algo bello que resistía en un mundo hostil.
Y sin pensarlo, sin proponérselo, nació en él una urgencia primitiva: cuidarla.
Cuidarla como nadie lo hizo con él.
Cuidarla aunque no se lo pidiera. Aunque se negara. Aunque doliera.

Ella también lo confesó, tiempo después, en sus propias palabras:
-No quiero volver a mendigar cariño. Quiero que, por una vez, alguien me elija sin tener que romperme por dentro.

Thalia vivía en un barrio donde todo olía a promesas baratas, vicios dulces y cuerpos sin alma. Ella era distinta. De casa, de libros, de música rara que nadie entendía. Leía como si buscara claves para entender su dolor. Escribía como quien se sangra con elegancia.
No encajaba.
No se exponía.
Pocas fotos, pocas poses.
Pero su diversidad -esa mezcla de inocencia, inteligencia y necesidad de ternura- era un imán para alguien como Damián, que siempre había amado lo no obvio, lo escondido, lo imposible.

Eclipse Where stories live. Discover now