| PREFACIO |

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La luz blanca cegaba su vista, mientras trataba de enfocar su mirada entre parpadeos involuntarios, no podía moverse demasiado, sentía que cada musculo de su cuerpo estaba desforzado, como sí toda su energía vital lo hubiera abandonado. Podía escuchar la conversación a lo lejos, sin entenderla del todo, porque un ruido ensordecedor, semejante a un pitido interno, opacaba el volumen de la voz que reconocía perteneciente a su hermano Charlie. Él no estaba feliz.

Le gritaba a alguien, quien le respondía con calma, frases que en su cabeza eran palabras en un idioma desconocido para él, no podía procesar la información que escuchaba, simplemente no podía ser real, no podía existir una realidad, donde esas palabras, fueran posibles.

La conversación fue ahogándose en un silencio gradual, sus parpados cedieron ante la batalla de mantenerse abiertos, la oscuridad navegó en compañía de la tranquila ausencia del ruido, recorriendo por su mente una serie de pensamientos que eran representaciones de sentimientos.

Una voz que lo llamaba "Hazz" se iba desdibujando mientras a él se le escapaba el recuerdo que enmarcaba aquella voz, la misma voz que escuchó a hace un segundo y ahora ya no recordaba el timbre, solo se quedaba con una ausencia de vacío, dolor y frío. Frío que le helaba los pensamientos, congelando sus recuerdos y sintiendo como se le escapaban, uno a uno entre los dedos, frustrándose por no saber lo que perdía pero que, uno a uno, le iban dejando una sensación de hueco cada vez más grande. Casi no le quedaba espacio, estaba invadido de ausencia, su pecho dolía ante el vacío y, pudo sentir como empezaba a ahogarse, no podía respirar, el aire no llegaba a sus pulmones e inconscientemente toco la parte donde dolía, presionando con fuerza como sí quisiera abrazar su corazón, aunque los huesos de su esternón le estorbarán en el difícil trabajo de intentar calmarse.

La desesperación lo invadió y aunque usaba toda su fuerza para gritar, su voz no salía. Estaba mudo, desesperado y ahogado. Hundido en la oscuridad y el silencio que le trajo paz por un momento y que ahora lo estaba asfixiando.

Se sentó en un solo movimiento y tenía una mano sobre el pecho y otra sobre su cuello, despertando de su letargo.

La piel de porcelana, con la luz blanca pegándole de lleno lo hacían ver pálido, su cabello corto acariciaba sus orejas en perfectos bucles castaños, uno caía rebelde por su frente. Sus ojos verdes profundo, observando a la nada, totalmente desorientado, sus labios rosas entre abiertos dejando entrar aire de lleno a sus pulmones, en un ritmo acelerado que, trataba inútilmente de calmar su agitación.

-- ¡Enfermera! ¡Doctor! -- Charles, gritaba corriendo entre la cama y la puerta de la habitación.

El hombre tenía pinta de no haber dormido por un par de días, estaba sin afeitar, su cabello desordenado, recogido en un moño improvisado, como si lo hubiera hecho sin cuidado alguno. La piel bajo sus ojos marrones se tornaba oscura por los desvelos y aunque era de complexión musculosa, un par de centímetros y años más grande que él, en ese momento, lucía como un niño pequeño, que estaba completamente asustado.

-- ¡Harry! ¡Harry! -- Su hermano llevo sus callosas manos a sus tersas mejillas para que el ojiverde centrara su atención en él.

Personal médico, conformado por dos enfermeras y el doctor tratante entraron de prisa a la habitación.

Sin recibir indicaciones por su superior, una de las enfermeras empezó a revisar los signos vitales en el monitor, verificando el medicamento y entregándole el expediente al doctor a cargo, mientras la otra, se encargaba de retirar a Charlie, para darles espacio de trabajar.

-- Harry buenas noches, soy el Doctor Collins, ¿Cómo te sientes? -- El chico de veintisiete años, no contestó, aturdido aún. El hombre mayor, saco de su bata una linterna y reviso las pupilas de su paciente. -- Sigue la luz por favor. --

La caja de Pandora - Larry Stylinson -Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora