Capítulo 1.

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La luz era tenue, casi digna de una magnifica opera, como si la oscuridad hubiese sido convocada a propósito para hacer que cada trazo de aquellas obras resplandeciera más. 

La subasta se llevaba a cabo en una sala estrecha y elegante, con un aura abrumadora de exclusividad, donde romper el equilibrio de excentricidad, pesaba tanto como el dinero en las cuentas bancarias de los presentes. Todos riendo en murmullos con algún socio o dama de compañía. 

Todos, menos él.

Deo estaba de pie, con las manos dentro de los bolsillos laterales de su pantalón, su rostro neutro, su postura recta. Pero por dentro, algo se estremecía.
No había nada particularmente diferente esa noche, ni el clima, ni los presentes hombres trajeados o mujeres de vestidos largos, menos los presentadores de cada cuadro que ya eran muy bien conocidos. Todo dentro de su particular rutina cuando de comprar arte se trataba, estaba bien.  Deo no coleccionaba arte por pasión, lo hacía por estrategia. Para mover influencias. Para mostrar poder.

Hasta que la vio.

La desvelaron entre dos luces, como si los dioses la apartaran del tiempo solo para él.
Y fue como una explosión en su pecho.

Una mancha oscura se abría en el lienzo como una herida cósmica, y desde su centro, una flor de luz. Colores imposibles brotaban como estallidos de energía contenida, un éter celestial rasgando la nada. Era caos, belleza, dolor, y esperanza. Todo al mismo tiempo, dentro de sus manos temblorosas, del aire asfixiantemente acumulado en su pecho y el silencio casi abrumador en el que se hundió su mente. Y después de lo que parecieron unos interminables segundos... todo fue calma al verlo. 

En el centro de la pintura... una pequeña nota de sol. Delicada, dorada, casi invisible al primer vistazo. Pero él la vio.

Y no supo por qué, pero era como si supiera lo que significaba.

La artista sin rostro.
La que firmaba con una nota musical. No más, no menos.
Aquella pintora anónima  se había hecho de una buena reputación y un solido renombre desde hace unos cuantos años, pero nadie la había visto ni una sola vez en persona y cada que alguien intentaba buscar algo sobre ella, las pistan te llevaban siempre a una persona diferente. 

Sus términos eran claros. 
No da su nombre, no se muestra en persona. Las reuniones y acuerdos son con su agente. 

Honestamente, Deo reconocía que eso debía ser por Silvana Vilanova. La agente en cuestión.

En el mundo del arte, las reglas eran muy claras y entre esas había una que dejaba claro que ya fuera para hacer arte, o coleccionarlo, los verdaderos cabezales eran los agentes pues por más talentoso que fuera el pintor, o por mucho dinero que tuviera el coleccionista, si su agente era mediocre o decía que no, solo podía esperar tener éxito por un milagro o conseguirlo como replica y en este caso, la pintora anónima sí que se saco el premio dorado con Silvana como agente, pues sabía bien que muchas de las pinturas que tenían sus mayores socios, eran por contacto con Silvana. 

Él había oído de su existencia en círculos de coleccionistas exclusivos. "La pintora, Sol".
Había visto piezas suyas replicadas, oído de otras tantas que fueron robadas, codiciadas y no entendía porque tanto alboroto.
Las que había visto si bien, eran muy buenas y denotaban técnica, no le expresaban realmente nada. Claro que a él le daba exactamente lo mismo si expresaban un mar, pues el solo llego a tener la idea de adquirir algunas, por lo codiciadas que eran. 
Pero nunca había estado frente a una original.
Y ahora que la tenía frente a él, lo entendió todo y le complacía tanto, que no podía respirar.

Las voces comenzaron a elevarse, precios nombrados con naturalidad casi ofensiva.

— Quinientos mil.
— Seiscientos mil.
— Un millón cien.
— Un millón trescientos.

Pero Deo no escuchaba. Las palabras le llegaban como si fueran zumbidos bajo el agua. Él solo veía. Sentía.
Su corazón golpeaba como si llevara años dormido y acabara de recordar cómo latir.

El conductor de la subasta alzó el martillo.

— A la una...

Cinco millones. —dijo Deo.

La sala se congeló. Los murmullos se volvieron cuchicheos sorprendidos. El otro postor, un hombre calvo de mirada arrogante, sonrió de lado y subió:

— Siete.

— Nueve. —replicó Deo, sin vacilar.

— Diez millones. —dijo el otro con una risa seca.

— Quince. —fue la última palabra que salió de los labios de Deo.

Silencio absoluto.

Y entonces el martillo bajó.

Vendida a Deo Antheos.

El mundo se volvió a poner en marcha, pero dentro de él, todo seguía quieto.
Como si algo se hubiera desbloqueado. Como si hubiera inhalado por primera vez.

Llevó una mano a su pecho, solo para asegurarse de que seguía ahí.

Y mientras todos lo observaban con esa mezcla de admiración, respeto y codicia...
Él solo pensaba en esa obra, la nota de sol, en la artista detrás de esa maravilla y en lo estúpido y ridículo que se sentía, pues en sus 26 años de vida, nunca había estado tan jodidamente feliz.

Éter.Where stories live. Discover now