1

126 8 6
                                        

Julian siempre utilizó la pintura y el arte como un medio para escapar de la realidad, para volcar todos esos sentimientos que no tenía permitido expresar en su vida, para intentar encontrar algo de cordura entre tantos pensamientos negativos, y tantos pensamientos en general. Más de una vez se sintió desbordado, y la única manera que encontró para no enloquecer, fue llenándose los dedos y la ropa de distintos colores, colgar un cuadro tras otro en los que retrataba a su familia, e incluso también algún que otro paisaje. Eran sus mayores obras de arte, y Julian nunca se vio capaz de quitar alguno, porque sería como quitarse una extremidad, una parte de él. Ni mucho menos en el cuarto más pequeño en el que escondió por mucho tiempo un gran pedazo de su corazón.

Sonrió a las paredes cargadas de cuadros en las que no cabía uno más, incluso muchos estaban superpuestos, y otros hasta ni se llegaban a ver. Ya no había más espacio en su estudio. Había cuadros apilados sobre una mesa, apoyados contra los ventanales y muebles, o incluso había muchos apilados entre sí, y ya ni siquiera se podían apreciar. Julian sintió nostalgia de aquellos sueños que tuvo que postergar, incluso creer desde lo más profundo y desgarrador de su ser, que serían solo eso, sueños por y para siempre. Que quedarían plasmados y vivos solo en los colores que Julian sabía mezclar y crear distintas tonalidades.

Pero ya todo había cambiado en la realidad de Julian, y si bien la pintura seguía siendo un recurso para perderse entre colores y texturas, ya no lo consideraba como algo que lo hiciera salir de la realidad. Porque la verdad era que, ya no quería escapar de la realidad en la que estaba viviendo. Tenía todo lo que alguna vez había querido y añorado, e incluso más. Se sentía totalmente agradecido a la vida, y a Raziel por tener tanto, por haber sido el ganador de una lotería que para él era multimillonaria.

Toda una vida pintada... y todo lo que faltaba. Pero para poder seguir sumando, tenía que reacomodar todo, aunque eso conllevara empacar muchos de sus grandes trabajos. Ya había usado hasta la antigua oficina de su tío Arthur para guardar cuadros y pinturas, algunas habitaciones vacías del Instituto, pero todo seguía siendo insuficiente. En algún momento fue impensable la idea de tener que quitar pedazos de su alma así, porque así consideraba su trabajo, pero en ese instante, sentía demasiada felicidad en su corazón como para sentirse mal. Los recuerdos y la actualidad lo invadían con tal intensidad que le daban ganas de llorar de emoción.

—¿Necesitas algo de ayuda? —Julian había escuchado la puerta abrirse, pero nunca tuvo que voltearse para saber de quien se trataba. Sintió las manos de Emma rodearlo por detrás, descansando las manos en su abdomen, y la mejilla en su espalda.

—Creo que no. Me va a llevar bastante tiempo decidir cuales podría donar a alguna galería de arte, y cuales quedarme, sabiendo que tendrán que quedar guardados en alguna caja —respondió, apoyando las manos sobre las de ella.

—Quedarán guardados para que Livia algún día los vea. Quien sabe, quizás cuando sea más grande se enamore del arte, al igual que su padre—Julian sonrió al escuchar el nombre de su hija. No solo era su hija, ella se había vuelto su todo. Livia Eleanor Blackthorn. La añoranza le revolvió las entrañas. Si había algo que podía empañar la felicidad de su perfecta realidad, era recordar a su hermana Livvy, a quien no dejaba de extrañar ni un solo día de su vida. Julian recordaba cuando Emma sugirió que esa bebé que lloraba entre sus brazos recién nacida, podría llamarse como su amada Livvy. Julian lloró. Lloró de emoción, de felicidad, de gratitud, y de tristeza al saber que Livvy no estaría allí físicamente para conocer a su sobrina, quien llevaría con orgullo su nombre.

—Amaría que a ella le gustara, pero si algo conozco de nuestra niña, es que solo le gusta agarrar los tubos de pintura para molestar a sus hermanos y tíos —Julian se giró despacio. Emma aflojó su agarre, pero no lo soltó. Él la rodeó con los brazos, haciendo que Emma se pegara con fuerza contra su pecho. Le acarició la mejilla con una mano—. Y también a mí.

The lost BlackthornWhere stories live. Discover now