PRÓLOGO

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La carretera serpenteaba entre montañas oscuras, apenas iluminada por los faros del coche. Desde mi asiento, observaba cómo las siluetas de los árboles se desdibujaban bajo la luz de la luna, proyectando sombras que parecían moverse a su propio ritmo. María conducía con calma, sus manos firmes sobre el volante del Mercedes-Benz Clase E negro, como si el trayecto hacia El Escorial no tuviera prisa. Pero yo sentía cómo la ansiedad me arañaba el pecho con cada kilómetro que nos acercaba.

El coche tenía ese aire de lujo contenido que siempre me había desconcertado. Los asientos de cuero, el tablero con sus detalles cromados... todo gritaba exclusividad, algo que parecía contradictorio con la vida sencilla que María decía llevar. No era algo que esperaba de alguien con un sueldo modesto, y mucho menos con su tendencia a gastar en ropa cara y pequeños caprichos. Pero nunca pregunté. Con María, siempre era mejor dejar ciertos misterios sin resolver. Era como si su propia esencia estuviera construida sobre secretos.

Sin embargo, ahora no podía dejar de pensar en los secretos. En cómo la vida que creí conocer estaba cargada de ellos. El más grande de todos me lo había revelado mi tía hace apenas unos días, desde la cama del hospital donde su cuerpo luchaba contra la enfermedad que poco a poco me la estaba arrebatando.

"Elena" —me dijo con una voz apagada, debilitada por el peso del tiempo y del dolor. Pero su mirada, fija en la mía, estaba llena de urgencia—. "Quiero que sepas la verdad".

Yo, sentada al borde de la cama, tomé su mano con fuerza, como si con ese gesto pudiera sostenerla un poco más, detener la marcha inevitable de las cosas. Había sido mi madre en todo menos en sangre. La mujer que me crio, que me enseñó a leer, que convirtió cada día de mi infancia en algo más llevadero, a pesar de su propio dolor. Y ahora estaba a punto de dejarme con un vacío imposible de llenar.

"¿Qué verdad?" —le susurré, aunque sentía que no quería escuchar la respuesta.

"Tus padres no murieron en un incendio" —comenzó, su voz temblando mientras intentaba reunir las fuerzas necesarias para continuar—. "Tu padre... mi hermano, le arrebató la vida a tu madre. Y después... se suicidó".

El aire se volvió pesado, como si las paredes mismas del cuarto hubieran absorbido esa confesión y la sostuvieran sobre mí. Mi mente intentaba asimilar esas palabras, pero cada una era como un golpe que rebotaba sin encontrar un lugar donde asentarse.

"No podía decírtelo antes" —continuó, su rostro surcado por arrugas que ahora parecían aún más profundas—. "No quería que crecieras con esa carga, Elena. Pero ya no puedo ocultarlo más. Mereces saber la verdad".

Sus ojos volvieron a los míos, y la culpa brilló en ellos como un faro apagado. "Perdóname, por favor", susurró, con la voz rota. "Perdóname por guardar esto tanto tiempo. No sabía cómo decírtelo. Pero siempre temí este momento."

"Tu padre siempre decía que las cosas se arreglaban en familia..." —la voz de mi tía se quebró, y sus ojos se perdieron en el techo blanco del hospital—. "Pero no era cierto. Esa noche, todo se rompió".

Durante toda mi vida, había creído que mis padres habían muerto en aquel incendio cuando yo tenía ocho años. A mí me rescató el jardinero, eso me lo contó mi tía muchas veces, como si quisiera que recordara algo que ya no estaba. Pero no tengo memoria de ese momento. Ni del fuego, ni del caos, ni siquiera de ellos. Es como si mi vida hubiera comenzado justo después de salir de esa casa envuelta en llamas. Como si yo hubiese nacido de nuevo entre cenizas, sin pasado.

Mi mente simplemente... se apagó. Y con ella, cualquier recuerdo que pudiera anclarme a lo que fui. Mi tía decía que era una forma que tenía el cuerpo de protegerse, que el cerebro borra lo que no puede procesar. Pero para mí, ese vacío fue siempre una herida abierta.

Solo tenía unas pocas fotos guardadas en una caja de metal, desgastadas por el tiempo, con anotaciones en letra de mi tía que intentaban llenar huecos imposibles. Esas imágenes eran lo único que me conectaba con mis padres. El resto era silencio. Hasta ahora. Porque lo que siempre creí que había ocurrido, ese incendio trágico, era solo una versión maquillada de algo mucho más oscuro.

El coche avanzaba suavemente por la carretera, el ronroneo del motor llenando los silencios que yo no podía llenar con palabras. María, como siempre, parecía impermeable a las sombras que a mí me devoraban por dentro. Su atención estaba en la radio, buscando alguna emisora que no estuviera cargada de interferencias. Sus dedos giraron el dial un par de veces hasta que finalmente localizó una canción familiar. Su rostro se iluminó y, sin pensarlo, empezó a cantar.

- ¡Vamos, Elena! Esta es de las buenas —dijo, con una sonrisa que era imposible de ignorar.

Su entusiasmo me sacó de mi burbuja por un momento. Me obligué a esbozar una sonrisa, aunque fuera pequeña, mientras ella cantaba con total entrega. Su voz, aunque no era perfecta, llenaba el espacio con una calidez que lograba suavizar la pesadez en mi pecho. María siempre conseguía distraerme, y en ese instante, su energía era un bálsamo para mi mente cansada.

Yo, sin embargo, no podía ignorar lo que me había llevado hasta aquí. Tenía que asumir la pérdida de mi tía, la mujer que me había criado como si fuera su hija, y enfrentar la nueva verdad que ella me había revelado. Aquellas palabras, tan crudas y definitivas, habían desgarrado el único pilar sobre el que había construido mi vida. Lo que siempre había creído como cierto, ese accidente que me había dejado huérfana no era más que una mentira. Y ahora todo lo que había dado por sentado parecía desmoronarse a mi alrededor.

Dejé mi trabajo y todo lo que tenía en Barcelona para venir aquí, en busca de esa verdad, sacando valor de donde no lo había. Porque ahora era mi turno de enfrentar lo que mi tía no había podido afrontar durante tantos años. Pero no estaba sola. María estaba a mi lado, con su sonrisa incansable y su voz desafinada llenando el silencio. No sabía qué habría hecho sin ella. Su presencia hacía que este peso fuera un poco más llevadero.

- Gracias por estar aquí, María - dije en voz baja, rompiendo el silencio. No era algo que solía decir, pero las palabras se me escaparon antes de poder detenerlas.

¿Dequé hablas? —María me miró de reojo, con una sonrisa tranquila que no llegabadel todo a sus ojos—. Sabes que también dejé cosas atrás en Barcelona. Pero túeres mi propósito en este mundo, Elena. Estaré a tu lado... al menos hasta quecambies de opinión sobre mí.


El peso en mi pecho pareció aliviarse un poco más al escucharla. No solo yo había hecho sacrificios, sino también ella. Y, curiosamente, eso hacía que este viaje compartido tuviera aún más sentido.

Desvié mi mirada hacia la ventana, dejando que la luz de la luna bañara mi rostro mientras el coche continuaba su marcha. Las montañas se alzaban como gigantes dormidos, y entonces lo vi. A lo lejos, imponente bajo la penumbra, el Monasterio de El Escorial se alzaba con una presencia que parecía devorar el paisaje. Sus líneas severas, sus torres alargadas... algo en esa estructura me llamaba, como un susurro que no podía ignorar.

- ¿Es ese el Monasterio?" —pregunté, tratando de aliviar la tensión en mi voz.

- —respondió María, echando un vistazo por el parabrisas antes de volver a centrar su atención en la carretera— Es increíble, ¿verdad? Aunque también tiene su punto siniestro. Supongo que es parte de su encanto".

No estaba segura de sí lo que sentía era encanto o inquietud. Había algo en esas inmensas paredes de piedra, algo que parecía observarme, como si me esperara. Tragué saliva y aparté la vista.

- Algo en él me llama —dije en voz baja, casi sin darme cuenta de que lo había dicho en voz alta.

María me miró de reojo, pero no dijo nada. En su lugar, giró el dial de la radio hasta encontrar otra canción, más tranquila esta vez. Su canto disminuyó hasta convertirse en un tarareo, y yo agradecí el gesto. Había algo en esa calma momentánea que me ayudaba a centrarme, aunque solo fuera por un instante.

Pero sabía que, al final, no habría canción ni sonrisa que pudiera protegerme de lo que me esperaba en esa casa. Porque esa casa, con sus sombras alargadas y sus secretos ocultos, había estado esperando por mí.


EL DESPERTARWhere stories live. Discover now