No Eres De Acero, Idiota.

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La ciudad de Brighthowl nunca duerme. Bajo sus luces de neón, los rascacielos se elevan como gigantes insomnes que miran con desdén las calles empapadas de alcohol, sudor y sangre. En la Universidad del Norte, los pasillos huelen a café barato, frustración académica y, algunas noches, a sangre fresca que no debería estar ahí.

La puerta del cuarto 308 se abrió de un golpe seco.

—¡Mierda! Otra vez, Bolt... —la voz cansada de Mittens, ronca por la hora y por el fastidio, sonó como una bofetada envuelta en preocupación.

Él entró tambaleándose, con la camisa del traje rasgada, el pecho manchado de rojo, y un moretón del tamaño de un puño bajo el ojo derecho. Su pelaje blanco, normalmente reluciente, ahora estaba opacado por suciedad, hollín y sangre seca.

—Hola, Mitz... —dijo con una sonrisa torpe—. ¿Me prestas tu botiquín otra vez?

Ella cerró la puerta, gruñendo entre dientes mientras lo empujaba hacia la cama.

—Te ves como si te hubiera atropellado un tren.

—Tres trenes, en realidad. Y un rinoceronte con un lanzallamas.

—¿Otra pelea en el barrio bajo?

—Yep. Intentaban asaltar un refugio de gatitos huérfanos.

Mittens suspiró. No porque no le creyera. Porque sabía que era cierto.

—Bolt... estás hecho mierda.

—Pero los gatitos están bien.

—¡Tú no estás bien, imbécil! —gritó sin querer, y luego apretó los dientes. Bajó el tono—. Quítate esa cosa.

Bolt tragó saliva. Su traje se adhería a su cuerpo como una segunda piel, pero estaba desgarrado por varios lados. Comenzó a sacárselo lentamente, dejando ver el pelaje blanco y la musculatura firme que había debajo. Mittens desvió la mirada al principio, pero terminó girándose para buscar vendas y desinfectante. No necesitaba ver... aunque ya lo había visto todo.

—No me mires así, Mittens —dijo él, encogiéndose un poco mientras se sentaba, ya medio desnudo—. No es tan grave.

—No te estoy mirando de ninguna forma. Solo que... —ella se detuvo, apoyando una garra sobre su frente—. Bolt, ¿por qué sigues haciendo esto?

—Porque nadie más lo hace.

—¿Y a ti quién te va a salvar cuando termines con el cráneo abierto en una calle oscura?

Bolt la miró. Tenía esos ojos dorados que podían derretir a cualquiera, pero ella era inmune. O al menos eso quería creer.

—Confío en que tú me encuentres —respondió con una media sonrisa.

—Eres un idiota romántico.

—¿Eso es un cumplido?

—Es un “déjate de joder antes de que te mueras”.

Ella comenzó a curarle una herida en el costado. La gasa se tiñó de rojo al instante. Él apretó los dientes, pero no hizo ruido. Mittens sí.

—¿Esto fue una bala?

—Pistola de clavos. Un mapache modificado. Estaba loco.

—Todos están locos, Bolt. Incluso tú.

Un silencio espeso los envolvió por unos segundos.

—¿Sabes lo que más me jode? —dijo ella de repente—. Que siempre llegas acá, sangrando, y ni siquiera dudas en volver a salir mañana. Y yo... yo me quedo acá como una estúpida, curándote como si esto fuera normal. Como si fueras de acero.

Huesos Rotos y SecretosCerita yang bikin terobses. Temukan sekarang