Nora
Llegué a clase con mis diez minutos habituales de margen y escogí mi sitio favorito: segunda fila al lado de la ventana. Ni demasiado cerca del profesor ni demasiado lejos y, además, en una esquina, perfecto para salir en cuanto acabaran las clases sin tener que esperar a que los demás recojan sus cosas.
Normalmente a mi lado siempre se sentaban un par de compañeras con las que me llevaba bien, Pamela y Sofía. Sin embargo, aquel día un chico cuyos ojos parecían brillar, llegó antes que ellas y se sentó a mi lado.
Yo lo ignoré y seguí copiando las diapositivas que daría el profesor cuando llegara, pero el chico parecía tener sus propios planes. Se dedicó a mirarme con una sonrisa de anuncio de pasta de dientes hasta que me digné a apartar la vista de mi libreta.
—¿Tengo algo en la cara? —pregunté molesta ante su insistente mirada.
Su sonrisa creció todavía más. Luego, negó con la cabeza.
—Soy Levi, ¿y tú?
—Nora —respondí con desinterés antes de volver a centrarme en mis apuntes.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó intentando ver qué escribía en mi libreta.
—Pasando apuntes.
—Pero hoy es el primer día —dijo frunciendo el ceño.
—Por eso.
—Aún no ha empezado la clase —insistió.
—Me da igual.
—¿No prefieres charlar con alguien encantador?
Miré a ambos lados buscando a ese «alguien encantador».
—No veo a nadie encantador aquí.
Soltó una estruendosa carcajada que me irritó. Aquel tipo me estaba desconcentrando.
—Me gusta tu actitud.
—Pues a mí la tuya no —dije ya molesta por la intromisión.
Él volvió a soltar una gran carcajada como si yo fuera la monda.
¿Qué cojones...? Aquel tío estaba como una cabra.
El tal Levi, que parecía no saber interpretar las indirectas ni las directas, sacó un pósit y empezó a escribir algo. Gracias a Dios que se había callado.
Pero entonces lo arrancó y me lo tendió con su sonrisa imborrable.
—Llámame si te aburres.
Horrorizada, le devolví el papelito con su número de teléfono y negué con la cabeza.
—¿Por qué te llamaría? Ni siquiera te conozco.
Y, desde luego, no quería conocerlo. Era muy molesto.
—Por eso —respondió con diversión—. Soy nuevo aquí y no conozco a nadie. Antes estudiaba en otra ciudad, pero me he trasladado para estar más cerca de casa.
—¿Y a mí qué? —pregunté confusa.
¿Por qué me iba a importar a mí que ese tipo no conociera a nadie y que se hubiera trasladado?
Él se encogió de hombros. Parecía que tenía la sonrisa tatuada en la cara.
Entonces me devolvió el papelito y yo bufé exasperada.
—Tú quédatelo. Nunca se sabe cuándo vas a necesitar llamar a alguien.
A regañadientes, me guardé el pósit en el bolsillo para tirarlo más tarde.
Por fin llegó el profesor, afortunadamente, y empezó su perorata con la guía docente de la asignatura. Dos minutos después, una horda de estudiantes que habían sido víctimas de la tardanza del transporte público entraron a toda prisa en el aula, entre ellos, Sofía y Pamela. Tardaron apenas segundos en localizarme en nuestro asiento habitual, y vi sus expresiones de sorpresa al ver al tipo que se había sentado a mi lado. Vinieron hasta nuestra fila y se sentaron junto a él, ignorando las miradas hostiles del profesor.
El tal Levi se pasó toda la mañana sonriéndome hasta ponerme los pelos de punta. Qué tipo más extraño.
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Amar sin fórmulas
Romance¿Qué pasa cuando una chica que ha dejado de creer en el amor se cruza con un chico decidido a demostrarle que este existe? Nora lo tiene claro: jamás volverá a enamorarse. El problema es que Levi, su nuevo compañero de clase y de trabajo, también lo...
