Lunes por la mañana. La alarma del móvil de Clara sonó por tercera vez en lo que parecía ser la peor mañana de su vida. Era literalmente imposible que el mundo conspirara más en su contra. Con un suspiro profundo, apagó la alarma y miró al techo, preguntándose cómo era posible que su madre no entendiera que las ocho de la mañana era demasiado pronto para que cualquier humano funcional existiera.
Bajó las escaleras, el móvil en mano, y, como de costumbre, no apartó los ojos de la pantalla mientras se dirigía a la cocina.
—Buenos días, hija —dijo su madre con una energía que Clara encontraba francamente irritante a esa hora del día.
—Mmm... —respondió Clara, distraída.
—¿Qué tal has dormido? —insistió su madre, abriendo la nevera—. Hoy es un día guay, ¿no? ¡Tienes tu presentación de clase!
Clara levantó la vista, sorprendida por el uso de la palabra guay. ¿En qué siglo creía su madre que estaban?
—¿Guay? Mamá, eso es del siglo pasado —dijo, exagerando su tono—. Literalmente nadie usa esa palabra ya.
Su madre la miró con una mezcla de confusión y resignación, pero sin perder su optimismo.
—Bueno, a mí me parecía guay cuando era joven. A lo mejor debería decir que es una pasada, ¿no?
Clara se quedó callada un momento, intentando asimilar el hecho de que sus padres parecían tener un diccionario personal que se remontaba a tiempos inmemoriales. Obvio que no lo entendían, pensó.
Mientras desayunaba, Clara mandaba mensajes por WhatsApp a su mejor amiga, Lucía, organizando el día y comentando, como siempre, la vida. A media conversación, Lucía lanzó un mensaje que hizo reír a Clara en voz alta:
—Mi madre me ha dicho que me va a llevar a fardar de mis notas. ¡Qué cringe!
Clara no pudo evitar soltar una carcajada. Entre las dos, el uso del lenguaje de los adultos era como una broma privada. Mientras tanto, su madre, que no pudo evitar escuchar la risa, intentó participar.
—¿Qué pasa? ¿De qué os reís? —preguntó, con una sonrisa cómplice, aunque sabiendo que, obviamente, no entendería nada.
—Nada, mamá, cosas nuestras —respondió Clara. Obvio que no lo entenderías, pensó, pero decidió no decirlo en voz alta esta vez.
La escena continuaba en silencio, pero estaba claro que la falta de entendimiento entre madre e hija formaba parte de la rutina diaria. Clara recogió su mochila, lista para salir al instituto, con el mismo aire de indiferencia que la mayoría de los adolescentes llevan a todas partes.
En el instituto, el lenguaje era distinto, literalmente otro mundo. Clara y Lucía caminaban hacia clase mientras discutían el drama de las redes sociales del fin de semana.
—¿Has visto lo de Sandra y Marcos? Tipo, ha sido súper random lo que subió ayer —comentó Lucía, meneando la cabeza mientras pasaba por el feed de Instagram.
—Sí, lo vi —respondió Clara, aunque en realidad apenas le había prestado atención—. Pero obvio que ella siempre es así. Todo lo que hace es un poco cringe.
De repente, apareció Dani, uno de sus compañeros, que saludó levantando la mano mientras intentaba abrirse paso entre los grupos de estudiantes.
—¡Ey, chicas! —dijo con su usual tono despreocupado—. Tipo, ¿os habéis enterado de lo de la excursión?
Clara y Lucía intercambiaron miradas rápidas.
—¿Excursión? ¿Qué excursión? —preguntó Lucía, interesada.
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Obviamente
Teen Fiction¿Y si lo que es obvio para ti no lo es para los demás? Clara pensaba que la vida era simple, hasta que empezó a cuestionarlo todo. Clara, Dani y Lucía son tres adolescentes que navegan entre la cotidianidad del instituto, las expectativas familiares...
