Cada mañana, cuando el sonido del despertador me arrastra de las sombras del sueño, hay algo que me golpea. No es solo la sensación de cansancio ni la molestia de tener que levantarme, es algo más profundo. Es como si me despertara en una vida que ni es realmente mía, en un escenario donde las personas a mi alrededor parecen tenerlo todo claro, y yo soy el único que no entiende el guion.
Miro a través de la ventana, y lo primero que noto es que el sol parece brillar con demasiada fuerza para mí. Como si me recordara que el mundo sigue su curso, aunque yo no sepa en qué parte del viaje me encuentro.
Todos los días es igual, una repetición cansada de lo que se espera de mí: estudiar, sonreír cuando lo esperan, seguir las reglas, aunque no tenga claro por qué lo hago. No es que no tenga amigos, o al menos no me consideren un extraño, pero no encajo. Los otros parecen tener respuestas, mientras yo me pregunto constantemente si algo está mal conmigo por no sentir lo que todos dicen que se debe sentir.
El sonido del despertador me saca de mis pensamientos. Lo apago de un golpe y me quedo mirando el techo, sin ganas de moverme. Otro día más. Me incorporo con pesadez y me arrastro fuera de la cama. La rutina es la misma de siempre: vestirme sin prisa, tomar algo de desayuno mientras mi madre habla sobre cosas que apenas registro, y salir rumbo a la escuela.
El aire matutino me despeja un poco mientras camino hacia el instituto. A mi alrededor, los grupos de estudiantes ríen y charlan animadamente. Sus voces se mezclan con el ruido de los autos y el viento que revolvía las hojas en la acera.
Y entonces lo veo.
Bequiel.
Está apoyado contra una de las paredes del instituto, riéndose de algo que le dice uno de sus amigos. Su cabello oscuro brilla bajo la luz del sol y sus gestos despreocupados lo hacen ver casi irreal. No es la primera vez que me encuentro mirándolo sin querer, como si mis ojos lo buscaran por sí solos.
Bequiel no me conoce. No realmente. Sabe mi nombre porque alguna vez hemos compartido clases, pero nunca hemos cruzado más de un par de palabras. Aun así, hay algo en él que me hace imposible ignorarlo. Tal vez es la forma en que siempre parece tan seguro de sí mismo o la manera en que sonríe, como si el mundo no pudiera tocarlo.
Me obligo a apartar la mirada y entro al edificio. No tiene sentido quedarme allí, atrapado en pensamientos que no llevan a ninguna parte.
—Edén, espera.
Me giro al escuchar mi nombre y me encuentro con Fernando, uno de los pocos compañeros con los que hablo de vez en cuando. Se acerca con su mochila al hombro y una expresión neutral.
—¿Ya hiciste el trabajo de literatura? —pregunta, ajustándose las gafas.
Asiento.
—Sí, lo terminé anoche.
—Genial. Yo olvidé hacer la mitad, ¿puedo verlo en el receso?
—Claro.
Fernando sonríe y seguimos caminando juntos. Es de las pocas personas con las que puedo hablar sin sentirme incómodo. No es que seamos grandes amigos, pero al menos con él no tengo que fingir ser alguien que no soy.
La primera clase es matemática. Me siento en la parte trasera del salón, como siempre, intentando no llamar la atención. El profesor habla sobre ecuaciones que ya he olvidado antes de que termine la explicación. Miro de reojo hacia el otro lado del aula, donde está Bequiel.
Tiene el ceño levemente fruncido mientras copia en su cuaderno. No parece que disfrute esta clase, pienso con cierta ironía. A diferencia de él, yo simplemente dejo que el tiempo pase. Al menos finjo que me importa.
El timbre suena, sacándome de mi ensimismamiento. Salgo del aula junto con los demás y voy directo a la biblioteca. Es uno de los pocos lugares donde puedo estar sin sentirme fuera de lugar. Fernando llega unos minutos después y se deja caer en la silla frente a mí.
—Deberías hablar más en clase.
—¿Para qué?
—No sé, tal vez para que los profesores no piensen que eres un fantasma.
—Me gusta ser un fantasma.
Fernando rueda los ojos y saca su cuaderno.
—Si sigues así, un día alguien va a olvidar que existes.
No respondo. No es como si eso no hubiera pasado antes.
Terminamos la hora de estudio en silencio, y cuando suena el timbre, volvemos al pasillo lleno de estudiantes.
Y entonces, lo veo de nuevo.
Bequiel está allí, esta vez solo. Su expresión es tranquila mientras revisa su teléfono, apoyado contra los casilleros. Por un momento, pienso en seguir de largo, pero algo me detiene.
Antes de que pueda reaccionar, él levanta la vista y nuestros ojos se encuentran.
Por un segundo, no sé qué hacer.
Él me mira, como si estuviera analizándome. No con curiosidad, ni con interés real, sino con esa expresión neutral que se pone cuando se observa algo sin pensar demasiado en ello.
Y entonces, como si nada, me dedica una pequeña sonrisa.
No sé por qué, pero siento que el aire se me atora en la garganta.
Apenas tengo tiempo de bajar la mirada y seguir caminando antes de que mi mente empiece a traicionarme con pensamientos que no deberían estar allí. No significa nada. No para él.
Pero antes de doblar la esquina del pasillo, escucho su voz.
—¿Quién era? —pregunta alguien cerca de Bequiel.
Él responde con calma, sin darle importancia:
—No sé, creo que está en mi clase de literatura.
Mi pecho se contrae.
No sé por qué, pero duele un poco.
Sigo caminando sin mirar atrás, sintiéndome de repente más invisible que nunca.
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El silencio bajo la lluvia
Teen FictionA veces, Eden se despertaba preguntándose si su vida tenía algún sentido. Mientras veía a los demás chicos, parecía que todo encajaba perfectamente en sus vidas: deporte, chicas y amigos, risas sin esfuerzo. Como si el mundo tuviera un orden secreto...
