00

0 0 0
                                        


El cementerio estaba tan desolado que el silencio parecía tener peso propio. Solo habían almas en pena enterradas, y la oscura noche con su llovizna fina los acompañaba en aquellas penumbras que se arrastraban entre los muros y los árboles secos. En aquel lugar abrumador de soledad, habían dos almas devastadas, cada una conmemorando a un ser querido perdido.

Akari estaba frente a la tumba de su madre, con una pequeña farola de mano que alumbraba débilmente la piedra grabada y un paraguas que apenas le protegía del aguacero. Miró con pesar cómo el sepulcro estaba totalmente sucio, cubierto de polvo y hojas húmedas, sin una flor ni rastro de ninguna visita. Hacía casi un año que había ido a la correccional junto a sus hermanos menores por un error que no lograba borrar de su mente, y desde entonces nadie había venido a recordar a la mujer que les dio la vida. El dolor se le enganchó en la garganta, pero no dejó salir lágrimas —ya no le quedaban muchas—. Dejó la farola sobre el pasto húmedo frente a la gran piedra, dio un último vistazo y se dio media vuelta para marcharse.

Mientras caminaba por los pasillos de lápidas, se cruzó a un chico que parecía tener la edad de sus hermanos —tal vez entre once a trece años—. Estaba mojándose hasta los huesos, sin abrigo ni paraguas, mirando fijamente a una tumba pequeña en el rincón más oscuro del cementerio. Sin dudarlo, con el instinto de hermana protectora que nunca le abandonó, se acercó para dejarle su paraguas y el abrigo que llevaba sobre la camisa.

— Disculpa niño, ¿Estás bien? —preguntó con voz algo preocupada, extendiendo el objeto de plástico.

El más pequeño solo alzó la vista, y al verla, sus ojos grandes y oscuros se abrieron de par en par, como si hubiera visto a un fantasma. Akari le volvió a ofrecer el paraguas, y con manos temblorosas el chico lo agarró, sin decir una palabra. Ella se sacó el abrigo y lo cubrió con cuidado sobre su cuerpo tembloroso.

— Cuídate niño —le dedicó una sonrisa débil y se dio la vuelta para seguir su camino.

Si ella hubiese sabido desde un inicio que aquel pequeño hombrecito iba a ser su perdición, que su vida se vería envuelta en un torbellino de secretos y dolor que la haría olvidar incluso el recuerdo de su madre, ni se hubiera parado a mirarlo, ni le hubiera extendido ni un ápice de su compasión.

Shameless Where stories live. Discover now