Fuegos Artificiales.

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Después de largas horas seguidas como operadora de transporte, mi cuerpo no quiere otra cosa que desplomarse en la cama y olvidarse del mundo... Mi mochila cuelga pesada en mi hombro, y cada músculo de mi cuerpo grita por descanso. Pero el silencio de la ciudad es casi tranquilizador, como un recordatorio de que al menos el caos laboral quedó atrás.

Doblo una esquina y, sin darme cuenta, mis ojos se desvían hacia el cielo.

Al principio, pienso que es mi cansancio jugando conmigo, pero no...

Allí, en lo alto, algo ilumina la noche.

No puede ser...

Esos malditos fuegos artificiales que tanto hablaban...

Forman imágenes, escenas, una tras otra, las figuras parecen danzar en el aire como si alguien estuviera narrando una historia que solo yo puedo ver.

Mis pies se detienen y mi mente intenta procesar lo que ve, pero las imágenes se vuelven cada vez más claras, más perturbadoras...

De repente, aparece algo que me paraliza. Es una caída.

No sé cómo lo sé, pero soy yo...

Estoy cayendo desde una altura inimaginable, gritando mientras el viento me golpea el rostro.

Mi respiración se acelera... no entiendo nada. ¿Por qué estoy viendo esto? ¿Qué significa?

- ¿Qué demonios...? —murmuro en voz baja, pero el sonido de mi propia voz no me reconforta.

Antes de que pueda reaccionar, una voz me sobresalta desde mi espalda.

- Es horrible, ¿verdad? —dice un hombre, con un tono grave y sereno a la vez.

Grito, no puedo evitarlo.
Me giro bruscamente y doy un paso atrás, levantando la mochila como si fuera un arma.

Frente a mí, un anciano de rostro arrugado y ojos claros me observa con una expresión entre divertida y tranquila.

- ¡¿Quién eres tú?! —exclamo, casi jadeando. Mi corazón late con fuerza en mi pecho.

- Tranquila, tranquila. No te haré daño —responde el hombre, levantando las manos como si estuviera rindiéndose. Su voz tiene un extraño efecto calmante, aunque todavía estoy alerta.

- ¡¿Qué haces aquí?! —grito de nuevo, dando un paso más hacia atrás. Mi mente se divide entre el pánico por lo que vi en el cielo y el miedo de que este extraño quiera algo de mí.

- ¿Yo? Estoy aquí por ti, claro. —responde, como si fuera lo más obvio del mundo.

- ¿Por mí? —repito, confundida y todavía sosteniendo la mochila como un escudo.

El anciano suspira y se rasca la barbilla, como si explicarle algo tan evidente fuera una carga para él.

- Vi lo que tú viste, en el cielo, lo vi todo. Y créeme, no soy el único. Pero yo soy el indicado que puede ayudarte.

- ¿Ayudarme...? —me río, aunque no hay humor en mi voz.— Mira, viejo, no sé quién eres ni qué quieres, pero yo no necesito ayuda. Solo necesito ir a casa y olvidarme de esto, ¿entiendes?

Intento caminar a su lado, pero el hombre se interpone, rápido para alguien de su edad.

- Escúchame, niña. Si no haces algo, esa visión que viste será tu destino. Y no estoy hablando de algo simbólico. Estoy hablando de tu muerte, tal cual.

Sus palabras me golpean como un mazo.
Mi cuerpo se queda inmóvil, y mis ojos se clavan en los suyos, hay algo en su mirada que me hace dudar de mis propias palabras, de mi propio juicio.

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