PROLOGO

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Introducción al mundo de una de las organizaciones más letales y peligrosas regida por una mujer

El mundo que crees conocer es una farsa. No está gobernado por urnas ni por discursos diplomáticos; está sostenido por los motores, la sangre y el acero de una sola mujer.

​Hera Basset Edwards no es una empresaria, aunque sea dueña de los aeropuertos que cruzan tus cielos y de los hospitales que guardan tus secretos. No es una política, aunque tenga a presidentes en su nómina y a la realeza europea rindiéndole pleitesía en la penumbra de sus palacios. Hera es el Águila y el León, la heredera de una estirpe que aprendió a disparar antes que a hablar y a dominar antes que a sentir.

​A los diez años, fue arrojada a las Cavernas Negras de España para ser devorada por la oscuridad; a los once, proseguio allí como una reina, habiendo domado a las bestias humanas que la custodiaban. Desde entonces, su ascenso ha sido un rastro de cenizas y conquistas. Bajo el suelo de Londres, Italia y los Estados Unidos, Hera ha construido ciudades que no figuran en los mapas: complejos tecnológicos donde se fabrican los motores que mueven el planeta y las armas que deciden su destino. Si hoy tienes luz, es porque ella lo permite. Si hoy hay paz, es porque ella aún no ha decidido que la guerra es más rentable.

​A sus veintinueve años, Hera es una pantera en un mundo de corderos. Es la soberana que lidera Italia entera desde las sombras, la que posee las petroleras que alimentan las naciones y los viñedos que ocultan sus búnkeres. Ha convertido el apellido Basset en una religión de miedo y respeto absoluto. Quien se gana su atención recibe un regalo envenenado: la oportunidad de ser parte de su mundo, o el privilegio de ser destruido por la precisión de sus manos.

​Prepárate para entrar en un imperio donde la lealtad se firma con sangre y el poder no tiene límites. Porque en el reino de Hera Basset, no existen los términos medios: o te arrodillas ante la reina, o ardes con sus enemigos.
La Soberana de las Sombras
En el ecosistema del crimen organizado, el nombre de Hera Basset es un tabú.

Las demás mafias no la ven como una rival, sino como una fuerza de la naturaleza: algo que no se puede combatir, solo evitar. Existe un consenso sangriento entre los clanes de Europa: es preferible autodestruirse antes que invocar la furia de la Pantera. Hera no solo lidera la organización más letal de la historia moderna; ella ha diseñado un sistema donde los demás clanes creen tener poder, sin notar que solo son piezas en un tablero que ella mueve con un dedo enguantado.

Prologo:
Narrado en tercera persona

Como la primera mujer nacida de la estirpe Basset, no heredó el trono: lo reclamó sobre el pavimento frío, demostrando que su linaje no solo portaba el apellido, sino la crueldad necesaria para mantenerlo vivo.
Bajo la luna de mármol, Hera observó al hombre quebrado a sus pies. Su metro noventa y uno de estatura proyectaba una sombra alargada que parecía asfixiar al moribundo. Sus ojos verde esmeralda, gélidos y calculadores, no mostraban odio, sino una indiferencia mucho más aterradora.

-Míralo, Geraldo -murmuró Hera, y su voz cortó el viento como un bisturí- Cree que el silencio lo salvará. No entiende que, para mí, su silencio es tan útil como su confesión.

Geraldo se mantuvo a un paso de distancia, con la cabeza ligeramente inclinada.

-Dice que tiene familia, mi señora. Que implora clemencia.

Hera soltó una risa seca, un sonido carente de cualquier rastro de humanidad, hasta su familia llego a tenerle miedo. Se puso de cuclillas frente al traidor, permitiendo que el olor a barro y sangre le llenara los pulmones. Con una mano enguantada, le levantó la barbilla para obligarlo a mirar el abismo de sus ojos.

-La clemencia es una moneda que no circula en mi reino -le susurró al oído, y el hombre se estremeció ante el calor de su aliento- Ganarse mi atención suele ser el mayor logro de una vida, pero para ti, será el último.
No te mato por lo que hiciste, te mato para recordarle al mundo que Hera Basset no tiene puntos ciegos y la piedad no la conoce.

Se puso en pie, recuperando su postura de estatua griega. Sus hombres, sombras colosales con la pantera negra tatuada en la piel, esperaban la señal. Eran extensiones de su propia voluntad; si ella pestañeaba, ellos ejecutaban.

-Señora -intervino uno de sus angeles negros- el clan rival espera una propuesta de paz. Dicen que están dispuestos a negociar territorios.
Hera se volvió hacia él con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

-Diles que mi única propuesta es la rendición absoluta o la extinción total. Yo no negocio con quienes respiran mi aire por pura cortesía. Si quieren territorio, les daré dos metros bajo tierra a cada uno de ellos.

Ajustó su gabardina y comenzó a caminar hacia la camioneta, dejando atrás al hombre que ya no era más que un cadáver esperando su turno.

-No quiero que quede rastro. No quiero tumbas, ni nombres, ni recuerdos. Cuando el sol salga, este lugar debe ser solo ceniza y olvido. Si alguien pregunta por él, diles que cometió el error de creer que yo era una mujer que se podía ignorar.

-¡Que viva la Reina, de lo contrario Cenizas quedarán sobre nosotros! -rugieron sus soldados, un grito de guerra que selló el destino de la noche.

Hera no miró atrás. Ella era la Pantera, la primera de su nombre, la mujer que había convertido el miedo en su religión personal. En su mundo, la piedad era un defecto genético y ella había nacido con la sangre perfecta.

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