-Padre... -murmuró Carrera, con la mirada fija en el suelo.
El pastor dejó escapar una risa baja y grave, un sonido que le heló la sangre y, al mismo tiempo, le dio el valor suficiente para levantar la vista y enfrentarlo.
Sus ojos se encontraron, y...
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La sangre cubría las paredes, manchando las gastadas pero elegantes tablas del altar. Carrera reprimió el impulso de vomitar y salir corriendo. Sus ojos se nublaron mientras, junto a las demás hermanas, observaba con horror el cuerpo despedazado del sacerdote. Ya no le sorprendían las frías órdenes de limpieza de la madre superiora. Era una rutina macabra en aquel templo ruinoso, marcado por la desgracia. Con un temblor en las manos, se secó el sudor frío que le recorría las palmas y, junto al resto, comenzó a limpiar el "desastre" con la rapidez que la desesperación dictaba. El trapo húmedo se deslizó sobre las manchas carmesí del suelo mientras las manos de Carrera temblaban con fuerza. Tragó saliva, seca y áspera, intentando convencerse de que, al menos, el padre habría tenido una muerte rápida y misericordiosa antes de caer presa de los engendros del demonio. Nadie pregunta ni habla de lo sucedido. El silencio se ha convertido en una regla tácita dentro del templo. -La madre superiora dice que el nuevo pastor ya viene en camino -comentó Robleis, mientras caminaban por los pasillos de la iglesia días después del horror en el altar. Carrera sintió una oleada de bilis subir hasta la garganta y soltó con un tono sombrío y agrio: -¿Cómo consiguen gente tan rápido? Mientras hablaba, apartó un mechón rebelde de su rostro, acomodándolo bajo el velo con un gesto mecánico. Para Carrera, el clero no hacía más que ladrar con desesperación, proclamando su supuesta misión de salvación. Pero en el fondo, dudaba de sus intenciones. ¿De verdad querían salvar este lugar olvidado por la humanidad? Lo único que tenía claro era que, si no detenían lo que fuera que estaba ocurriendo, ninguno de ellos llegaría vivo al final del año. -¿Qué es lo que realmente está pasando aquí? -murmuró para sí, mientras un escalofrío recorría su espalda.
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La noche había caído, y Carrera seguía dando vueltas en su cama, atrapada en un insomnio que no parecía tener fin. Cada vez que cerraba los ojos, las imágenes y palabras del día volvían a su mente, como sombras persistentes que se negaban a disiparse. La habitación estaba en completo silencio, un vacío inquietante que amplificaba cada pequeño sonido. Fue entonces cuando lo escuchó: los susurros. Se filtraban a través de las paredes como un eco lejano. Eran las mismas voces que la habían perturbado durante el día, repitiendo fragmentos de aquella conversación que la llenaba de desasosiego.