"Un hombre sensato debe tener bastante compañía consigo mismo"
Cumbres Borrascosas, Emily Brontë.
Unos meses atrás no habrías imaginado que estarías en otro país, mucho menos en uno ubicado en la otra punta del mundo. Un amigo con buenos contactos te había recomendado para ese extraño trabajo que ahora no paraba de traer sorpresas y muchas preguntas. Para dejarlo claro en pocas palabras, prácticamente eras la una niñera de un hombre adulto.
Te habían comentado que era una especie de millonario extravagante adicto al trabajo y que le faltaba organización. Tenías que atender sus llamadas, armabas su agenda, a veces lo acompañabas a eventos. Hasta entonces te había cuadrado el título de secretario. También, te habían dicho que no entendía muy bien las computadoras y los dispositivos móviles, así que necesitaba una mano con eso. El contrato, además, aseguraba que te proveerían de residencia en su mansión, lo cual te venía estupendo teniendo en cuenta que la otra opción era alquilar un departamento en una de las ciudades más caras.
Estar veinticuatro horas al lado de tu jefe te había parecido demasiado duro, pero el amigo que te había recomendado te aseguro que el sueldo sería alto, lo suficiente como para poder ahorrar y llevar a cabo los planes pendientes que tenías, que tu licenciatura en historia no podía pagarte; y solamente sería por un año, con comida y residencia incluidas. Si te hartabas, tenías la opción de no renovar el contrato y a otra cosa. Aunque te atemorizaba al principio estar cientos de kilómetros lejos de tu familia, sola en una ciudad grande y atolondrada como Londres, te convenciste de que valdría la pena el esfuerzo. Necesitabas ese dinero.
La primera vez que pisaste Kirkland Manor fue durante tu segunda entrevista. La primer entrevista, que pasaste con gran éxito, la habías realizado en una oficina aparte en el centro de la ciudad. Cuando te explicaron que habías pasado y que él mismo quería conocerte para ultimar los detalles del contrato, no podías contener los nervios. No entendías de donde venía toda esa ansiedad, puesto que ya habías tenido otros trabajos y se te daba bien controlar tu temperamento. Una sensación cosquilleante emergía en tu pecho como un montón de arañas mientras el portero te acompañaba desde la verja principal a través del camino empedrado, bordeado por campánulas y espuelas de caballero púrpuras, hasta el ingreso constituido por una enorme puerta de madera robusta. Una extrañeza, similar a la de estar en un sueño, te puso inquieta al observar la fachada de piedra y las altas ventanas tan características de las casas señoriales de la campiña inglesa.
Fue en aumento a medida que atravesaban la sala de recepción hasta el estudio. Fantaseaste con inventar una excusa y salir corriendo mientras el portero golpeaba la puerta del estudio y una voz áspera y juvenil los dejaba pasar.
Arthur Kirkland no era un anciano enclenque y frágil, como habías esperado al saber el tipo de trabajo exhaustivo que te esperaba. Todo lo contrario. Llevaba el cabello despeinado, como si fuese difícil de controlar, pero el traje y la corbata impecables. Su postura era firme, como de quién viene de una buena familia con costumbres tradicionales, y se fue diluyendo bajo el saludó afable al portero, que le palmeó la espalda con el cariño que un padre le tiene a su hijo antes de irse. Aquel gesto te reconfortó y te brindó la seguridad para presentarte ante él, pero no duró más que un instante, hasta que el inglés se dio la vuelta para tenderte su mano. Sus ojos se abrieron como platos, helado frente a tu figura como si de un fantasma se tratase.
—Me presento, yo...
—No puede ser —te interrumpió con nerviosismo, con ojos cristalinos de la emoción y las espesas cejas fruncidas—. Eres tú.
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El alma de la rosa (Inglaterra x lectora)
FanfictionArthur Kirkland es un hombre solitario y gruñón, pero además, es tu jefe en un trabajo que requiere tu residencia en su mansión. Convivir juntos despertará en ambos sentimientos inapropiados y recuerdos inesperados. Sin embargo, para Arthur será imp...
