Quizás había tenido un día complicado, lidiando con muchos pensamientos. Todo el fin de semana sin haberlo visto, pero ni un solo segundo dejó de pensarlo. La mayor frustración venía porque solo había bastado una vez, unos pocos minutos y, su mundo, su cuerpo, sus ganas, estaban patas arriba. ¿Por qué con él? ¿Que tenía? Aun no le conocía del todo, más que el odio y lo que la provocaba. Quería conocer más a pesar del temor y de las consecuencias. Anhelaba tanto sus besos, como si no hubiese probado otros antes, era una necesidad constante que no se calmaba y cuando lo veía sonreír… tantas emociones no debían ser sanas. Su juicio se nublaba y sólo veía esos labios que eran su perdición. Luego sus ojos, que escondían un mundo y la ponían en duda, la picardía que se reflejaba cuando la observaba a ella la intimidaban. Siempre se sentía hermosa ante los ojos de cualquiera, pero era distinto frente a esa mirada oscura y penetrante. Sabía que ante ellos se encogía y estremecía, como en su voz fuerte, ronca, demandante. Ella tan indomable lista para acatar cualquier orden. Su apellido nunca le gustó tanto antes, era el peso de malas decisiones, de dificultad y separación, pero cuando él la nombraba todo eso desaparecía. "Estoy a tu merced" era lo que le venía a la mente, solo eso, porque estaba tan dispuesta a dejarlo desarmarla. Cada detalle que había podido admirar en él: su pelo negro azabache; su piel tan blanca; los lunares que resaltaban a la vista, a los que ansiaba conocer, besar; sus manos en las que deseaba temblar de placer; su altura como recordatorio de la diferencia entre ambos, pero eso era insignificante porque ella también quería hacerse notar, mostrarle lo que ni ella sabía que era capaz. Besarlo de tantas maneras que él olvidara cuantos labios habían tocado los suyos. Desnudarse ante su mirada, despacio. Reflejarse allí como lo que sería también la perdición para él y luego lo haría tan suyo, ¡Por dios!, juraba q se lo cogería como el infierno y el cielo juntos. Lo escucharía jadeando, ¡Claro que sí! Lo sentiría retorcerse de placer hasta que les doliera el alma. Se lo imaginaba salvaje y se mordía el labio. Llevaba su mano en un recorrido tortuoso de uñas enterrándose desde sus pechos hasta sus muslos y se encendía por completo. Imaginar que probaría su excitación, su dureza. Se saboreaba y si no se apretaba el punto exacto de su máximo placer perdería la cordura. Tan exquisito debía ser si le apetecía más que el mejor postre, la más cara bebida. Las bragas empapadas no ayudaban, la ponían más sensible. ¿Qué pasaría si él le respiraba encima antes de terminar por quitarlas con sus dientes? Lo sabía, se erizaría tanto que le ardería la piel. Las quitó para acompañar la fantasía y, como solo eso era, mejor imaginarlo como es, con una probable sonrisa ante la seguridad de torturarla. Quizás mordidas en los muslos, algunas palabras atrevidas para provocarla y ella maldiciéndolo internamente por no calmar sus deseos desesperados, por costarle tanta cordura no contestarle algo coherente o entendible al menos. Suspirar, eso sería un hecho que la sacaría de sus casillas, pero aguantaría, por lo que estaría por venir, porque él tenía tanto poder en su boca que con simples susurros ella se contraería. Con sus labios y un rastro de besos húmedos se olvidarían hasta de donde estaban. Con su lengua al fin la llevaría al límite y con sus dientes le arrancaría lo que sería uno de los mejores orgasmos. Uno de los muchos que solo él podría otorgarle, porque el que ella acababa de tener era demasiado intenso para asimilar siquiera que era solo producto de su imaginación, y ahí temblando, jadeando, sudando, solo le quedaba reconocer que el motivo de su odio no era más que miedo, miedo a no ser más ella misma, a no ser solo suya, a caer por decisión propia ante él porque ya había perdido en ese juego por más que se resistía a rendirse. Y todo era tan placentero que no importaba, lo tenía plasmado. Aquello no podía ser un simple deseo ni curiosidad. Aquello era lo que tanto había anhelado, pero jamás se había atrevido a buscar. Él era lo que ella necesitaba, y las lágrimas ante la realidad no podían ser solo de confusión o resignación, también eran de lo absurdo… la felicidad.
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La mejor de las fantasías
Teen FictionAria no comprendía porqué no podía mandar al demonio a Kiosuke, quizás ya no quería. Reconocer era la opción, más cara pero sin dudas la más placentera
