Prólogo.

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2112, Lyra, 713.

El pitido de una máquina me inunda los oídos. Señores con bata blanca van de un lado al otro como borrones difusos bajo la luz LED neutra que alumbra la estancia de paredes desnudas. Tengo siete años recién cumplidos y llevo sentada en esta silla metálica azul lo que me parece una eternidad. Lo más probable sea que solo han transcurrido diez minutos, pero para una niña de mi edad son más que suficientes para desesperarme y querer marcharme de allí. Por los motivos que sean y que desconozco, mi madre me ha traído con ella esta mañana hasta el laboratorio donde mis padres operan. Son farmacéuticos y llevan años investigando la cura para enfermedades cuyos nombres nunca recuerdo por lo difíciles que son. La pregunta que me ronda la mente –y que he tenido el descaro de expresar como mínimo cien veces desde que llegamos, haciendo gala de la ingenuidad que caracteriza el desconocimiento– es «¿Por qué hemos venido hoy que es sábado?». Por ahora no he obtenido respuesta pese a ser tan persistente.

Por el rabillo del ojo detecto un movimiento, escucho unas pisadas firmes y veo doblar la esquina al tío Arthur. Aunque no es mi tío de verdad, es la forma con la que nos referirnos al mejor amigo de mi padre. Se conocieron cuando ambos hacían el posgrado de bioquímica clínica y ha formado parte de mi familia desde entonces. A diferencia de mis padres, su mujer murió hace unos años en un accidente de coche debido a un conductor borracho, por lo que Arthur y su hijo, Oliver, han estado solos desde entonces.

—Ya está todo listo, Devany.

Vuelvo a mirar a mi madre, Devany, que sonríe para tranquilizarme, aunque sus ojos no acompañan el gesto. En ellos se percibe una frialdad a la que no estoy acostumbrada –o que no he notado hasta la fecha– y que no sé interpretar a ciencia cierta. Mi expresión decae unos segundos y la curiosidad se renueva, ¿qué es lo que está listo? Me aventuro a preguntar de nuevo, con las palabras aporreando mis labios con ansiedad, pero el tío Arthur me corta antes de que tenga la oportunidad de dejarlas salir.

—Lyra, el otro día Oliver y yo vimos un documental y descubrimos que las ballenas jorobadas cantan música pop. Incluso lo hacen en grupo y, cuando se cansan de la misma sintonía, inventan una nueva.

Me olvido de mis dudas al oír la palabra «ballena». Arthur, con la misma presteza que un mago al salir de la lámpara, ha logrado que mi atención se enfoque en él y pase por alto la mirada ensayada de mi madre tras mi espalda. Todos en casa conocen mi obsesión insana por el océano, por aprender los misterios que entrañan sus olas. El año pasado, sin ir más lejos, intenté convencer a mis padres de que nuestras vacaciones de verano fueran en Alejandría, la capital de Egipto que se encuentra sumergida en el mar mediterráneo. Por motivos que consideraron «obvios», me denegaron el deseo y estuve quejándome día sí y noche también a Oliver, que me acusó de ser una «niña estúpida» y prosiguió con «te ahogarías y conocerías a los egipcios de esa época antes de tiempo». De un impulso, me levanto y me acerco a él con los ojos abiertos por la emoción y la intriga.

—¿Puedo verlo? Yo también quiero verlo. Tu hijo piensa que las ballenas son animales estúpidos porque no puedes pasearlos con una correa, pero yo no estoy de acuerdo. ¿Sabías que la ballena azul es el animal más grande que haya existido en la Tierra? ¡Más grande que un dinosaurio incluso! Son tan grandes que son casi como dos autobuses amontonados... —Mi voz no se desinfla, sino que adquiere un tono de convicción absoluta al defenderlas y cierto entusiasmo a medida que enumero los datos que he memorizado del volumen de cetáceos que mi padre me regaló las navidades pasadas. Arthur se ríe, aunque el ambiente continúa enrarecido

—Por supuesto que puedes —me ofrece la mano, la que no lleva enguantada en látex, y se gira para regresar por donde ha llegado, solo que ahora le acompaño—. Y no escuches a Oliver, es mi hijo, pero dice muchas cosas erróneas.

Percibo un cambio sutil en su voz cuando habla de Oliver, pero pronto lo olvido. Es su padre, no tendría sentido que le molestase hablar de su propio hijo.

—Y ¿sabes qué más? El corazón de una ballena azul es del tamaño de un coche pequeño, pero no como los que usa Oliver para el circuito con controles, sino un coche de verdad. Pesan como... —Pestañeo, rebuscando en mi memoria la cifra exacta sin percatarme sobre que, de pronto, Arthur y yo somos los únicos en ese pasillo que antes estaba abarrotado—, ¡180 kilogramos! Y, eh... cada latido bombea unos 220 litros de sangre.

—Eso es fascinante, ¿no te parece? —Asiento, satisfecha de mí misma y de la aprobación que obtengo por parte del tío Arthur.

Avanzamos sobre las losas prístinas que reflejan nuestros rostros distorsionados y me fijo en el vestido que ha elegido hoy mi madre para mí. Es azul cielo con nubes pintadas sobre el pecho. El dobladillo tiene un par de hilos descosidos que cuelgan y, pese a que me queda suelto por los costados, la falda es demasiado corta, apenas me roza la rodilla. Hacía tiempo que no usaba ese vestido. Cuando pienso en la última vez que lo utilicé no me viene a la cabeza el momento exacto, pero me es familiar. Sé que lo he llevado puesto otras veces. La sensación de déjà vú me embruja durante unos segundos y, tal y como ha llegado, se esfuma.

Le aprieto la mano al tío Arthur cuando frena delante de la puerta cerrada del laboratorio en el que acostumbra a trabajar. Unos nervios incomprensibles me trepan desde la muñeca hasta el codo, simulando un cosquilleo parecido al roce de unos dedos enguantados. Hay varios seguidos en esta zona, el de Arthur es el 3B. Sin ser consciente de ello, resulta que no es la primera vez que contemplo la placa desgastada con su nombre y la chapa metálica con el número. Cambio el peso de mi cuerpo de un pie al otro con movimientos incontrolados y el corazón acelerado por la ansiedad. El pitido de la llave de acceso precede al clic de la puerta al abrirse. Mi tío ya no sonríe, en cambio, su semblante se ha endurecido. Al igual que durante las ocasiones ulteriores, da igual cuanto me esfuerce por arañar la bruma que empaña mi memoria, no voy a recordar que he estado allí o que he sido Lyra cuando abandonemos el edificio. Quizá no vuelva a serlo nunca más.

Chains of memory.Where stories live. Discover now